Wikileaks, una filtración con tintes de película de espías
Una entrevista en una localización secreta con el fugitivo Julian Assange. Un DVD lleno de escándalos diplomáticos y el equipo de periodistas que se encerraron en un sótano para contarlo


Un exhacker con el pelo teñido de rubio que se sentía perseguido por servicios secretos. Un montón de documentos confidenciales que ponían al desnudo los tejemanejes de la diplomacia estadounidense. Y un periodista viajando a Londres sin saber dónde se encontraría por fin con aquel tipo misterioso y escurridizo con el que se había empezado a intercambiar e-mails dos meses antes. La cita con Julian Assange tenía ingredientes dignos de una película de espías. Y ahí estuvo el origen de la participación de EL PAÍS en el Cablegate, el acceso a más de 250.000 informes diplomáticos confidenciales de EE UU por parte de una coalición de medios: The New York Times, The Guardian, Der Spiegel, Le Monde y este periódico.
Fue, en ese momento, la mayor filtración de la historia del periodismo.
Corría el año 2010 y estábamos publicando una serie de entrevistas sobre el futuro del periodismo, con figuras como Bill Keller, director de The New York Times, y Arianna Huffington, de The Huffington Post. Fue entonces cuando el subdirector de la edición dominical, Jan Martínez Ahrens, actual director del periódico, me llamó a su despacho. Sobre la mesa tenía un suplemento de The Guardian en el que se hablaba de Julian Assange. Propuso que lo incluyésemos en la lista de los entrevistados para la serie. Dicho y hecho. El 19 de julio envié el primer e-mail a WikiLeaks. Tres días más tarde, el propio Assange respondía con un escueto: “Sorry, no time for a few weeks ” [Lo siento, sin tiempo durante unas semanas]. Emoticono incluido. Quedamos en retomar contacto a la vuelta del verano.
A finales de septiembre, Joseph Farrell, uno de los colaboradores de Assange, escribe por fin para poner en marcha la entrevista. Para entonces, la vida del activista australiano ha cambiado radicalmente: ya se ha producido una de sus grandes filtraciones, los papeles de Afganistán; ha huido de Suecia, donde una jueza le reclama para interrogarle por unas denuncias de acoso sexual y violación (origen del vía crucis judicial del australiano), y las autoridades de EE UU ya le están investigando.
Fecha para la entrevista: lunes 4 de octubre. ¿Lugar?: Farrell no lo puede decir. Informará en el último momento por SMS.
El domingo 3 por la noche llega el mensaje: a las 12.00, en la puerta de un restaurante ubicado en la zona oeste de Londres. Una vez allí, habrá que llamarle.
Sopla el viento y arrecia el frío en aquella mañana cuando aparece un joven delgado y elegante, con tupé, Farrell, y nos pide (a la fotógrafa Carmen Valiño y a mí) que le sigamos. Caminamos unos metros, doblamos por un callejón de caballerizas y entramos en una productora de vídeo. Assange concede una entrevista larga, con ese ritmo lento con el que habla, midiendo cada palabra.
Bajamos a la calle y llega el momento clave: le pregunto si tiene papeles secretos referentes a España y le sugiero que comparta sus filtraciones con EL PAÍS, puerta de acceso idónea al mundo de habla hispana. Assange levanta la mirada hacia el horizonte. Tarda un poco en contestar. Y dice: “Leave your contact details” [Deja tus datos de contacto].
A partir de ahí, empieza una nueva espera hasta que el viernes 5 de noviembre, por fin, entra el ansiado correo: Farrell pide el teléfono del director del periódico, Javier Moreno. Assange necesita hablar con él directamente.
El asunto queda a partir de ese momento en manos de la dirección del diario. El director adjunto Vicente Jiménez y Jan Martínez Ahrens viajan a Ginebra para amarrar la filtración en una cita con Assange que también tiene su aroma de película de espías. Y la información llega, de facto, al periódico, en un DVD envuelto en un papel blanco, tras una reunión de coordinación con los medios de la coalición en Londres.
Unos días más tarde, el 15 de noviembre, Javier Moreno reúne en Madrid a 30 redactores, entre ellos varios corresponsales que habían sido convocados de urgencia. Hay dos semanas para trabajar con los cables. Los allí convocados, dice, no podemos decir nada a nadie de esta operación secreta. Ni siquiera a nuestras parejas.
Durante dos semanas estuvimos hacinados en una sala del sótano del periódico, rápidamente bautizada como el zulo, sentados en unas sillas muy aptas para cursillos de formación de dos horas pero pequeños potros de tortura para jornadas maratonianas de 14 horas como las que vivimos, rodeados de montañas de papeles.
El 28 de noviembre, a las 19.30, los papeles del Departamento de Estado (o Cablegate) veían por fin la luz, en cinco medios internacionales, de forma sincronizada. Para EL PAÍS fue la primera vez que se publicó toda la información antes en la web que en papel. Entre las primeras revelaciones, historias de diplomáticos de EE UU que recibían órdenes de espiar al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon. La diplomacia estadounidense queda al desnudo. Y los cables desatan una tormenta informativa mundial.



























































