Jonny Greenwood: de Radiohead a ‘El poder del perro’

El guitarrista de la banda británica triunfa con sus bandas sonoras para filmes como el ‘western’ de Jane Campion o ‘Spencer’, de Pablo Larraín. En febrero se estrena ‘Licorice Pizza’, que incluye un tema suyo

Jonny Greenwood, en septiembre pasado, durante un festival en Dorset (Reino Unido).
Jonny Greenwood, en septiembre pasado, durante un festival en Dorset (Reino Unido).Alamy Stock Photo

Ya le toman en serio en Hollywood. Compruebo que los pronosticadores de probables candidatos para los próximos Oscar mencionan a Jonny Greenwood por su trabajo en los scores de El poder del perro y Spencer (también aporta el tema principal para Licorice Pizza, pero esta no cuenta en la competición ya que la banda sonora se sostiene con música de época). Seguramente, todavía no le ha tocado el turno, pero está bien que se considere persona premiable a alguien que, en términos de la industria, ejerce como ­guerrillero.

Jonathan Greenwood (Oxford, 1971) es el perro verde en un grupo abundante en bichos raros, dicho sea sin ánimo despectivo. Un multiinstrumentista cuya formación musical comenzó hacia los cinco años, alguien que había tocado en conjuntos barrocos y orquestas sinfónicas de aficionados antes de descubrir los placeres de la amplificación y el rock. Una educación ecléctica que le ha permitido ampliar poco a poco el vocabulario sonoro de Radiohead: estamos ante un músico que seguramente sabe más sobre Olivier Messiaen que sobre Hubert Sumlin. Con la suficiente seguridad en sí mismo para presentarse en un estudio de grabación repleto de músicos de conservatorio con un instrumento tan retrofuturista como las ondas Martenot… y lograr que interactúen con él.

La naturaleza espasmódica de Radiohead, que además evita la rutina de nuevo-disco-y-girar-hasta-el-agotamiento, ha favorecido las actividades individuales de Greenwood. No lo sabía, pero estaban esperando su llegada: en los círculos de la música contemporánea se corrió la voz de que contaban con un cómplice en el grupo más valorado del momento y, ya en el presente siglo, le llovieron encargos, partituras que fueron interpretadas por la London Sinfonietta, la BBC Concert Orchestra o la Australian Chamber Orchestra. En el mundo de la música clásica, siempre ansioso por atraer público joven, le abrieron todas las puertas. Literalmente: admirador de ­Krzysztof ­Pendere­cki, el venerable compositor polaco le recibió en su casa y bendijo una obra de Greenwood basada en su ­Polymorphia.

Simultáneamente, le llamaron directores de cine. Su carácter de figura estelar le evitó las indignidades propias del neófito, a cuya buena disposición se recurre cuando alguien necesita un score pero ya, para ayer (no son extraños los plazos de dos o tres semanas). Para Greenwood, el atractivo de ese oficio resulta evidente: la exploración musical fuera del formato canción, lejos de todas las expectativas que rodean, que incluso asfixian, a Radiohead. Señal de su dedicación: suele ser pródigo, proporcionando mucha más música de la estrictamente requerida.

Así que le han caído caramelitos como musicar la adaptación de Norwegian Wood (aquí rebautizada por Tusquets como Tokio Blues), la novela de Haruki Murakami. Donde sus esfuerzos se combinaban con piezas históricas del grupo germano Can. También se apuntó a películas de argumento, vaya, inquietante como Tenemos que hablar de Kevin o En realidad, nunca estuviste aquí.

Greenwood ha formado tándem con el californiano Paul Thomas Anderson desde 2007, con There Will Be Blood (en España, Pozos de ambición). Una colaboración reducida a la mínima expresión en Licorice Pizza, de próximo estreno en nuestras pantallas, que enhebra alucinantes anécdotas del actor-productor Gary Goetzman, situadas en Hollywood y el valle de San Fernando a principios de los setenta e ilustradas con éxitos pop.

Por cierto, la fascinación entre músico y cineasta es mutua. Anderson rodó el making of de Junun, el disco orientalista que juntó en 2015 a Greenwood con el compositor israelí Shye Ben Tzur y la agrupación Rajasthan Express. Se grabó en la fortaleza medieval de Mehrangarh, en el Rajastán, en la frontera entre India y Pakistán, a pesar de las zancadillas de las aduanas indias, que prohibieron la entrada del material cinematográfico que Anderson se traía desde Los Ángeles. Se suplió con cámaras no profesionales y equipo alquilado.

No ha habido tantas dificultades en la contribución de Greenwood a The Power of the Dog, el particular wéstern crepuscular de Jane Campion, aparte de los problemas logísticos derivados de las limitaciones en reuniones impuestas por la covid. Si ya han tenido oportunidad de verla, ya saben que hasta la música nos aleja de los tópicos del cine de vaqueros, dejando aparte alguna enloquecida ráfaga de piano de cantina. La acción transcurre en 1925 y ya circulan los automóviles que transformaran aquellas tierras; de hecho, todo el estilo de vida estadounidense. Y a poco que sepamos de la realizadora, intuimos que está rodada en su Nueva Zelanda natal y no en Montana, donde se desarrollaba la novela original.

Así que la música sugiere un Oeste nunca soñado por John Ford, definido por cuerdas astringentes y trompas desoladas. Se palpa la libertad con que funciona Greenwood, que no elabora maquetas previas, y que estaba sincronizado con la visión de Campion: a diferencia del wéstern tradicional, según avanza el filme descubrimos que no hay héroes puros ni villanos irredimibles, solo víctimas de una cultura machista que reprime los sentimientos.

De represión emocional también trata la otra gran película reciente que lleva música de Jonny Greenwood. Hablamos de Spencer, del director chileno Pablo Larraín. La protagonista es Diana Spencer, ya convertida en Diana de Gales pero al borde del precipicio psíquico, durante unas vacaciones de Navidad de la familia real en el frío Norfolk. Un grato correctivo ante la abundancia de propuestas audiovisuales que glorifican a la corona británica.

La tentación para Greenwood era obedecer a la obviedad: yuxtaponer la solemnidad palaciega de un Haendel con la evocación del entorno sonoro de la propia Diana, que adoraba el pop de los ochenta, de Duran Duran a Wham! Lo que finalmente ha hecho Greenwood es internarse en la mente de la princesa, que recibe unos sonidos de la corte —el cuarteto de cuerda que toca en una cena, el órgano de iglesia— que se van metamorfoseando en un jazz a veces milesdavisiano.

Las de Greenwood son bandas sonoras que sabotean las convenciones estilísticas y destapan el modus operandi de su autor: un aprendiz ansioso por cooperar con otros músicos, pero sin renunciar a su alma de artesano, que disfruta buscando soluciones en solitario.

‘Licorice Pizza’. Varios. Republic Records.

‘The Power of the Dog’. Jonny Greenwood. Lakeshore Records.

‘Spencer’. Jonny Greenwood. Mercury KX.

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