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El legado casi inabarcable de Claudio Abbado

Diez años después de su muerte, se publica una recopilación de 257 CD con todas las grabaciones del director de orquesta para Deutsche Grammophon y Decca junto a las mejores orquestas del mundo

Claudio Abbado
El director de orquesta Claudio Abbado, en el Festival de Lucerna en 2010.Peter Fischli
Luis Gago

Como si estuviera emulando al narrador de Moby Dick, Claudio Abbado iniciaba la relación con las orquestas que dirigía con la misma frase: “Llamadme Claudio”. Cuando sucedió a Herbert von Karajan como director titular de la Filarmónica de Berlín en 1989, comenzó su primer ensayo con una pequeña variante que también ha pasado a la historia: “Soy Claudio: para todos”. En un mundo proclive como pocos a lo que en el ámbito jurídico mercantil se denomina “abuso de posición dominante” y en el que, del otro lado, el sustantivo “Maestro” se utiliza sin mesura y se manosea hasta la náusea, el músico milanés fue siempre congruente con sus ideas políticas y fomentó el trabajo entre iguales, sin jerarquías, con el podio como un simple aparejo escénico para otorgar visibilidad, no para marcar distancias o conferir privilegios, y la batuta como un instrumento de precisión, no de poder.

Fue así, democrática y amigablemente, como forjó una estrechísima relación con el puñado de orquestas que iluminaron su carrera –Sinfónicas de Londres y Chicago, Filarmónicas de Viena y Berlín, la formación titular del Teatro alla Scala: ahí es nada– o como se animó a crear una gran orquesta juvenil paneuropea, a la que bautizó con el nombre de su adorado Gustav Mahler, germen a su vez el de la Orquesta de Cámara Mahler. En sus últimos años, con su cuerpo acribillado por un cáncer de estómago, hizo realidad el ideal de dirigir rodeado casi exclusivamente de amigos –solistas de talla mundial, cuartetos de cuerda punteros, primeros atriles de orquestas centenarias– que peregrinaban año tras año al Festival de Lucerna para compartir el privilegio de hacer lo que podríamos llamar música de cámara sinfónica con su amigo Claudio. Como, a pesar de su dilatada biografía internacional, ejerció siempre de italiano, y lo era por los cuatro costados, diez años antes de morir fundó también en su país la Orquesta Mozart, otro proyecto plurinacional con sede en Bolonia que le permitió asomarse a las prácticas interpretativas historicistas y extender su repertorio hacia el Barroco y el Clasicismo con plantillas instrumentales más íntimas.

Los directores de orquesta no se unieron a cantantes e instrumentistas como ídolos de masas hasta el siglo XX y en cualquier lista selectiva de los más grandes de nuestro tiempo no puede faltar el nombre de Claudio Abbado. Todos han ido teniendo, antes o después, su legado discográfico publicado en forma de opera omnia, llámense Wilhelm Furtwängler, Otto Klemperer, Pierre Boulez, Carlos Kleiber o Sir John Barbirolli. Con motivo del nonagésimo aniversario de su nacimiento se ha publicado una caja inmensa con todas las grabaciones realizadas para Deutsche Grammophon y Decca que, en cantidad (nada menos que 257 CD y 8 DVD) y calidad, revela la versatilidad y documenta la trayectoria del director italiano en un repertorio que abarca desde Bach, Vivaldi y Pergolesi hasta los aún felizmente vivos György Kurtág, Wolfgang Rihm y Salvatore Sciarrino: no hay quien dé más. A pocos días de que se cumplan diez años de una muerte que dejó muchos huérfanos putativos tras de sí, este auténtico aluvión de música ahora a nuestro alcance permite situar en perspectiva el legado de un director que contó siempre con dos aliados imprescindibles para ascender al olimpo: una técnica sobresaliente, virtuosística, fulgurante, cuyos cimientos quedaron puestos durante sus años de formación en la clase de Hans Swarowsky en Viena, pero que no dejó nunca de perfeccionar, y un magnetismo personal –abanderado por una sonrisa fácil, franca y generosa– que hechizaba al instante a instrumentistas, cantantes y público por igual.

Con buen criterio, Deutsche Grammophon ha ordenado los discos –grabados a lo largo de casi medio siglo, entre 1966 y 2013– por orden alfabético de compositores, de Bach a Wagner, dejando para el final las compilaciones o los programas mixtos. Abbado evolucionó a lo largo de su carrera, por supuesto, y tampoco mostró siempre la misma afinidad por todos los compositores. Sus mayores logros se concentran probablemente en Mahler, con quien tuvo siempre una conexión natural, orgánica, y Verdi, al que llevaba en la sangre como buen milanés. Del primero se recogen aquí varios de sus Lieder y todas sus sinfonías, algunas en varias versiones, como dos de la Primera, tres de la Segunda y dos de la Tercera, de las que la grabada con la Filarmónica de Viena en 1980 y Jessye Norman como solista sigue siendo un monumento inigualado. Algo parecido sucede con su Macbeth o su Simon Boccanegra, el cenit de sus años scaligeri y ejemplos supremos de la primera madurez de Abbado, cuando su nombre era sinónimo de fuerza, ímpetu y una precisión rítmica que quedó también plasmada en un puñado de grabaciones portentosas de música de Béla Bartók (El mandarín maravilloso, Retratos op. 5, Conciertos para piano) y Serguéi Prokófiev (Aleksander Nevski, El teniente Kijé).

Su período berlinés, en el que consiguió democratizar una orquesta habituada a las maneras dictatoriales de Karajan y, sobre todo, a escorar su repertorio hacia el siglo XX, está profusamente representado en esta edición. Ya son historia su versión del Concierto para piano de Schönberg (con su amigo Maurizio Pollini), dos joyas de Kurtág (Grabstein für Stephan y Stele) o Gruppen de Stockhausen. Otro compositor con el que Abbado parecía identificarse como un igual es Alban Berg y muchas de las grabaciones que realizó en Viena (Wozzeck, Der Wein, las Tres piezas para orquesta, la suite de Lulu o los Altenberg-Lieder) vuelven a aunar tres de sus mayores virtudes: intensidad emocional, texturas transparentes y rigor rítmico. No le basta con ellas para alzar el vuelo de igual modo con los clásicos, especialmente Beethoven, profusamente representado con dos ciclos sinfónicos completos (en Berlín y Viena) y un total de 22 discos. El italiano nunca defrauda, por supuesto, y regala con frecuencia detalles o pasajes gloriosos, pero ni su Beethoven, ni su Brahms, ni tampoco su Bruckner, rayan al nivel de los compositores antes citados, aunque la Novena del austriaco de Lucerna es lo más parecido a un testamento.

Entre los solistas que acompañó, los hay aquí de todas las generaciones, de Serkin a Kissin, de Milstein a Mintz, de Brendel a Grimaud, de Accardo a Mullova, de Gulda a Pires, y con todos demuestra ser sabio, generoso y empático, igual que con sus cantantes, muchos de los cuales triunfaron de su mano, como Teresa Berganza en la Carmen y La Cenerentola del Festival de Edimburgo o Il barbiere di Siviglia de Milán. Abbado se sentía muy cómodo en el foso, obró milagros en los templos de la Staatsoper de Viena y La Scala de Milán y de las 21 óperas completas que recoge esta caja no pueden dejar de ensalzarse su inefablemente poético Pelléas et Mélisande de Debussy, la intensidad desoladora de Desde la casa de los muertos de Janáček y un entusiasta e irresistible Fierrabras de Schubert, toda una rareza que él defiende con una convicción y energía contagiosas.

Ocho DVD permiten también verlo dirigir tanto ópera como música orquestal. Muchas de las grabaciones, sobre todo en su última etapa, se realizaron en vivo y en las coetáneas de su enfermedad se percibe una nueva tendencia a embellecer quizás en exceso el sonido, a suavizar los ángulos tan marcados de antaño, lo que podría entenderse como un refugio, un bálsamo con el que atenuar o dulcificar el sufrimiento durante los largos años en que hubo de convivir a diario con el dolor y la debilidad física. Aquí se compendia casi una vida entera de entrega a la música: exige largas horas de escucha, sí, pero el sinfín de prodigios que atesora esta caja mágica las recompensan con creces.

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Sobre la firma

Luis Gago
Luis Gago (Madrid, 1961) es crítico de música clásica de EL PAÍS. Con formación jurídica y musical, se decantó profesionalmente por la segunda. Además de tocarla, escribe, traduce y habla sobre música, intentando entenderla y ayudar a entenderla. Sus cuatro bes son Bach, Beethoven, Brahms y Britten, pero le gusta recorrer y agotar todo el alfabeto.
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