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Casuals: cuando la noche barcelonesa era una pesadilla

Los ‘ultras’ más violentos del Barça exigían dinero y trabajo a los dueños de discotecas para evitar altercados

Juicio en Barcelona contra la banda de los Casuals el pasado 12 de septiembre
Juicio en Barcelona contra la banda de los Casuals el pasado 12 de septiembre

Marzo de 2006. Discoteca Pachá de Barcelona. Un grupo de hombres armados irrumpe en el local. Se identifican como Casuals. En cuestión de minutos, convierten la sala en un campo de batalla. Los asaltantes, de estética skin, agreden sin miramientos a clientes y camareros con puños americanos y barras de hierro. Nadie denuncia. Los incidentes se repiten, semana tras semana, hasta que uno de los casuals —la facción más violenta de los Boixos Nois, los ultras del Barça— es contratado como jefe de seguridad de Pachá.

Desde entonces y durante cuatro años, los Casuals convirtieron la noche barcelonesa en una pesadilla de violencia y extorsión. Ricardo Mateo, líder carismático, dirigía con mano de hierro el grupo, que nació en las gradas y se transformó en una banda criminal. La fiscalía pide para él 120 años de cárcel por una ristra de delitos, incluidos dos intentos de asesinato. Mateo tiene numerosos antecedentes, está en prisión provisional por estos hechos y, al mismo tiempo, está siendo juzgado por su primera etapa al frente de los Casuals, que entonces asaltaban y torturaban a narcotraficantes.

Tras aquel primer golpe policial, los Casuals se centraron en el mundo de la noche. Dirigidos por Mateo, sus hombres de confianza y los minicasuals —más jóvenes, pero igual de violentos— sembraron el caos en algunas de las salas más populares de la ciudad. Cada domingo, durante 10 meses, acudieron armados a Razzmatazz a buscar pelea. Al más puro estilo mafioso, ofrecieron al dueño del local pagar un “canon” a cambio de restaurar la paz, según el escrito de la fiscal, que pide elevadas penas para la mayoría de la treintena de acusados.

El líder seguía dirigiendo el grupo incluso desde la prisión

El silencio de las víctimas, fruto del miedo, fue el mejor aliado de los Casuals, que camparon a sus anchas con su pequeño ejército. Las palizas por encargo fueron marca de la casa. En diciembre de 2008, Mateo advirtió a un hombre de que no debía participar en una subasta. Pero este no hizo caso y se presentó a las puertas del juzgado acompañado por un guardaespaldas. El líder y dos de sus pandilleros aparecieron con cuchillos, gritando que iban a matarles. El subastero recibió una puñalada en la cabeza.

Casi un año después, Mateo ordenó matar al guardaespaldas, que trabajaba como portero en el parque acuático Isla Fantasía. “Baja, chivato, que te vamos a matar”, le dijeron. El hombre se salvó por el auxilio de sus colegas. Los Casuals querían evitar que declarara en su contra. Y los responsables del parque aceptaron, según la fiscal, retirar la denuncia. Incluso después de las detenciones (febrero de 2010) siguió el acoso sobre el vigilante. Mateo, que antes daba las instrucciones desde el bar Virginia —próximo al Camp Nou—, las transmitía ahora desde la cárcel. El portero recibió una “visita” para recordarle que debía guardar silencio. “Lo tuyo con los Casuals es de por vida. Cualquier niñato con ganas de quedar bien con Ricardo se te puede aproximar en cualquier momento, pegarte cuatro puñaladas y matarte”.

“Cualquier niñato se te puede acercar y pegarte cuatro puñaladas”

Más de uno sucumbió a la presión. En septiembre de 2009, algunos casuals se presentaron en la discoteca Opium, junto al puerto olímpico, y provocaron el caos habitual. “No sabes quién soy yo. Déjame entrar, que te va la vida”, dijo David Rodríguez, que acabó en prisión provisional por asestar un navajazo en el muslo a un portero. Pero la banda se movilizó para acortar su estancia en la Modelo. Los trabajadores de Opium aceptaron retractarse. En una conversación telefónica, uno de los acusados reconoce haber pactado su silencio. “Se han confundido. Pensaban que era él, pero no. Que ha sido un moro, ¿vale? He visto las declaraciones”. El mismo día en que declararon los testigos, Rodríguez fue puesto en libertad. En la calle le esperaba Mateo, que le impuso una multa —a veces, los castigos no eran físicos— por haberles puesto en riesgo a todos con aquel incidente.

Además de las palizas y extorsiones, el grupo obtenía sus ingresos del tráfico de drogas, que le permitía comprar armas de fuego y coches de lujo. Mateo (alias Lucho, 40 años) resolvía los problemas en persona cuando era preciso. “No vuelvas a tocar a los niños o tendrás problemas”, le dijo a un hombre que había tenido una disputa con minicasuals. Para que no lo olvidara, le dejó una cicatriz de cinco centímetros en el rostro.