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CRÍTICA | TEATRO

Marx y Bakunin en la taberna fantástica

En ‘Marx en Lavapiés’, TurliTava Teatro abre un debate con el autor de El capital, que regresa a la Tierra para reivindicar su ideario

Los empresarios textiles del siglo XIX utilizaban mano de obra infantil, por su vigor y maleabilidad. Los del XXI, también, pero lejos, donde no manche su imagen. Visto que todo cambió para que nada cambie, el autor de El capital regresa a la Tierra para reivindicar la vigencia de sus análisis económicos en Marx en Lavapiés, versión libre de Marx en el Soho, brillante monólogo del historiador y autor teatral estadounidense Howard Zinn.

Zinn, cuyo ensayo La otra historia de los Estados Unidos (Hiru, Hondarribia, 2005) pone el foco en las masas de trabajadores, soldados y esclavos que forjaron el imperio norteamericano, y en los indígenas laminados, repasa la vida y la filosofía de Marx para poner de relieve el vigor de su pensamiento. Marx, dice Zinn en el prólogo de su obra teatral, escrita durante el colapso del estatalismo soviético, predijo la globalización y la acumulación masiva del capital en muy pocas manos.

Marx en Lavapiés

Autor: Benjamín Jiménez, a partir de Marx en el Soho, de Howard Zinn. Intérpretes: Nora Gerigh, Beatriz Llorente, Francisco Valero. Escenografía: Jana Pacheco. Producción: Luis Illán. TurliTava Teatro. Dirección: Victoria Peinado. La Puerta Estrecha. Viernes y sábados, hasta el 28 de junio.

Benjamín Jiménez, autor de Marx en Lavapiés, convierte el monólogo en un diálogo en el que intervienen también su hija Eleanor y Bakunin, su rival político, cuyas agudas observaciones y preguntas ponen en aprietos al protagonista. Esta decisión, bien fundamentada (Zinn redactó una primera versión con cinco personajes), ofrece acción y variedad al público, que, sentado en mesitas ante una cerveza obsequio de la casa, forma parte de la taberna en la que transcurre el reencuentro, en la inteligente puesta en escena de Victoria Peinado.

Jiménez pone las réplicas en buen castellano, actualiza el contexto, inserta monólogos oportunos y, podando la hojarasca, se lleva también por delante precisiones que hubiera sido mejor mantener. No es lo mismo decir: “El compañero de Jennichen era inglés, y no hay más que añadir”, que “El compañero de Jennichen era inglés, y los hombres ingleses son como la comida inglesa, ya me entienden”. También se echa en falta el relato pormenorizado de los episodios de la Comuna de París (ejemplo de democracia real, según Marx), hito postrero de la obra, que Jiménez despacha en 10 líneas.

En lugar de buscar un actor con parecido físico, la compañía TurliTava ha encomendado el papel protagonista a Beatriz Llorente, que lo interpreta desde sí, sin caracterizarse, en una decisión arriesgada pero funcional: más que al personaje, encarna sus ideas. Tras su poblada barba, Francisco Valero es un Bakunin mordaz y sugestivo, verdadero dolor de cabeza para su camarada. Nora Gerigh le presta encanto genuino a la niña prodigio, colaboradora ideal de papá. Durante el estreno, la primera mitad del espectáculo fue como la seda; en la segunda faltó puntuación y limpieza en el movimiento, y poner en valor el hermoso mantra con el que Eleanor cierra la velada.

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