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Museo del Arte Prohibido: un paseo ingenuo y aburrido por la historia de las obras censuradas

El nuevo centro, fundado en Barcelona por el empresario Tatxo Benet, expone medio centenar de piezas condenadas, pero lo hace sin un mínimo sentido del contexto o del debate que las llevó a ser borradas

'McJesus' (2015), de Jani Leinonen, en el Museu de l'Art Prohibit de Barcelona.
'McJesus' (2015), de Jani Leinonen, en el Museu de l'Art Prohibit de Barcelona.Joel Codina

En 2011, la artista estado­unidense Andrea Fraser se preguntaba en L’1%, c’est moi quiénes son hoy los coleccionistas y de qué forma artistas e instituciones pueden escapar de quienes ostentan el poder absoluto del dinero en un mundo donde, al igual que en el resto de la sociedad, la riqueza se concentra en un 1% de la población, con un puñado de galerías monopolizando el mercado y el museo convertido en un medio de masas a pequeña escala. Agotadas las expectativas de las exposiciones inmersivas y esfumada la nube del criptoarte, las colecciones privadas son las nuevas majorettes del entorno cultural. Encapsuladas en costosísimos palacios, iluminan el momento actual del capital a la vez que oscurecen todo conocimiento auténtico del propietario de quien provienen. En palabras de Fraser, l’État, c’est eux (el Estado son ellos).

Hay muchas formas de coleccionar, pero todas coinciden en que son una forma de recordar. La tenue malla que separa al coleccionista del trapero pasa, como querría Walter Benjamin, por encerrar sus obras en el círculo mágico del pensamiento, donde la historia, con sus conflictos, lo vivido y lo sabido, son el pedestal, el marco y precinto de la posesión. Ese ejercicio de memoria, ese delirio acumulativo de objetos, pero sobre todo de gestos, blindará al buen coleccionista si desea ensayar lecturas diferentes, animar un nuevo orden (o incluso un desorden productivo).

Agotadas las expectativas de las exposiciones inmersivas y esfumada la nube del criptoarte, las colecciones privadas son las nuevas ‘majorettes’ del mundo cultural

Con el precedente del inexplicable éxito del Moco (ridículo acrónimo del Modern Contemporary Museum, ubicado justo al lado del Museo Picasso de Barcelona), el empresario, periodista y coleccionista Tatxo Benet sucumbe a la moda de reconciliar el absolutismo del dinero con el espectro del radicalismo, y lo hace bautizando su museo con el término de más carga fetichista en el arte: lo prohibido. ¿Será por ello más popular? Podría. Pero es obligado analizar si todo ese esfuerzo por coleccionar obras que fueron vetadas tiene un uso cultural o por el contrario es un simple simulacro, dando crédito a un supuesto del mercado que afirma que la trascendencia de un objeto artístico está en su promoción.

Su Museu de l’Art Prohibit, que ocupa el palacio modernista Garriga-Nogués, en el Eixample barcelonés, se autoproclama como “el primero del mundo dedicado a exponer obras que han sido censuradas o han sufrido prohibiciones de índole diversa”. En sus salas, figuras, objetos e imágenes que en su día fueron borradas se convierten en explícitas, sin un mínimo sentido del contexto, del debate que las llevó a ser condenadas, con una visión ingenua del papel tanto del poder que las quiso invisibilizar (el canon) como del público, dos vértices que se suman al de la obra y que sin ellos la “obra censurada” pierde sentido. Mostrar medio centenar de piezas que no tienen ninguna relación entre ellas, salvo el haber sido pasto de los vigilantes de la moral, impide la inteligente simpatía entre ellas y el público, convertido ahora en voyeur. Así, se articula un juego de cajas chinas donde una encierra a otra y la última solo contiene una imagen plana, un cromo, tan aburrido como la pornografía.

'Always Franco' (2012), de Eugenio Merino, en el nuevo museo barcelonés.
'Always Franco' (2012), de Eugenio Merino, en el nuevo museo barcelonés.Joel Codina

¿Podrían estas obras, que han perdido su aura de malditas, ser objeto ahora de ataque dentro del Museu de l’Art Prohibit? Podrían, sí. Y para contribuir al morbo, un vigilante oportunamente colocado a la entrada junto a una máquina de rayos X se cuida de despojar de cualquier armamento a un posible perpetrador. No es relevante que parte de las obras exhibidas sean reproducciones y maquetas (León Ferrari), bocetos (Gustav Klimt), copias (Chuck Close vetó su propio autorretrato en esta muestra), pinturas arrancadas de un mural (Banksy) o carteles (el de Miquel Barceló, donde un torero es una pelota de tenis, o al revés, rechazado por la organización de Roland Garros en 1995).

Otras, en cambio, son vídeos e instalaciones (Abel Azcona, David Cerny) estilizados hasta el fastidio, auténticos modelos de lo correcto. No podían faltar los penes, grandes y micro, vulvas, masturbaciones y crucifixiones. Pintores de domingo (paisajes hechos por los presos de Guantánamo) se mezclan sin complejos con los maestros (grabados de Goya o Picasso) porque, además, el coleccionista propietario considera que para hacer navegar bien la nave hacen falta credenciales. Y así, ha contratado a Carles Guerra, ex responsable de la Fundació Tàpies, como director artístico, al que ha sumado unas cuantas firmas para el catálogo de lanzamiento, como Boris Groys y Joan Fontcuberta, aunque este último no desentona gracias a su predilección por el mundo fake.

¿Podrían estas obras ser atacadas? Para contribuir al morbo, un vigilante dotado de una máquina de rayos X despoja de armas a los posibles perpetradores

El Museu de l’Art Prohibit solamente será superado por su pequeña tienda de regalos (¿de verdad alguien ha encontrado una salida en ellas?) y sus delirantes objetos de consuelo: bananas, vaginas antiestrés, calcetines con dibujos de pechos (“Comienza la revolución en tus pies con estos calcetines y libera esos pezones de los pies”, se puede leer en la caja) o recortables para hacer una máquina de refrescos con la figura de Franco dentro, réplica de aquella instalación de Eugenio Merino por la que los medios de comunicación contribuyeron a armar la marimorena en Arco 2012.

Anuncian desde el departamento de prensa que el Museu de l’Art Prohibit desarrollará “actividades complementarias”. A modo de ejemplo, hace un par de semanas se esperaba que Madonna visitara este espacio y que diera fe de la transcripción de su pensamiento sacrílego al arte. Finalmente, la reina madre del pop no encontró hueco en su agenda para dejar su firma en el libro de visitas. Sí lo hizo, en cambio, la artista francesa Orlan, conocida por realizar performances quirúrgicas en su propio cuerpo y transmitirlas telemáticamente a galerías y museos. Y esta es la noticia: nuestras fantasías más secretas se han convertido en algo pretencioso. Definitivamente, el uno por ciento es de quien se lo trabaja.

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