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El obsesivo último amor de Pablo Picasso

El museo del artista muestra la colección de cerámicas que Jacqueline donó a Barcelona hace 30 años

Cerámicas de Pablo Picasso. Colección de Jacqueline Roque. Izquierda: "Jacqueline sentada en un sillón" (1964). Derecha: "Sol y toro" (1959) y "Pez sobre fondo oscuro" (1957).
Cerámicas de Pablo Picasso. Colección de Jacqueline Roque. Izquierda: "Jacqueline sentada en un sillón" (1964). Derecha: "Sol y toro" (1959) y "Pez sobre fondo oscuro" (1957).

Jacqueline Roque fue el último gran amor de Pablo Picasso. El malagueño universal, que reconocía la importancia del azar en la vida como en el arte, la conoció en 1952 cuando ella trabajaba en la tienda del taller de cerámica Madoura de Vallauris. Jacqueline tenía entonces 27 años y Picasso, 71. Quizás para superar esta diferencia el artista se volcó con una obsesión inusitada en la representación de su amada. La historia de amor entre los dos tuvo un tercer protagonista: la cerámica, género con el que Picasso había empezado a trabajar en 1947 y que se convirtió en el soporte de una serie de perfiles de su amada, como si fuera una diosa griega.

Tras la muerte de Picasso, Jacqueline no quiso vender ni una sola pieza y guardó su obra como si fuera una reliquia. Así que fue una verdadera sorpresa que en 1982, durante la inauguración de una gran muestra de cerámicas de Picasso en su museo de Barcelona, ella anunciara que donaría a la ciudad las 41 piezas que había prestado para aquella exposición. Desde entonces, estas obras se han expuesto de forma rotativa en la colección permanente. Ahora, con motivo del 30º aniversario de la donación, se presentan en su totalidad y en un nuevo y favorecedor montaje.

La exposición que hoy se inaugura, bautizada Cerámicas de Picasso. Un regalo de Jacqueline a Barcelona, ha sido comisariada por dos de los máximos expertos mundiales en la obra del artista malagueño: Marilyn McCully y Michael Raeburn.

La muestra, que podrá verse hasta el 1 de abril, arranca con una serie de fotografías de la época que inmortalizan el día en que se produjo el primer encuentro entre ambos y a Jacqueline con unos hermosos collares de cerámica, de los que quedan solo unos raros ejemplares ocultos en colecciones privadas.

Un espectacular óleo de la última musa de Picasso domina los conjuntos de piezas agrupados cronológica y temáticamente, que permiten nuevos descubrimientos de conexiones técnicas y conceptuales. Son piezas realizadas con procedimientos sencillos, utilizados de forma inédita y rompedora. “La cerámica le ofrece la oportunidad de mezclar pintura y escultura. Muchas veces utiliza platos y jarras seriadas, que manipula con la idea de convertir un objeto de uso común en una obra de arte”, explicó Marilyn McCully, reiterando que Picasso nunca dejó de experimentar, incluyendo en su práctica los accidentes en el proceso creativo.

La muestra se completa con dos salas de gran impacto visual, que reúnen los retratos de Jacqueline, conservados en la colección de obra gráfica del museo y expuestos raramente. En la primera hay 13 litografías, todas de perfil y en la segunda 20 linografías, todas de frente y en color. Todas ellas son pruebas de artista dedicadas a Jaume Sabartés, el secretario de Picasso y el hombre que impulsó la creación del museo de la calle de Montcada, y por tanto obras únicas. “Jacqueline le recordaba a la mujer sentada del cuadro de Delacroix Femmes d’Alger”, asegura Malen Gual, conservadora del museo. Una vez que termine esta muestra, será Gual quien se ocupe de colocar las cerámicas en la sala neoclásica, recientemente restaurada.

Precisamente ayer se cumplían 131 años del nacimiento de Pablo Picasso en Málaga y, también en Barcelona se inauguraba otra muestra dedicada al artista. Se titula Y Picasso cogió su iPad. Cubismo en clave contemporánea y especula sobre el estado actual de la pintura a partir de la pregunta ¿qué estaría haciendo Picasso si viviera? La muestra, abierta en la galería Trama hasta el 27 de noviembre, reúne 11 artistas de diferentes países, seleccionados por Paco Barragán.