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Fallas 2015

Escenarios fugaces para relatos que permanecen

Un cuento de Carles Cano y ‘La fallera calavera’ se suman a la irregular serie de narraciones en llamas

Dos niñas leen el cuento 'Las Fallas' de Carles Cano.
Dos niñas leen el cuento 'Las Fallas' de Carles Cano.

Así como las Navidades, fiestas multinacionales de nieve y arena, son escenario recurrente en la producción literaria, las fiestas locales lo son con mucha menor frecuencia. Pasa con las Fallas, aunque el fuego les confiera un carácter universal. Este año ha irrumpido con fuerza un cuento de Carles Cano, ilustrado por Roser Calafell y publicado dentro de una colección que tiene como telón de fondo las fiestas tradicionales. Es una historia sencilla, la breve peripecia fallera de Tonet y Roseta, dirigida a un público infantil, pero que podría servir de narración introductoria para el visitante novato, por su gracia y sencillez. “Ya estaba harta de sufir, al fuego han ido”, espeta agotada a su madre Roseta para explicar la desaparición de sus zapatos. Y es que “todo lo malo se quema, con alegría, sin pena”.

 También ha sido este el año de La fallera calavera, una novela de Enric Aguilar basada en el juego de cartas del mismo nombre, protagonizado por una fallera que, tras morir en una mascletà por un error de seguridad, resucita como como una zombi a la que solo calma una buena paella.

Fallero en excedencia y lingüista, como se autodefine en Twitter, Josep Lluís Marín presentaba el libro Cano hace unos días en Valencia y recordaba que, en tiempos recientes, Xavi Mínguez publicó en 2004 Estàs cremat, una novela para lectores un poco mayores, y en 1994 Vicent Marqués, la novela de intriga Nit de foc, que se abre con una serie de cadáveres en el arranque festero y que ganó el premio Ciudad de Valencia. En 1973, Amadeu Fabregat escribió el texto fundacional de la nueva narrativa valenciana, Assaig d'aproximació a Falles folles fetes foc, un libro en el que las Fallas y la identidad valenciana aparecían entrelazados.

Confiesa Josep Lluís Marín cierta extrañeza por el hecho de que “una fiesta con tanta incidencia social, tanta presencia, no haya dado más material narrativo”. Sin embargo, entre los años 20 y 50 existió “una tradicción de narraciones cortas que se insertaban dentro de las revistas falleras, llegaron a haber 15 O 20 publicaciones de esta clase”. Repasando material narrativo de primer orden con transfondo fallero aparece Arroz y tartana, de Vicente Blasco Ibáñez, donde habían referencias a las fiestas josefinas. “Es la fiesta popular por excelencia, una costumbre árabe, transformada y mejorada a través de los siglos hasta convertirse en protesta audaz, en caricatura de la plebe”, escribía. Y proseguía: “No estaba mal aquello, para ser obra de gente tan ordinaria como el cafetinero y sus cofrades”, pensaban dos chicas bien a las que les llamó la atención.

Max Aub incluyó en Ciertos cuentos un relato fantástico escrito en México titulado La falla. “Eso debería ser lo normal, lo excepcional es lo que ha pasado después”, advierte Marín sobre la escasez de historias en llamas. “Tal vez sea porque la gente de la cultura no ha vivido las fallas o las ha vivido de una manera distanciada”.