Elizabeth Siddal, mucho más que una musa

La portuguesa Hélia Correia trasciende el género biográfico en un libro sobre la poeta y pintora que inspiró a los grandes artistas de la vanguardia victoriana, como Rossetti o Millais

Detalle de un retrato de Elizabeth Siddal por Dante Gabriel Rossetti (1854).
Detalle de un retrato de Elizabeth Siddal por Dante Gabriel Rossetti (1854).

La vida de la poeta, pintora y musa prerrafaelita Elizabeth Siddal fue arrebatadora, de un sufrimiento majestuoso, no porque lo dijera la historia —que más bien le escatimó los dos primeros calificativos—, sino por la facultad de una determinada escritura para elaborar un mito particular que provoque nuestro interés. Pertenece a Hélia Correia (Lisboa, 1949), de quien apenas conocíamos su existencia en España. La editorial La Umbría y la Solana acaba de poner en las librerías a este unicornio en campo abierto, y vivan las diosas que, si todavía el espíritu de Harold Bloom pudiera añadir una línea a su canon occidental, astuta y anacrónicamente colaría el nombre de Hélia Correia entre los de Algernon Swinburne, Alfred Lord Tennyson o Henry James, como queriendo decir que su literatura es victoriana a más no poder.

Tiene su único título en castellano, Dolencia, la fuerza de los de Jane Austen, su escritura la sensibilidad de James, el ritmo y esteticismo apocalíptico de Virginia Woolf; y por encima de todos, el genuino romanticismo de Emily Brontë. Hasta aquí nuestro entusiasmo y la prueba, casi algebraica, de que la literatura tiene unas leyes de excelencia no escritas, por las que algunos escritores hiperpromocionados deberían guardar la pluma o el ordenador, resignados por no poder alcanzar el nivel que erróneamente ansiaban.

En esta biografía novelada, Elizabeth Siddal se halla extrañamente representada entre todas las personas que tuvieron que ver en su descubrimiento como modelo de la fraternidad prerrafaelita, su “dolencia” (morbo sería un término más justo) y su muerte. En aquel movimiento conocido como “vanguardia victoriana” estaban William Rossetti, árbitro de la leyenda de esta hermandad cristiana; la poeta Christina Rossetti, y los pintores Dante Gabriel Rossetti, William Holman Hunt, John Everett Millais. Y, claro, la mujer siempre al borde de la tragedia, Elizabeth Siddall (Gabriel Rossetti le sugirió que abandonara la segunda “l” del apellido), con su pelo “que tenía el color de esos fugaces momentos del otoño en los que el follaje, presintiendo la muerte, con toda su desesperación se agarra a la luz”. Siddal fue devorada por el mito prerrafaelita que casi no la distingue del personaje de Hamlet. Del febril retrato pintado por Millais (Ophelia, Tate Britain) de una mujer ahogada en un río, el escritor Théophile Gautier dijo que parecía “una muñeca en una bañera”.

Siddal fue devorada por el mito prerrafaelita que casi no la distingue del personaje de Ofelia, del febril retrato pintado por Millais de una mujer ahogada en un río

Aunque nada en esta historia es manido, Correia no falla a la hora de narrar el conocido episodio de la tortuosa experiencia de la musa mientras posaba, soportando horas tumbada en una bañera, de manera que la temperatura del agua descendió preocupantemente —mientras Millais, absorto, conjuraba con sus pinceles a Shakespeare— provocándole una hipotermia que casi acaba con su vida. Siddal vivió unos cuantos años más, hasta los 32, cuando por fin alcanzó el éxtasis “por un exceso de amapolas”. Si Botticelli quiso que cuando le llegara la hora le enterraran a los pies de su musa Simonetta Vespucci, su admirador Dante Gabriel Rosetti, menos devoto, pidió que sepultaran a su esposa junto a su padre, Gabriele, en el cementerio de Highgate, y mandó poner dentro del féretro un librito de versos que acababa de escribir para ella. Siete años después cambió de opinión e hizo que exhumaran el cuerpo para poder recuperar su obra y publicarla. Lo que encontró en la caja era la misma belleza indultada por los gusanos.

La peregrina razón por la que la hija de un ferretero que trabaja en una tienda de sombreros de Cranbourn Street acabó siendo la musa por excelencia y una poeta más que aceptable fue su “famoso cuello, que se dibujaba como una estructura más de decoración que de soporte. Su sistema de reproducción se adaptaba a aquella sangre débil, obligada a subir hasta el rostro, impulsada por la timidez y por la contención de los sentimientos”. Pero Siddal tenía dotes artísticas, sin las ventajas de otras artistas femeninas del momento, como Henrietta Ward, Elizabeth Thompson o Barbara Bodichon. El señor del gusto en Inglaterra, John Ruskin, no solo exaltó su imagen (“se parecía a una florentina del siglo XVI más que todas las que había visto antes”), también fue su mecenas, una protección que obstinadamente ella rechazaría. Escribe Correia que la bondad de Ruskin era conmovedora, “como el niño que ahoga a un pájaro y no entiende por qué deja de moverse”.

Además de pintar su imagen obsesivamente, Rossetti la convirtió en alumna y la apoyó en su deseo de crear, incluso demasiado, según argumenta la experta en el grupo Jan Marsh, cuyas fuentes visita Correia. Cuando Siddal ya había fallecido, la pintó como la amada muerta de Dante en Beata Beatrix, con su porte místico congelado en el momento de la transfiguración, “un pájaro muerto sin memoria”.

Además de excelente, la escritura de Correia es eficaz, especialmente en los juegos de ruptura temporales y en los pasajes donde describe el avance de la “morbidez autoinducida” de la musa que “la protegió del ciego pozo masculino y femenino que la rodeaba”, un proceso que, como el Orlando de Woolf, reemplazaba la realidad erótica por un fantasma. Solo hubo una persona que la aceptó en su propia naturaleza, y fue Lewis Carroll. Dolencia, concluye Correia, es “la historia de una barbarie y de sus ejecutores, como si la ciudad hubiese publicado un anuncio para despedazar a una mujer que aceptaba el trabajo de modelo”. Y si “ella era el cuadro, ¿cómo intervenir?”.

portada 'Dolencia', HÉLIA CORREIA. EDITORIAL LA UMBRIA Y LA SOLANA

Dolencia 

Hélia Correia. Traducción de Santiago Pérez Isasi
La Umbría y la Solana, 2021
388 páginas. 18,50 euros.

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