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Thomas Mann conquista Madrid

A dos semanas del estreno de 'Muerte en Venecia en el Teatro Real, la Fundación Juan March rinde tributo al Nobel Alemán

Retrato de Thomas Mann (1875-1955) en Tulsa, Oklahoma en 1939. Ampliar foto
Retrato de Thomas Mann (1875-1955) en Tulsa, Oklahoma en 1939.

“Desde siempre, la novela ha sido para mí una sinfonía, una obra de contrapunto, un entramado de temas en el que las ideas desempeñan el papel de motivos musicales”, decía Thomas Mann a modo de declaración de principios. El Premio Nobel era un melómano empedernido, curtido en la tradición musical alemana desde los tiempos de Bach, algo que quedó reflejado en toda su obra. Ese maridaje entre música y literatura reflorece en la Fundación Juan March con tres conciertos en los que la música se acompaña de lecturas de las novelas de Mann; mientras el Teatro Real se prepara para el estreno de la versión operística de Muerte en Venecia,con música de Benjamin Britten. En una renacida pasión por el autor, la Filmoteca y la Biblioteca Nacional también preparan actos relacionados con él.

 

“A los 17 años escuchó el Lohengrin de Wagner por primera vez y eso cambió su vida. El veía a Wagner como una especie de música venenosa. Fascinante y por ello peligrosa. Creía que Wagner, más que cualquier otro músico, apelaba a las emociones. Era como la heroína: compara la música de Wagner con un opiáceo, una orgía colectiva de ebriedad de la que él mismo era víctima”, dice Rosa Sala Rose, que se encargará de poner luz y contexto sobre la relación de Mann con la música en dos conferencias que se sumarán a los conciertos.

Dicen que Mann, a pesar de no ser músico, había sentido que Wagner ejemplificaba el culmen de la tradición musical alemana. llevaba un facsímil de Tristán e Isolda de viaje con él y volvía cada tarde al piano para tocar su preludio y reconectarse con una figura que fue su inspiración y su devoción. Esa música fascinante comenzó a aparecer en sus novelas en su forma más sencilla, la de la canción alemana, los lieder. Grandes compositores como Brahms o Schumann compusieron este tipo de canciones. “Sacó mucha inspiración de la música y llegó a decir que hacía tanta música como era posible sin hacer música. Tiene pasajes extraordinarios describiendo sentimientos musicales, como en Tristán. No es que intente explicar cosas a través de la música, sino que fue genial explicando la música. Convirtió la música en literatura como nadie”, dice Sala. Esas canciones conforman el concierto que abre el ciclo el miércoles, con Günter Humer como barítono y las lecturas a cargo de José Luis Gómez.

En su novela La montaña mágica, en la que el protagonista revive sus recuerdos desde un sanatorio de tuberculosos, el lied toma un papel protagonista, cuando el personaje escucha la canción El tilo de Schubert. “La parte musical más interesante es cuando Settembrini —el elemento sanador, el que está intentando sacar a Hans Castorp de toda esa magia perniciosa del sanatorio—, que desconfía de lo emocional, tiene un parlamento sobre la música que es extraordinario en el que explica que considera la música políticamente sospechosa. El nacionalismo alemán más imperialista, que viene de mucho antes que Hitler, sale de la tradición musical germánica. Gran parte del orgullo alemán se basa en la grandeza de la tradición musical alemana”, explica Rosa Sala. La reducción de Wagner a una figura nazi fue una de las cosas que más irritó a Mann durante toda su vida.

 

Llegó a escribir seis ensayos sobre la figura del compositor —cuyas obras acaparan el tercer concierto del ciclo—, y esa defensa le costó el exilio. 40 intelectuales entre los que se incluía el compositor Richard Strauss firmaron un texto en el que increpaban a Mann por la publicación de un artículo llamado Pasión y grandeza de Wagner en el que defendía esa otra vertiente del compositor más allá de la adjudicación nazi de su música como baluarte del movimiento. “Nunca sintió ninguna simpatía por Hitler y sus acólitos. Pero lo que sí intentó en sus primeros años fue nadar y guardar la ropa, por no hacerle una mala pasada a su editor. Pero a raíz de 1933, cuando toda la intelectualidad y la burguesía culta de Munich se puso contra él y a favor del nazismo, vio que no había nada que hacer y aprovechando una gira de conferencias que estaba dando en Suiza, decidió no volver. E hizo bien, porque hoy sabemos que en aquellos días los nazis habían ordenado su arresto y si hubiese regresado, habría ido a parar a un campo de concentración”, cuenta Sala.

El exilio le llevó a Estados Unidos, donde siguió proclamándose heredero de Goethe bajo el lema: “Donde estoy yo, está Alemania”. Sala afirma que “la gran emoción matriz de Thomas Mann, más que el amor, era la música. Fue la gran tentación durante toda su vida. Su secretario en Princeton recuerda como esa persona tan organizada y fría que era Mann, transformaba su rostro cuando ponía un disco y escuchaba a sus compositores favoritos”.

Pero Wagner no fue solo una inspiración o un trasfondo, sino que caló hasta su forma de escribir e impregnó la temática de muchas de sus obras, como en el Doktor Faustus, la historia de un compositor que juega entre el cielo y el infierno para crear una nueva música. “Wagner también influyó en su escritura: le fascinaba el concepto de leitmotiv de Wagner, que intentó aplicar en algunas de sus obras. Los Buddenbrooks, por ejemplo, tienen una estructura narrativa muy parecida a la de la tetralogía del Anillo del Nibelungo de Wagner”, cuenta la investigadora.

A Doktor Faustus se dedica el segundo concierto del ciclo, en el que se busca trazar una línea de grandeza musical alemana a través de cuatro nombres: Bach, Beethoven, Schönberg y Liszt. Bach actúa como el gran arquitecto de la música occidental, el origen de la armonía más compleja. Una herencia que retomará Beethoven, considerado autor de una “música absoluta” que reconstruye la catedral levantada por Bach con una visión que lo hace irreconocible.

Cuando Mann trazaba las líneas de esta novela, Adorno ya había publicado las bases de una música dodecafónica que Schönberg convertiría en la piedra angular de su obra. Esto le buscó a Mann algunos problemas con el teórico de la Escuela de Frankfurt, que acusaba al Premio Nobel de haber copiado páginas enteras de sus escritos para incluirlas en la novela. Mann tuvo que rectificar escribiendo una nota aclaratoria. Cierra este concierto —cuyas lecturas correrán a cargo de José María Pou— la figura del virtuoso Franz Liszt, que es en sí mismo el puente entre el cielo y el infierno. Habiendo sido sacerdote, el pianista y compositor pasa a ser, como el propio Adrian Leverkühn, protagonista de la novela, un pianista con un virtuosismo tan que algunos creyeron que tras su genialidad solo podía estar la mano del diablo.

Una vez desaparecido Thomas Mann, la música pareció encontrar también en su obra un recurso para buscar la belleza plena. Por ello quizá Benjamin Britten buscó en su Muerte en Venecia un texto perfecto para componer una ópera profunda que se representará en el Real desde el 4 de diciembre.

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