Las promesas rotas del hormigón

Una exposición en Tenerife analiza los usos políticos del cemento durante el siglo XX y la decadencia de su proyecto de modernidad, con una mezcla de melancolía y sorna

Una imagen de la serie 'Skeleton Coast' (2005), sobre la especulación ligada al turismo en la isla Margarita (Venezuela), obra de Alexander Apóstol.
Una imagen de la serie 'Skeleton Coast' (2005), sobre la especulación ligada al turismo en la isla Margarita (Venezuela), obra de Alexander Apóstol.Alexander Apóstol

La crítica pavloviana al modelo urbanístico de la modernidad fue acompañada, hasta la reciente (y altamente improbable) revalorización del brutalismo, de un rechazo igual de obstinado a su material predilecto, el hormigón armado, percibido como emblema de un feísmo que invertía el sistema estético en vigor desde la Antigüedad clásica. Y, sin embargo, esa desconfianza no impidió su proliferación en todo el mundo, de las autopistas y los aeropuertos a los nuevos barrios racionalistas de viviendas. El hormigón se convirtió en símbolo de todo nuevo régimen político, de la socialdemocracia europea a las dictaduras, del África subsahariana a los Balcanes, con una carga utópica que se plasmó en el paisaje de urbes surgidas de la nada, de Brasilia o Chandigarh a los new towns erigidos en la posguerra británica, remedos de aquel “nuevo Jerusalén”, próspero e igualitario, prometido por los laboristas allá por 1944.

El arte de las últimas décadas ha observado ese material y su simbolismo con una mezcla de melancolía y sorna, como demuestra la selección de obras presentada por la exposición Concretos en el Tenerife Espacio de las Artes (TEA). La muestra observa la promesa de modernidad que vehiculó el cemento como un proyecto ingenuo y fallido, pero también fascinante y casi entrañable, y como la alegoría perfecta de la obsolescencia programada que el capitalismo necesita para seguir expandiéndose. A ratos, la exposición parece retomar, en versión más comedida y estimulante, algunas de las ideas de Anselm Jappe en su ensayo Hormigón (Pepitas de Calabaza), diatriba contra un material con una vida útil mucho más limitada de lo que nos prometieron, como demuestran los hundimientos accidentales de estructuras sólidas convertidas en castillos de naipes.

La obra 'Excedente monumental' (2020), de Talles Lopes.
La obra 'Excedente monumental' (2020), de Talles Lopes.

Las obras presentadas por la exposición, comisariada por Gilberto González y Pablo León de la Barra, subrayan el estatus de ruina o reliquia que ha adquirido el material. Brasil ocupa un lugar primordial en el recorrido, tal vez por el recelo que sus artistas siguen demostrando por la dimensión ideológica del hormigón en el país del ordem e progresso. El joven Talles Lopes, de 25 años, reproduce los elementos arquitectónicos de Oscar Niemeyer a escala real, solo que en poliestireno recubierto de mortero. Este trampantojo desmonta varios mitos, como la firmeza material e ideológica de esa arquitectura, pero también su funcionalismo recalcitrante: en realidad, sus columnas para el Palacio de la Alvorada eran decorativas.

También Marcelo Cidade se toma a guasa el tono épico de la obra de Niemeyer en Banco Brasilia (2015), que parodia las estructuras monumentales de la plaza de los Tres Poderes, convertidas en un par de platos y otro par de botellas de cerveza. Pero el ataque más feroz se halla en el trabajo de Clara Ianni, que reutiliza una entrevista televisiva a Niemeyer en la que se le interroga sobre la muerte de un centenar de trabajadores a manos de la policía durante una huelga acontecida en plena construcción de la nueva capital. El arquitecto asegura desconocer la masacre e insta a apagar la cámara con palabras poco exquisitas (“desconecte esa mierda”). El resultado es una lúcida desmitificación del carácter heroico de todo arquitecto moderno, pero también de unas formas que, pese a anunciar la democracia liberal con rimbombancia, a veces escondían la misma brutalidad de siempre.

Los artistas observan este material como alegoría de la obsolescencia programada tan propia del capitalismo

El recorrido dialoga con el edificio de hormigón del museo, obra de Herzog & de Meuron, y también con la reciente reordenación de la colección permanente del mismo, que hace sutiles referencias al arraigo del cemento en Canarias, a raíz del extractivismo de áridos y del desarrollo del turismo de masas en el tardofranquismo. A ellos alude el dúo Pérez y Requena en Arrife (2022), obra producida para la muestra que se inspira en los tipis de cemento colocados como reclamo a la entrada de una urbanización tinerfeña que nunca se llegó a edificar. En la reflexión sobre las prosaicas fuerzas económicas que subyacen bajo esa arquitectura del deseo también incide el venezolano Alexander Apóstol —que estos días protagoniza una excelente retrospectiva en el CA2M de Móstoles— en Skeleton Coast (2005), que recorre el desarrollo turístico en la isla Margarita a finales de los ochenta, en una serie de edificios inconclusos que sirvieron para el blanqueo de capital.

'Arrife' (2022), del dúo tinerfeño Pérez y Requena, que se inspira en los tipis decorativos en la entrada de una urbanización no construida.
'Arrife' (2022), del dúo tinerfeño Pérez y Requena, que se inspira en los tipis decorativos en la entrada de una urbanización no construida.Teresa Aozena

La fosilización de la arquitectura moderna es otro hilo conductor de esta apasionante muestra. El vídeo The Lake Arches (2007), de Cyprien Gaillard, está ambientado en Montigny, suburbio parisiense que Ricardo Bofill quiso convertir en 1981 en “un Versalles para el pueblo”, como lo definió un crítico de la época. Aun así, el lago que preside su intervención es, una vez más, más decorativo que funcional y democrático, como constata un bañista que se lanza de cabeza al agua y termina con la nariz rota. Otra obra de Gaillard, Desniansky Raion (2007), observa el deterioro de distintos barrios brutalistas, que hoy cobran el aspecto de fósiles modernos, como variantes de esa ruin lust que sigue suscitando el fascinante espectáculo de la decrepitud arquitectónica, de los templos griegos a la demolición de torres carcomidas por el amianto.

En un registro parecido, Jane y Louise Wilson reflejan en Monument (2003) el deterioro urbanístico de Peterlee, ciudad utópica erigida en un antiguo pueblo minero. Su arquitectura retrofuturista fue objeto del escarnio ciudadano y el abandono institucional, como demuestra un vídeo que vincula su condición de ruina a la quiebra del Estado del bienestar. Con todo, los niños siguen jugando allí, como si insinuaran que la vida no se ha extinguido del todo. La idea enlaza con un brillante vídeo de Adrien Missika rodado en Trípoli (Líbano), donde la construcción de un pabellón de Niemeyer quedó interrumpida por la guerra. Un joven inspecciona el edificio y decide hacer música con sus paredes, convirtiendo la cúpula de ese espacio abandonado en caja de resonancia, antes de trepar por la sombra de una palmera proyectada sobre el hormigón, en otra imagen atinada sobre el carácter ilusorio de la modernidad. En realidad, ese lugar nunca llegó a ser inaugurado.

‘Concretos’. Tenerife Espacio de las Artes. Hasta el 8 de enero de 2023.

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Sobre la firma

Álex Vicente

Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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