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Crítica

‘Redimir y adoctrinar’: cuidado con perder la virginidad

Carmen Guillén arroja luz sobre el Patronato de Protección a la Mujer, que encerró sin juicio ni defensa a miles de jóvenes ‘descarriadas’ en el franquismo

Un consejo para los que sienten nostalgia del franquismo, los que cantan el Cara al sol en las discotecas al amanecer o se sienten atraídos por las tentaciones del pasado: lean el libro de Carmen Guillén y se les quitarán las ganas. Salvo que sean ustedes muy, muy malas personas.

Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1981) (tachado en el original), publicado en Crítica, recoge la historia de un inmenso agujero negro que se prolongó desde 1941 hasta bien entrada la democracia, en 1985: el que supuso la red de reformatorios y conventos a los que fueron a parar miles de chicas que el nacionalcatolicismo consideraba descarriadas, desviadas, caídas, sin juicio, ni delito, ni defensa alguna, para una supuesta redención y corrección moral; y el que se prolongó tras la muerte del dictador desde el punto de vista de la historia, de la memoria, de las causas feministas y del relato de un pasado que ha sido mayoritariamente ignorado hasta la fecha.

Carmen Guillén (Mazarrón, Murcia, 1988) es doctora en Historia Contemporánea, profesora en el área de Historia de la Ciencia de la Facultad de Medicina de Albacete y autora de la primera tesis doctoral sobre el Patronato de Protección a la Mujer, una institución creada por el franquismo para ocultar, castigar y doblegar a aquellas mujeres cuya conducta sexual, política, familiar o social saliera del marco establecido para el género en la época: el de casarse, someterse al varón y procrear de forma abundante para la regeneración demográfica de esa gran nación llamada España, tan mermada tras la Guerra Civil. Por salir con un chico cuando no tocaba, por tendencias homosexuales, por rebelde, por ir a una protesta o por una simple desobediencia de las normas establecidas una joven —nunca un joven— podía ser seleccionada, analizada y encerrada sin defensa ninguna y por tiempo indefinido. También por ejercer una prostitución que era tolerada para los hombres, libres de dar rienda suelta a su sexualidad más allá del matrimonio o de la moralidad imperante, y castigada en las mujeres, consideradas caídas. La pérdida de virginidad, la prostitución o el embarazo eran las grandes causas de encierro, como vemos siempre relacionadas con la sexualidad y el con el cuerpo de las mujeres.

Solo muy recientemente han empezado a proliferar o conocerse más investigaciones sobre el asunto y se acumula ya cierta literatura: la más importante, la escrita por una de sus víctimas y activista bandera de la denuncia de esta institución, Consuelo García del Cid, cuyo testimonio será llevado al cine este año; también los libros Mujer, moral y franquismo, de Lucía Prieto Borrego (Umaeditorial) y Políticas de represión y punición de las mujeres, de Pilar Iglesias Aparicio (Círculo Rojo), entre otros. Todos ellos aportan abundante información sobre un episodio vergonzosamente desconocido, por lo que ya no hay excusas: necesitamos y debemos saber lo que pasó. Las propias protagonistas dejaron constancia de ello en un plante de protesta a la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) que el verano pasado quiso pedirles perdón.

El terreno estaba, así, abonado para un libro como el de Carmen Guillén, que afronta la gran historia del Patronato desde el rigor del estudioso, la sensibilidad necesaria y un estilo cercano y didáctico que nos atrapa sin escapatoria. Guillén recorre la institución en toda su andadura: desde que el régimen tomó un contenedor que ya existía y que nació para luchar contra la trata de blancas, el Patronato, la dotó de estructura, presupuesto y objetivos y la estableció en 1941 como instrumento para extender la moralidad. Hasta su olvido en los albores de la democracia, cuando la situación de las mujeres ahí atrapadas no interesó lo suficiente como para lograr que se aboliera esa represión.

Bajo la presidencia de Carmen Polo de Franco, el Patronato se ramificó en juntas provinciales y locales con altos cargos entre los que no faltaban los prelados de las diócesis. Y empleó a una red de “celadoras”, más adelante llamadas “visitadoras sociales”, que vigilaban bailes, piscinas y calles en busca del pecado o de sus delatores. A veces elegidas por ellas y a veces por las propias familias, que exigían una disciplina no siempre cumplida, las chicas caían en manos de médicos que analizaban si estaban “incompletas” (si ya habían tenido relaciones sexuales) y su estado mental. Las fichas de la época, a partir de una psiquiatría al servicio del régimen y el nacionalcatolicismo marcada por Antonio Vallejo-Nájera, las clasifican en términos como “imbéciles, subnormales profundas, oligofrénicas, retrasadas mentales, taradas” y otros calificativos de tan evidente subjetividad diagnóstica, por ser suaves. Guillén recuerda a las tradwives, esas influencers que hoy defienden en redes el modelo de esposa sumisa, abnegada y decente para alertar sobre la frivolidad tras una condición que fue impuesta en el franquismo mediante un adoctrinamiento y punitivismo como el que representaba el Patronato.

“El franquismo no necesitaba estar presente para ejercer el poder, lo había delegado en las propias familias. El ámbito doméstico operaba así como un espacio de disciplinamiento constante, donde lo político se filtraba en lo íntimo sin necesidad de coacción visible”, asegura Guillén a partir de la cantidad de jóvenes que fueron denunciadas por sus propias familias. Pero, donde estas no llegaban, llegaban las celadoras. Y afectó un colectivo muy disperso de chicas que podían ser pobres a las que sus familias no acertaban a disciplinar, ricas descarriadas denunciadas por sus padres, solteras embarazadas, hippies prematuras... y que pasaban a manos de instituciones que las maltrataban y explotaban en trabajos forzados.

Ese trabajo, el silencio, la oración, el aislamiento y las condiciones ínfimas de nutrición caracterizaron el castigo. Tejían, bordaban o trabajaban a las órdenes de las religiosas sin percibir jamás un ingreso. Se deslomaban incluso al borde de la gestación. Las que entraban embarazadas sufrieron partos tremebundos en aquellos conventos y a algunas les arrebataron el bebé. Las Adoratrices del Santísimo Sacramento y las Oblatas del Santísimo Redentor destacaron entre otras muchas instituciones.

La infamia se documenta hoy gracias a los testimonios de quienes aún viven, a los trabajos de investigación como el de Carmen Guillén y a documentos muy dispersos que historiadoras como ella luchan por encontrar dentro de un contexto de pérdida y desaparición de papeles muy asombroso. Sin duda queda mucho por descubrir porque, como escribe Guillén, “la dictadura moría, pero a la institución todavía le quedaba mucho por desaparecer”. El rastro documental se volvió difuso precisamente dese 1975, cuando el propio organismo dejó de publicar memorias oficiales a nivel nacional. Ahí empieza, pues, el segundo agujero negro de esta institución, el del encubrimiento y olvido.

Por fortuna, trabajos como el de Carmen Guillén nos abren la puerta, nos permiten conocer y nos obligan a incorporar esta ignominia a una memoria colectiva que aún suma muchas cuentas pendientes. Demasiadas cuentas pendientes.

Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1981)

Carmen Guillén
Crítica, 2026
272 páginas, 21,90 euros

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