Nuestro rostro mañana: tres miradas al retrato fotográfico

Tres muestras indagan en los saberes escondidos del retrato fotográfico, donde lo individual y lo colectivo se entremezclan, igual que sucede con el presente y el futuro

'Cabezas', 1991, de Roman Buxbaum, parte de la exposición 'Veinte rostros y tres multitudes' en la Fundación Suñol de Barcelona.
'Cabezas', 1991, de Roman Buxbaum, parte de la exposición 'Veinte rostros y tres multitudes' en la Fundación Suñol de Barcelona.ROMAN BUXBAUM

Se trata de una perspectiva que insinúa una realidad poética y política común y que la implacable historia no puede obviar tan fácilmente. Detrás de un retrato hay un futuro y ese porvenir se lo inventa el azar. Morimos y seguimos adelante obstinadamente, huérfanos de un momento que no cuajó. La metamorfosis del retrato en el arte, y más en lo fotográfico, es para algunos autores una historia aplazada. El punctum o pellizco del que hablaba Barthes es ese magnífico ensueño que comienza desde el primer tratamiento del revelado, directamente sobre el papel de impresión.

La fotógrafa estadounidense Judith Joy Ross coge su pesada cámara del tamaño de una caja de naranjas y acude a la escuela donde estudió de niña, en Hazleton. La coloca sobre un trípode y observa a las personas. Escoge una pareja: una chica negra que frunce el ceño y otra blanca y más joven, con una sonrisa fija. Están muy cerca la una de la otra; cada una guarda sus manos entrelazadas pero de forma diferente. Ross toma la foto en 1996 y la incluye en una serie que titula 2046, celebrando así su propio cincuentenario. ¿Cómo deberíamos observar este retrato? ¿Cómo lo interpreta la fotógrafa y qué nos dice sobre dos jóvenes cuya conciencia del mundo se está formando? Sus protagonistas no son solo niños o adolescentes. En otra serie fotográfica de personas mayores (Eurana Park) se percibe la sensación de la inevitabilidad del cambio, de que la historia de sus vidas está aún por descubrir.

'Sin título', de Michael Schmidt.
'Sin título', de Michael Schmidt.MICHAEL SCHMIDT (©FOUNDATION FOR PHOTOGRAPHY AND MEDIA ART WITH THE MICHAEL SCHMIDT ARCHIVE. MNCARS)

Ross, mujer blanca de clase media, retrata a ciudadanos corrientes, gentes trabajadoras, marginados, excombatientes, congresistas. Optimista por naturaleza, no busca en sus rostros las “huellas del tiempo” de las que habló August Sander. Prefiere los fragmentos que añade el presente, porque para ella el retrato siempre es una epifanía colectiva. Cuando fotografió las manifestaciones contra la guerra, las editó en un libro que lleva personalmente a los congresistas en Washington. Toda la energía social del cambio podía estar ahí. “Si pudiéramos ver realmente quiénes somos, el mundo cambiaría”, dice Ross como si quisiera reinterpretar a Barthes en su “todo lo que necesitas saber de ellos está ahí”.

Las mismas energías se solazan en las imágenes de Michael Schmidt. El fotógrafo alemán es, como Ross, un crítico de la experiencia presente y quiere demostrar que el único método de trabajo es el yo, la propia experiencia crecida en los lugares de la infancia. Sus fotografías son perfiles psicológicos de una ciudad dividida que se van transformando, en el contacto con sus gentes y en los intersticios de sus rutinas laborales. Usa también cámaras de gran formato manejadas desde un trípode. Para Schmidt no hay deseo de distinción en la imagen de un individuo, por mucho que se resalten los rasgos de cada cuerpo desnudo o las vestimentas. La fotografía es un tableau, un agente de cambio universal que permite definir a un ser a partir de unas normas e ideales transmitidos socialmente. De nuevo, Sander es el patrón de medida de todas las representaciones sociales sin que ello impida atisbar un futuro: el espejo de la naturaleza humana muy activo.

En sí mismo, el rostro es una ley básica de la existencia humana, pues declina enfrentarse con la aniquilación, con la muerte. Contra esta aprensión, la obstinación de ser. Una actitud abordada en Veinte rostros y tres multitudes, donde la imagen del mecenas Pep Suñol se reconstruye a partir de un escenario nutricio como es la cocina. Así la compone Muntadas en su Retrat de Suñol (1976-2009), pieza beckettiana donde vemos a un mayordomo y dos cocineras circulando en un interior doméstico y hablando de cómo satisfacer al coleccionista, que espera en su habitación el almuerzo. También el artista Zush es retratado por Ouka ­Leele sumergido en una bañera, allá por 1982, con mirada desafiante mientras al lado flota un billete de tucanes, la moneda de curso del planeta ficticio de Evrugo. Y Fred Forest, representante del “arte sociológico” en Francia, se autorretrata en m2 artistique (1976), un metro cuadrado en venta de un “territorio artístico” de su propiedad. Lo compuso mucho antes de que esos activos no fungibles (NFT) del mundo digital empezaran a amenazar grotescamente con envejecer prematuramente nuestro rostro mañana.

‘Judith Joy Ross’. Fundación Mapfre. Sala Recoletos. Madrid. Hasta el 9 de enero de 2022.

‘Fotografías 1965-2014′. Michael Schmidt. Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 28 de febrero de 2022.

‘Veinte rostros y tres multitudes’. Fondos de la Fundación Suñol. Barcelona. Hasta el 8 de abril de 2022.

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