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¿Qué le espera a la Comunidad Valenciana con el cambio climático?

A las puertas de la conferencia de París los expertos lanzan sus pronósticos sobre los efecto en el territorio valenciano y expresan su preocupación por la lentitud con la que se adoptan medidas de mitigación y adaptación

El presidente valenciano, Puig, con activistas de Greenpeace. Ampliar foto
El presidente valenciano, Puig, con activistas de Greenpeace.

Tras quinto informe del IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático), que confirma que nos encaminamos hacia un futuro incierto y potencialmente peligroso en el que la temperatura media de la atmósfera subirá sensiblemente, surgió una sensación entre los implicados: es ahora o nunca. Jamás hasta este momento se había producido una movilización similar como la que estamos viviendo ante la Conferencia de las Partes de París (COP21), y es que, en opinión de los expertos, no es tarde, pero se nos agota el tiempo. Algunos cálculos apuntan a que tan sólo tenemos hasta 2017 para evitar un calentamiento superior a los 2ºC, considerado el umbral para que los efectos del cambio climático sean mitigables y no catastróficos. Aunque parásemos de emitir Gases de Efecto Invernadero (GEI) hoy mismo –un objetivo que ni los más optimistas se plantean- “la inercia del sistema climático es tan grande que seguiría subiendo su concentración atmosférica por lo menos 50 años”, afirma Millán Millán, director emérito del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM).

Preguntado por la dimensión valenciana del problema (desconfía de los modelos climáticos que tratan de abarcar la totalidad del globo), remarca las particularidades de la cuenca mediterránea “una gran olla” con una dinámica hidrológica singular: la práctica totalidad del agua se recircula. Esto, junto con la configuración orográfica y el comportamiento variable del mar Mediterráneo, tiene múltiples repercusiones, una de las cuales es lo que parece ser la paulatina desaparición de las tormentas de verano, lo cual a su vez tiene un efecto carambola sobre las precipitaciones en Centroeuropa. Si le añadimos los recientes cambios de usos del suelo tanto a nivel agrícola como urbano, así como procesos de retroalimentación que deben ser incorporados a los análisis, tenemos como resultado un sistema “enormemente complejo” que “debe ser estudiado con más atención y detenimiento”.

Que la cuenca Mediterránea haya sido considerada como una zona muy vulnerable a los efectos del calentamiento global está “plenamente justificado” en opinión José Luis Rubio, exdirector del Centro de Investigaciones sobre Desertificación-CIDE y experto en suelos. Para Rubio, además, “la sociedad no es consciente del papel crucial que juegan los suelos en la regulación climática, siendo el segundo depósito de carbono tras los océanos.” Una percepción que espera que la designación por parte de la ONU de 2015 como Año Internacional de los Suelos ayude a cambiar.

Sin embargo, Rubio, quien también es vicepresidente del European Soil Bureau, remarca que no sólo debemos confiar en el papel de los suelos, sino realizar una gestión adecuada para que nos ayuden a la mitigación del cambio climático. Mal gestionados “pueden convertirse en emisores de carbono”, que incluso contrarresten avances en recortes de emisiones en transporte e industria. Sin embargo, asegura que se dispone del conocimiento científico para potenciar el almacenamiento de carbono y mantener la fertilidad de los suelos, y que la clave es la “transferencia, voluntad, gestión y, sobre todo, planificación”.

Lamenta que una mala estrategia territorial haya mermado hasta niveles dramáticos un recurso tan escaso como los suelos costeros de aluvión, enormemente productivos y muchos de los cuales se encuentran bajo capas de cemento y asfalto. El problema radica, según Rubio, en que “mientras que un suelo forestal admite estrategias de recuperación, un suelo urbanizado no puede recuperarse”.

De forma parecida se expresa el ecólogo de la Universidad de Valencia y también jefe de la división de Ciencias Ambientales y de la Terra de la Academia Europea de Ciencias, Antonio Camacho, quien está llevando a cabo un ambicioso estudio sobre el papel de las zonas húmedas mediterráneas en el ciclo del carbono. Admite que representan un área relativamente pequeña en comparación con otros ecosistemas, pero incide no sólo en su relevancia a nivel mediterráneo (casi toda la costa valenciana está ligada a un humedal de una u otra forma) sino en que presentan “una actividad biológica muy elevada”.

Asimismo, se congratula que “después de años de quedarse al margen de las discusiones sobre el cambio climático, se estén incorporando estos ecosistemas, y cambiando su percepción”. Camacho explica que la visión tradicional los humedales como emisores de carbono, “basada sobre todo en sistemas boreales”, está virando, asumiéndose que su papel como sumidero o fuente de carbono depende de la tipología del ecosistema y muy especialmente del manejo que se haga.

Como en el caso del suelo, la buena gestión de los marjales es crucial, pudiendo evitar procesos que liberarían cantidades significativas de GEI (y en particular de metano), que puede producirse en ambientes acuáticos bajo determinadas condiciones. Los humedales, además, cumplen una función de “tampón de extremos”, laminando y suavizando fenómenos meteorológicos como sequías y lluvias torrenciales, cuya frecuencia justamente cabe esperar que aumente con el cambio climático.

Para Mohamed Benhassi, director del marroquí Centro Norte-sur para las Ciencias Sociales y experto en medioambiente, gobernanza y seguridad, el cambio climático en el Mediterráneo “es una cuestión geoestratégica”. El calentamiento global “está poniendo a prueba las relaciones entre países, como por ejemplo a raíz del reparto de recursos hídricos”, y recuerda que las variables ambientales están siendo ya consideradas como un factor primario que causa las migraciones. Para Benhassi, es básico potenciar las alianzas y la cooperación, así como el intercambio de información.

¿Necesitamos una visión mediterránea del cambio climático? En opinión de Millán Millán, quien lleva asesorando a la Comisión Europea más de cuarenta años sobre estos asuntos, sí es necesario centrar el foco en la cuenca mediterránea, una región en la cual aún existe mucha incertidumbre y sobre la cual las predicciones climáticas del IPCC “no acaban de ajustarse por completo”.

A pesar de admitir que tenemos ya un conocimiento científico suficiente como para emprender acciones más ambiciosas, ni Millán ni Rubio se muestran especialmente optimistas respecto a los acuerdos que puedan alcanzarse en la COP21, o la implementación posterior de las medidas acordadas. Camacho, sin embargo, tiene la esperanza de que esta vez sí sea la buena. Benhassi, por su parte, considera que forjar un espacio de trabajo mediterráneo contra el cambio climático sería una decisión estratégica que actuaría como catalizador, dados el potencial que tiene el cambio climático como “reto común”, y el hecho de que muchos países compartan problemáticas similares.

La posibilidad de construir este lugar de encuentro ha protagonizado el debate en las jornadas “El Mediterráneo Frente al Cambio Climático”, organizadas por el gobierno valenciano. Lo que no se discute es la realidad de que estamos inmersos en un cambio en marcha, tan palpable como el récord histórico de temperatura máxima en un mes de mayo en Europa de Carcaixent (44,4ºC en 2015), o del dudoso honor que cosechó Alicante en 2014 como zona poblada del planeta en la que menos llovió.

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