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Crónica de la agonía sangrienta de ETA

La organización terrorista emprendió en sus últimos años la “socialización del sufrimiento”, una espiral de violencia feroz para doblegar al Estado

Tres encapuchados de ETA anunciaron el “cese definitivo” del terrorismo en 2011. La banda no se disolvió hasta 2018.Gara (AP / LaPresse)

Hay que tener mucho cuidado con los títulos. Aquel periodo que transcurrió entre la muerte de Franco y mediados de los noventa, cuando la banda terrorista ETA llegó a matar a más de 90 personas en un año —en su mayoría policías, guardias civiles y militares—, se conoce como “los años de plomo”. Y, por tanto, podríamos inferir que el periodo que vino a continuación, desde 1995 hasta el fin de ETA en octubre de 2011, fue un tiempo más tranquilo, menos sangriento. Pues bien, les voy a contar sin rodeos algunas cosas —solo algunas— de las que viví y escribí como reportero de EL PAÍS. Y luego, si les parece, ustedes juzgan.

En 1995, ETA puso en marcha lo que llamó la “socialización del sufrimiento”. Se trataba de responder con más terror a las operaciones policiales y judiciales que la estaban debilitando. Ya que asesinar a policías y guardias civiles no le resultó suficiente para doblegar al Estado, situó en la diana a concejales del PP y del PSOE, a jueces, a fiscales, a periodistas. El asesinato a cámara lenta —lo secuestraron para después matarlo— del concejal Miguel Ángel Blanco no fue el primero, pero sí el más sonado golpe de la nueva estrategia. Fue la respuesta de ETA a la liberación por la Guardia Civil del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, secuestrado durante 532 días en un zulo de 3 × 2,5 metros. A continuación llegó la cacería sistemática de concejales y cargos públicos socialistas y populares. ¿Por qué a ellos? En primer lugar, porque era más fácil. Un tiro por la espalda o una bomba lapa. En segundo, porque era un aviso, la advertencia típica de cualquier organización mafiosa. Así mataron a José Luis Caso, antiguo trabajador de Astilleros; a Manuel Indiano, dueño de una tienda de golosinas; a Froilán Elespe, sindicalista jubilado; al periodista José Luis López de Lacalle; a Isaías Carrasco, cobrador en el peaje de una autopista. Dejó a su hijo en la puerta de su casa, avisó a su esposa por el telefonillo —“ahí te mando al niño, que me voy al trabajo” — y recibió allí mismo cinco disparos de revólver.

Les advertía al principio de que hay que tener cuidado con los títulos, y añado que también con el yo. Me dispensarán si les cuento, en primera persona y de forma muy resumida, algunos de los momentos vividos que reflejan hasta qué punto, no hace tanto, ETA franqueó todas las fronteras del terror. 12 de diciembre de 1997. Errenteria (Gipuzkoa). Pleno de condena por el asesinato de José Luis Caso. El hombre sentado a mi lado mueve la pierna nervioso. Le pregunto qué le pasa. Dice que José Luis era su amigo, que fue quien lo metió en política, que ahora tendrá que sustituirlo en el puesto de concejal. Le deseo suerte y nos despedimos. Unos meses más tarde fui a su entierro. Lo asesinaron cuando volvía de comprar el pan. 30 de enero de 1998. En la redacción de Madrid, ya noche cerrada, se recibe una alerta de atentado en Sevilla. A esa hora, en el centro… Me temo lo peor y llamo a mi amiga Ester Soriano, secretaria del concejal del PP Alberto Jiménez-Becerril. Me dice que la acaba de despertar Soledad Becerril, la alcaldesa, para que vaya corriendo al Ayuntamiento. Alberto y Ascensión García Ortiz, su esposa, fueron asesinados a pocos metros de su casa, en la que dormían sus hijos, dos niñas y un niño, de nueve, seis y tres años. 10 de noviembre de 2000. Los periodistas Juan Palomo y Aurora Intxausti se disponen a salir de su casa de San Sebastián. Detrás de Juan camina Aurora. Lleva en brazos a Iñigo, el hijo de ambos, de 18 meses. Al abrir la puerta, Juan ve una maceta con “una planta frondosa como un helecho” de la que cuelgan unos cables. Cierra la puerta y llama a la Ertzaintza. Los terroristas habían colocado dentro del tiesto dos kilos de dinamita y un kilo y medio de tornillería, para que actuara como metralla. “El dispositivo falló, pero la bomba habría matado a los tres y destrozado el edificio”, dijeron los artificieros.

Las historias de Alberto y Ascen y de Aurora y Juan se complementan de alguna manera. Mi amiga Ester me cuenta que los hijos del concejal del PP son ahora tres personas estupendas que salieron adelante a pesar del golpe tremendo, del vacío para siempre de sus padres. Aurora, compañera de EL PAÍS y más donostiarra que la barandilla de La Concha, abandonó aquella misma mañana su tierra y se inventó como pudo una nueva vida en Madrid con Juan y su hijo. No tanto para salvar el pellejo —que también—, sino para librar a Iñigo de la espiral del odio. Este artículo está ilustrado con una foto de los tres etarras encapuchados que anunciaron el cese de “la actividad armada” de ETA, pero hay otra imagen que resume mejor la situación. Fue tomada hace año y medio en la Audiencia Nacional. En primer plano, sentados en el banquillo, los cuatro terroristas que atentaron contra la pareja de periodistas y su hijo. Han llegado y se han marchado andando, porque —según la legislación española— ya han cumplido años de cárcel suficientes como para no tener que volver a prisión. Al fondo de la foto se distingue a Iñigo, sereno. Tiene ahora la misma edad que tenían los terroristas cuando quisieron matarlo.

Durante estos años, también contamos estas historias:

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