¿Qué fue de los ‘hipsters’?
Formaban una tribu urbana de síntesis que solo aspiraba a un mundo más auténtico, en el que los tomates supieran a tomate. Por eso fue la última
El corte de barbero. Pelo engominado, sienes despejadas. La llegada de las auténticas barberías falsas no se entiende sin ellos. Es lo poco que ha sobrevivido, vía exageración. Por algo el corte de futbolista se llama degradado.
Que el vello facial masculino fuera seña de identidad refleja algo que no hay que pasar por alto: las tribus urbanas han sido casi siempre adolescentes. Los hipsters desde el inicio ya eran demasiado viejos para este juego.
El chaleco, o los tirantes, daban el toque urbano. Un reconocimiento tácito de que, aunque vistas como para trabajar en una serrería de Montana, el monte no es tu lugar natural.
Camisa lisa o de cuadros, algodón o felpa. Remitiendo a trabajos manuales, sinceros. Mejor de segunda mano, pero las franquicias tipo Zara se aseguraron de que no faltara suministro.
No solo de zumos orgánicos vive el hombre. El hipsterismo fue la patria de las Home Breweries. Su lema: ni una calle sin su IPA. La elección: industrial o artesanal fue el con o sin cebolla de una generación.
El llavero con cadena recuerda la más injusta de las acusaciones en su contra: gentrificar barrios pobres. Solo querían pisos asequibles, aunque con esas pintas eran el sueño de los carteristas.
‘Tote bag’: Abogado, maletín. Cani, riñonera. Hipster, tote bag. De tela, ligera, no contaminante, reciclable… fueron las nuevas camisetas: nombres de grupos, de clásicos de Penguin, citas irónicas. Hoy se venden por 26 céntimos.
A ver, la idea de los pantalones pitillo no era mala, eran hasta sexi. Pero se fueron estrechando hasta ese ridículo momento del pantalón malla tobillero. Lo alucinante es que en algunos lugares, principalmente cabezas de partido, se han convertido en mainstream y no se van.
Los hipsters, según Wikipedia “una subcultura de jóvenes bohemios de clase media-alta”, eran personitas con buenas intenciones. Les gustaba la música considerada rara por las FM, que ellos llamaban indie, y eran seguidores de aquella máxima tan popular en los primeros dos mil: “Piensa globalmente, actúa localmente”. Así que se movían en bicicleta, tomaban zumo de naranja ecológica, vestían con algodón de comercio justo, eran cultos, feministas, vivían en barrios deteriorados que aspiraban a mejorar… Vale, también eran un poco esnobs, defendían que les gustaba la música “de calidad” y la “buena” literatura, y por ese hueco nos colaron a Father John Misty o Murakami, pero como infracción no llega ni a multa. En realidad, este Perú se jodió cuando hipster pasó de estatus a estética. Cuando dejó de ser una aspiración para la que casi había que estudiar y pasó a ser una apariencia. Uniformados, se convirtieron en una parodia a la que alrededor de 2015, la nueva generación, la del trap y el urban, no tuvo ni que esforzarse en desplazarlos. Autoconscientes como pocos, se disolvieron sin despedirse. De repente, ya no estaban. Y lo que es peor: nadie les echa de menos.