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Cien días mal encaminado

No es creíble afirmar que el país está en juego, cuando lo que fracasa es un programa y una alianza

La fórmula escogida por el presidente Artur Mas para dar cuenta de los primeros 100 días de su gobierno es una de las más originales que nunca se haya visto: dar por insuficiente la mayoría parlamentaria de signo independentista formada por CiU y ERC que sustenta al ejecutivo en este inicio de legislatura y proponer la formación de otra más amplia que sirva de base para un gobierno de concentración, también presidido por él. En la práctica, gobierno de concentración significaría en este caso la incorporación de los socialistas a la actual mayoría bipartita. Cien días le han bastado a Artur Mas para concluir que va mal encaminado.

Para valorar ajustadamente la magnitud del giro que se materializa con la propuesta de gobierno de concentración es pertinente examinar la evolución de CiU desde el momento en que comenzaron los estragos de la crisis financiera y económica, en 2008. Gobernaba entonces la Generalitat la coalición de las izquierdas presidida por el socialista José Montilla. Ante la brutal caída de los ingresos de la Generalitat provocada por el brusco parón económico, su consejero de Economía, el también socialista Antoni Castells, aplicó los primeros recortes presupuestarios drásticos. ¿Qué hizo entonces CiU? Junto con el PP, se lanzó contra los gobiernos de la izquierda, en Cataluña como en España, acusándola de ser la causante de la crisis y asegurando que sólo la derecha estaba capacitada para hacerle frente con eficacia y con la determinación necesarias para aplicar la rigurosa política de austeridad que daría confianza a los mercados financieros, atraería inversiones, terminaría con el paro, etcétera. Este fue el discurso.

Cerrado el acceso de la Generalitat al crédito, el Gobierno de Artur Mas vio con claridad que su horizonte era, simplemente, la desaparición de todo atisbo de autonomía presupuestaria

Se trataba, según el eslogan con el que Artur Mas fue a las elecciones de 2010, recuérdese, de “levantar” a una Cataluña hundida según él por la izquierda. Gobernó durante dos años con el credo neoliberal y con el PP como socio parlamentario al mismo tiempo que se lanzaba a conseguir un pacto fiscal con el Gobierno español que le permitiera disponer de los recursos económicos necesarios para afrontar la crisis que el crónico déficit fiscal drena hacia la Administración Central. Pero, instalado desde 2011 en el Gobierno de España, el PP se lanzó por su parte a compaginar la política de austeridad con la centrifugación hacia las comunidades autónomas de buena parte de estos costes presupuestarios, los correspondientes sobre todo a la sanidad, la enseñanza y los servicios sociales. Cerrado el acceso de la Generalitat al crédito, el Gobierno de Artur Mas vio con claridad que su horizonte era, simplemente, la desaparición de todo atisbo de autonomía presupuestaria. Cuando, en septiembre de 2012, el presidente Mariano Rajoy se negó a negociar el pacto fiscal, Artur Mas decidió doblar la apuesta: adelantó dos años las elecciones en busca de una mayoría absoluta que le permitiera prescindir del PP como sostén de su minoritario gobierno y, al mismo tiempo, le diera más fuerza para exigir el pacto fiscal. Pero los electores le negaron la mayoría absoluta y entonces Artur Mas y CiU decidieron sustituir la alianza de centro derecha con el PP por otra con ERC con un programa denominado de transición nacional hacia la independencia.

Lo que ha sucedido tras cien días de mayoría parlamentaria independentista, es que Artur Mas pide ahora el apoyo, la ayuda, de un partido socialista al que demonizó durante años como responsable de la crisis. Y que, además, ha rechazado seguirle en la apuesta por la independencia. El PSC de Pere Navarro es el mismo que el de Montilla y Castells, pero ahora le considera necesario, o por lo menos útil, para afrontar la crisis. Desde luego a estas alturas ya está claro que la fórmula neoliberal, la de la austeridad presupuestaria a palo seco, agranda la crisis en vez de resolverla. Pero vean que dice ahora Artur Mas, al pedir ayuda: “No está en juego el Gobierno, está en juego el país”. No es creíble. Parece más ajustado concluir que ha hecho aguas la apuesta neoliberal y que la mayoría de CiU con ERC sólo sirve para recalentar la retórica soberanista. La economía está muy mal, pero lo equivocado es la fórmula, el programa, las prioridades.