‘Occidente nunca existió’: una sociedad sofisticada y justa, todo a la vez
La recopilación póstuma de sus mejores ensayos confirma la portentosa mirada de antropólogo crítico de David Graeber, que creía firmemente en la flexibilidad del ser humano

David Graeber, brillante antropólogo y activista estadounidense, además de dejarnos importantes obras, nos dejó demasiado pronto. Falleció en 2020, a los 59 años, en plenitud intelectual. Los lectores recordarán, pues dieron mucho que hablar, El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad (escrito junto a David Wengrow), En deuda: Una historia alternativa de la economía o Trabajos de mierda: Una teoría. Gracias al buen hacer de su viuda y colaboradora Nika Dubrovsky, se publica ahora, de forma póstuma, esta colección de ensayos breves. La mayoría se habían publicado ya de manera dispersa; en este volumen se reúnen y ordenan. En todos ellos (como en todos sus libros), queda claro que Graeber fue un gran antropólogo, lo que no le impidió ser, a la vez, anarquista. Se puede ser intelectualmente honesto y, al mismo tiempo, reconocer que uno siempre habla desde un lugar de lo más situado. En su caso, desde dos de sus convicciones más fuertes (que, para él, son el meollo del anarquismo): “Los seres humanos son capaces de comportarse de manera razonable sin necesidad de que alguien les obligue a ello” y “el poder corrompe”. No es preciso que los lectores simpaticen con el anarquismo o con estas ideas-brújula para poder disfrutar de todo lo que Graeber, como científico social, tiene que decir.
Occidente nunca existió es un buen resumen (con alguna novedad) de sus ensayos anteriores. También es, si los lectores no conocen a Graeber, una buena introducción —¡pero no dejen de leer El amanecer de todo, tan distinto en sus planteamientos a los de Harari! Y quizás quieran complementarlo con esta otra novedad editorial, la maravillosa incursión en la no ficción gráfica de Ulli Lust, La mujer como lo humano—. Los textos tocan temas variados: un debate (acalorado) con Thomas Piketty sobre la naturaleza del dinero (¿capital, crédito?); reflexiones sobre la ligazón entre capitalismo y deuda o entre “democracias” e imperialismo y elitismo (contra el mito de la Atenas del siglo V antes de Cristo o las primeras constituciones publicitadas como democráticas de Francia y Estados Unidos); recuerdos de infancia o de militancia; hipótesis sobre los fundamentos del arte y la diversión… O meditaciones sobre el feminismo, la policía, las miserias de la microeconomía o la conexión entre el matonismo infantil y el institucional —por ejemplo, interpreta El señor de las moscas como una especulación “sobre el tipo de técnicas calculadas de terror e intimidación que las escuelas públicas británicas empleaban para convertir a los niños de clase alta en funcionarios capaces de administrar un imperio”—.
Con todo, lo mejor de su propuesta sigue siendo su irrenunciable mirada de antropólogo crítico, desde la cual insiste en (y documenta) que los humanos somos una especie flexible: no ha habido ni hay una única manera de vivir. Para lo que nos preocupa: el capitalismo no es más “natural” que cualquier otra manera de regular la vida en común y, por tanto, no es inevitable. Así que quizás sí podamos imaginar el fin del capitalismo antes que el fin del mundo (sobre esto, les recomiendo leer el nuevo ensayo de Eudald Espluga, Imaginar el fin; Esperanza en la oscuridad, de Rebecca Solnit, y la novela La guerra de los pobres, de Éric Vuillard). Si, de un lado, rompe la asociación determinista entre el aumento de la complejidad social y el aumento de la desigualdad (o sea, sí puede haber sociedades simultáneamente sofisticadas y justas, que manifiesten una repulsión por la violencia y la militarización), de otro remarca: “Las prácticas democráticas —procesos de toma de decisiones igualitarias— se dan prácticamente en todas partes y no son exclusivas de ninguna civilización”.
Esta mirada antropológica se baja a tierra en dos de sus obsesiones temáticas más habituales (y fascinantes). Una, su cuestionamiento histórico y ético de Occidente (él prefiere el término “sistema del Atlántico Norte”). Aquí habría mucho que comentar, pero su sugerencia más vigorosa sigue siendo la de que los ideales de la Ilustración fueron el resultado de un sincretismo cosmopolita y popular. En particular, del diálogo de los teóricos “occidentales” con ciertos valores de los nativos americanos y de “personas fuera de la ley”: piratas, cimarrones… Sobre el primer punto, se puede encontrar más en El amanecer de todo; sobre el segundo, en Ilustración pirata y en el monumental estudio de Peter Linebaugh y Marcus Rediker La hidra de la revolución. El segundo de sus aportes más atractivos es su denuncia y teorización de los “trabajos de mierda”, esos trabajos que, de tan hiperburocráticos, resultan absurdos, agresivos. Esos trabajos que, incluso desde el punto de vista de quienes los llevan a cabo, “no sirven de nada”. Psicológicamente son “veneno” y “si desaparecieran de un plumazo, el mundo seguiría igual (o mejor)”. (Para más aportaciones de raigambre kafkiana y bartlebyana sobre la maldad de esta hiperburocratización de la vida contemporánea, los lectores pueden acudir a la novela Oposición y al cuaderno Silencio administrativo, de Sara Mesa.)
Para acabar, una idea hermosa: “Si lo pensamos un poco, ¿no es de esto básicamente de lo que va la vida”. Todos los seres humanos somos proyectos de creación mutua. Buena parte del trabajo que hacemos consiste en trabajarnos unos a otros”.
Y un lamento: ojalá Graeber siguiera aquí. Seguro que nos ayudaría a entender (un poco) todo lo que está pasando.

Occidente nunca existió. Ensayos sobre la libertad, el cuidado y la imaginación política
Traducción de Sion Serra Lopes
Ariel, 2026
432 páginas. 22,90 euros


























































