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OPINIÓN

Del amor y otros demonios

El autor sostiene que el deseo de fragmentar el Estado nos parecerá más o menos razonable, pero no merece otro tratamiento que el de un adecuado cauce de expresión democrática

El amor no puede exigirse. Esto es indemostrable, pero es de todos conocido. El amor puede, también, ser disimulado. Admitamos ambas afirmaciones como axiomas. Añadamos a ese amor apasionado otro basado en una feliz convivencia que puede ser agradable aun con diferentes grados de pasión. Sin embargo, no se puede convivir sin una mínima simpatía. Desaparece entonces lo que los legisladores romanos denominaban affectio maritalis, la voluntad cotidiana de afecto mutuo entre los cónyuges. Tercer axioma. Sobre las razones capaces de provocar la pérdida de esa affectio es mejor no discutir. Cada cual tiene las suyas. ¿Lo admitiríamos como cuarto axioma? Hay una hermosa y dura canción de Víctor Manuel que rememora, tras la ruptura, los años de convivencia: “¿Quién puso más?”

Estas cuatro afirmaciones sobre el amor, vienen a cuento del discurso del “desapego” (es decir, del desamor) en relación con el proceso que se está viviendo en Cataluña. Tal vez deberíamos plantear un quinto axioma: que el discurso político nacionalista es perfectamente lícito y que quienes lo profesan son perfectamente respetables, aunque podamos considerar tales ideas terriblemente equivocadas. Aunque suele oírse lo contrario, no debemos ningún respeto a las ideas, pero debemos todo a las personas. Como tampoco es verdad que todos tengamos que ser nacionalistas de algo, desde una posición estrictamente cosmopolita y liberal, el deseo de fragmentar el Estado nos parecerá más o menos razonable, pero no merece otro tratamiento que el de un adecuado cauce de expresión democrática. Las posiciones políticas no necesitan justificaciones. Evidentemente, tendrá sus causas, pero ello será trabajo de sociólogos e historiadores. Desde un punto de vista político serio, no queda sino administrar el conflicto de la manera más democrática posible. Si se trata de una afrenta irresuelta desde la Guerra de Sucesión, un resabio del franquismo o un cúmulo de errores de Zapatero da igual. Muchos, catalanes y no catalanes, han cultivado amorosamente esa maraña de estúpidos tópicos, envidias y victimismos.

El fundamento de nuestras filias y de nuestras fobias resulta, pues, poco relevante. El hecho es que si los catalanes manifiestan de manera clara una voluntad secesionista, es inútil pensar que leyes de papel puedan oponerse a la negra fuerza del desamor. La convivencia forzada es un infierno. ¿Que quién puso más? ¿Es Cataluña insolidaria o es víctima de un expolio de siglos? ¿Y qué más da? El debate tenía que haberse planteado cuando el catalanismo se hizo unanimidad mientras se creía que era posible cabalgar cada día el tigre identitario y encerrarlo en su jaula al atardecer. Ahora es tarde, el amor no puede exigirse. El conflicto no se plantea, por tanto, aunque lo pueda parecer, entre España y Cataluña, sino entre los propios catalanes. A la España democrática no le queda más papel, aunque sea sorbiéndose las lágrimas, que el de asegurar la libertad de expresión de los que, hoy todavía, son sus ciudadanos. También lo cantaba María Dolores Pradera… ¿Recuerdan?