‘Oona O’Neill’, ira y melancolía a la sombra de Charles Chaplin
La biografía de Jane Scovell rescata la vida de Oona O’Neill, casada a los 18 años con el cómico y gran director de cine, 36 años mayor, madre de ocho hijos con él y marcada por el repudio de su padre, el dramaturgo y Nobel, Eugene O’Neill

No es fácil escribir la biografía de un ama de casa, es decir, de una mujer cuya realización personal ha tenido lugar de forma vicaria, a través de la realización del marido o de los hijos, de la construcción de una familia. Es el caso de Oona O’Neill, casada con Charles Chaplin cuando este tenía 54 años y ella tan solo 18 y era la hija repudiada del dramaturgo Eugene O’Neill, premio Nobel de Literatura en 1936. Sin duda una diferencia de edad abrumadora que, sin embargo, en su caso funcionó bien hasta la muerte del memorable creador de Charlot.
¿Qué fue de la joven y encantadora Oona después de la muerte de Chaplin? El libro Oona O’Neill, escrito por la estadounidense Jane Scovell, un nombre diría que para nosotros desconocido hasta ahora, es, en este sentido, la necesaria biografía de una mujer que vivió voluntariamente a la sombra del gran hombre.
Al morir, en diciembre de 1977, el autor de tantas películas ácidas o deliciosas, como Luces de la ciudad (1931), ella tenía 52 años, había criado a ocho hijos habidos del matrimonio y se hallaba sorprendentemente sola, porque toda su vida hasta entonces había girado en torno a la excepcional personalidad de su marido. Ante el sostenido silencio mantenido por la reservada Oona hasta el final de sus días, Scovell ha entrevistado a la gente que la rodeó en las distintas etapas de su vida o bien a los herederos de estos —también ha consultado las cartas dirigidas al biógrafo de O’Neill— para trazar una trayectoria vital dominada por un hecho: la que fue la cuarta y última esposa de Chaplin se entregó al maduro y experimentado autor del personaje más célebre del cine mudo marcada por el rechazo que Eugene O’Neill había manifestado hacia sus tres hijos. Los dos hijos varones, mayores que Oona, acabaron suicidándose, mientras que ella encontró refugio bajo el paraguas de un hombre mayor que podía protegerla ante las inclemencias de la vida.
Por lo visto, nunca deseó salir de esta confortable posición filial en la que brillaba como una estrella, cuya luz procedía del poderoso sol que era su marido y en torno al cual giraba la rutina diaria de la familia. De modo que ella se convirtió en el apéndice imprescindible para que la vida alrededor de Charles Chaplin simplemente funcionara, ya fuera en Los Ángeles o después en Vevey (Suiza), donde, acusado de izquierdismo, Chaplin optó por exiliarse, eso sí, palaciegamente.
La vida del matrimonio funcionó y la dependencia emocional de Chaplin fue, lógicamente, cada vez más acusada, a medida que envejecía, hasta el punto de inquietarse si su joven y solícita esposa no se hallaba en la misma habitación. Una dedicación agotadora que Oona, obedeciendo tal vez al mandato familiar (su padre peleó con el alcoholismo toda su vida, por no hablar de sus dos hermanos), se acostumbró a combatir bebiendo en la soledad de su dormitorio. Aunque su adicción al alcohol está tratada con poca sensibilidad, ni siquiera sabemos qué bebidas eran sus preferidas. Parece que hablar del amor a la botella sea suficiente.
En todo caso, esta es la imagen que acaba imponiéndose en la interesante, aunque un tanto reiterativa, biografía de Scovell: al morir Chaplin, esa costumbre se agudizaría dominando ya el resto de su vida, falto de una brújula que la vertebrara por dentro. De un modo lento pero irreversible Oona O’Neill se dejó morir, no sin antes haber intentado algunas relaciones que no podían llegar a buen puerto. Había demasiada melancolía en ella. Pero alguna otra vez nos lo hemos preguntado a propósito de otras biografías de mujeres recluidas en el silencio o en la dejadez de sí mismas: ¿no será la melancolía la máscara adoptada ante una ira contenida?

Oona O’Neill
Traducción de Jofre Homedes Beutnagel
Circe, 2024
360 páginas. 22,88 euros
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