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OPINIÓN

El segundo tsunami

La presión de la movilización es un desafío no solo para el Ejecutivo catalán, sino también para el Gobierno de Mariano Rajoy

Los centenares de miles de ciudadanos que unieron ayer sus manos para pedir la independencia de Cataluña ponen en jaque las negociaciones esbozadas por los gobiernos central y catalán. Son una seria advertencia para el Gobierno de Mariano Rajoy y constituyen el segundo tsumani que debe superar el Gobierno de Artur Mas, después del que supuso la Diada del 2012.

Este año el maremoto no ha pillado a CiU tan a contrapié como el año pasado, aunque sí ha contrariado sus planes. La cadena humana ha arrinconado la pretensión de templar ánimos y aplazar el proceso hasta 2016, según sugería la semana pasada el propio Mas. Ayer mismo por la mañana, ante los corresponsales extranjeros, el presidente de la Generalitat sugería que la pregunta podría ser si el electorado quería el pacto fiscal o “lo otro”, en referencia al soberanismo.

La prórroga plesbiscitaria del derecho decidir hasta 2016 o la existencia de varias preguntas —“toleradas”— en la consulta no forman parte de la agenda esbozada en el mensaje que puso fin a la cadena por parte de la presidenta de la entidad cívica convocante, la Asamblea Nacional Catalana (ANC), Carme Forcadell. Una pregunta clara, consulta en 2014 y acabar con las dilaciones fue la petición de la ANC. Parece pues que Convergència no lo va a tener fácil en su papel de aprendiz de brujo.

Convergència no lo va a tener fácil en su papel de aprendiz de brujo

El movimiento independentista, que ha multiplicado sus efectivos a la sombra de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán, evidencia la crisis de los grandes partidos que ocupaban la centralidad política en Cataluña. CiU y sobre todo PSC están viviendo sus horas políticas más bajas, lo que deja un panorama fragmentado en un multipartidismo sin mayorías claras.

La falta de confianza en los partidos tradicionales —atenazados por la corrupción y la crisis económica— ponen a Mas en la delicada situación de tratar embridar un movimiento que no controla, pero que es paradójicamente azuzado desde su partido y desde los medios de comunicación públicos.

La experiencia desde la Diada de 2012 muestra que quien mejor cataliza y rentabiliza estas movilizaciones es Esquerra. Los republicanos crecen en todas las encuestas. En la realizada ayer por la Cadena SER, culminan incluso su sorpasso a CiU. Además la extensa estructura territorial de la ANC por toda la geografía catalana deja a ERC en inmejorable posición para tomar el relevo de CiU en pequeñas y medianas poblaciones catalanas en las próximas elecciones municipales. La ósmosis entre ANC y Esquerra llega a ser una comunión de objetivos con un lema: la independencia.

En el otro extremo del arco parlamentario las aguas tampoco bajan tranquilas. Ciutadans se consolida, de acuerdo con el citado sondeo de la SER, como tercer partido —tras los dos nacionalistas— capaz de galvanizar el sentimiento españolista. El PP se ve relegado a posiciones de cola.

La presión de la movilización de ayer es un desafío formidable no solo para el Ejecutivo catalán, sino también para el Gobierno de Mariano Rajoy. Los catalanes que salieron a la calle no son lógicamente toda Cataluña, pero sí expresan un par ideas transversales que han cuajado entre los votantes de buena parte de partidos: la independencia pone fin a una situación de desencuentro con el resto de España y, al tiempo, es el bálsamo que resolverá la crisis económica, gracias a que acabará con el déficit fiscal.

La Diada pondrá a prueba en las próximas semanas no solo la capacidad de Artur Mas, sino la del Gobierno central para mover ficha más allá de los gestos de los últimos días.