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Colombia
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Latino-petróleo, técnica o ideología

Una cosa es presumir la presencia de hidrocarburos, y otra muy distinta probar que están allí, en cantidades, calidades y condiciones de costo que hagan económico extraerlos

Un imagen de archivo de un pozo petrolero en Colombia.
Un imagen de archivo de un pozo petrolero en Colombia.

Una empresa petrolera bien manejada consiste en una estructura corporativa montada sobre una universidad. El subsuelo es un área de constante investigación. Las formaciones geológicas de hidrocarburos tomaron millones de años. Los científicos deben investigar dónde se “cocinó” la biomasa, cómo los hidrocarburos migraron a través de arenas y rocas permeables y dónde se acumularon en rocas porosas. Para eso se debe auscultar el subsuelo con tecnologías sísmicas basadas en sonares y construir mapas de oportunidades exploratorias, que aparecen confusos para el lego y reveladores para los expertos.

Ahí solo empieza el problema. Una cosa es presumir la presencia de hidrocarburos, y otra muy distinta probar que están allí, en cantidades, calidades y condiciones de costo que hagan económico extraerlos. Para corroborarlo se perforan pozos exploratorios que, de ser exitosos, permiten “probar” que los hay, definir qué hay, identificar cuánto es gas, petróleo o condensados, y de qué calidad es cada uno. En esas fases la universidad combina no solamente los conocimientos geofísicos, geológicos y de yacimientos, sino también los ingenieriles, tecnológicos y financieros, enmarcados en las condiciones jurídicas de los contratos, y sociales y medioambientales del entorno.

La mezcla de técnica de exploración y levantamiento del petróleo hasta la superficie y el transporte hasta el punto de venta o refinación determina el desarrollo de un campo y sus costos asociados. Esa decisión implica pasar de unos pocos pozos exploratorios y de delimitación, a campañas que pueden ser de decenas, cientos o inclusive miles de pozos, según el caso. Unos de extracción de hidrocarburos; y otros de reinyección de agua y gas, para mantener la presión en el subsuelo. Constantemente se analiza la geometría del campo para definir las coordenadas de superficie donde perforar para producir y para mejorar los recobros.

Las empresas que se dedican a esta actividad están habituadas a trabajar en muchas geografías, tratar con todo tipo de gobiernos, estructuras legales, esquemas de regalías, impuestos y la relación con comunidades locales y el medio ambiente. Son organizaciones sofisticadísimas que manejan presiones inmensas tanto en el subsuelo, como en la superficie. Las primeras definidas millones de años atrás, y las segundas, cambiantes al calor de cada nuevo gobierno local o nacional, con presiones geopolíticas, ideológicas, muchas veces de abierto chantaje, y por último, enfrentadas a una feroz competencia con las demás empresas internacionales.

El éxito de un país y de una compañía nacional de hidrocarburos depende de hacer bien varias cosas. Primero los marcos y la estabilidad jurídica de los contratos, para hacer viables negocios con mayúsculas inversiones y de muy largo plazo. Segundo, empresas manejadas con férrea disciplina de capital, pues cada decisión errada cuesta mucho. Tercero, mantener una alta calidad de la investigación y el entendimiento del subsuelo, que depende de la calidad de la “universidad”, del aprendizaje continuo sobre su realidad geológica, productiva, ingenieril, en los segmentos de la cadena de producción.

Uno de los mayores retos que enfrentan las Compañías Petroleras Nacionales (NOC´s, por su sigla en inglés) en procesos de transformación es migrar de ser entes monopólicos e inclusive regulatorios, y volverse empresas productivas y competidoras en un mercado abierto. Para eso requieren un cambio cultural que implica adoptar conceptos de gerencia utilizados por las Compañías Petroleras Internacionales (IOC´s), y Orientarse a crear y mantener valor en el largo plazo, columna vertebral de una organización competitiva.

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Entremos ahora sí en materia. Los hidrocarburos son la mayor fuente de energía del mundo, y lo serán al menos por los próximos cincuenta años. La razón es su ABC: son la fuente de energía más A-bundante, B-arata y C-onfiable, del planeta. 8 mil millones de almas se deben alimentar cada día, tener techo para el trabajo diurno y el hogar nocturno, transportarse al trabajo o a cualquier lado, calentar sus alimentos tres veces al día, y producirlos en todas las estaciones del año, usando fertilizantes que dependen esencialmente del gas, y acceder a cientos de materiales útiles para su vestido, protección, comunicación y confort. Todo eso demanda ingentes cantidades de energía y hace a la vida actual petróleo-dependiente.

América Latina posee las segundas reservas probadas más grandes del mundo, y en su conjunto debiera decidirse a ser parte de la solución del problema energético mundial. Recientemente, algunos países han estado agobiados por una duda metódica frente a los hidrocarburos. Cada uno alberga su propia cepa de vacilaciones. Algunos fallan por el marco jurídico; otros por no contar con empresas con la disciplina de capital, la excelencia en gerencia, y la distancia de decisiones políticas; y otros porque no han invertido en el talento, la investigación y el aprendizaje continuo en exploración, producción, refinación, almacenamiento, transporte, comercialización, integridad y manejo del entorno.

Empecemos por Venezuela. Por espacio de casi 70 años fue, junto con México, el mayor productor de hidrocarburos de la región. La incompetencia de los gobiernos de Chávez-Maduro para entender la altísima sofisticación requerida en PDVSA, empresa ejemplar al momento de su arribo al poder, los llevó a pasar de producir 2.8 millones de barriles de petróleo equivalente por día (mbped), al actual 0.7. Destruir tres cuartas partes de la capacidad productiva requirió empeño y necedad. Perdido el talento, el activo más importante para el conocimiento, y deteriorado el proceso de toma de decisiones gerenciales, en un contexto gubernamental torpe y adverso, el descalabro era cuestión de tiempo. Ninguna organización es a prueba de idiotas.

México en un momento dado sobrepasó a Venezuela y en 2004 alcanzó un pico 3.2 mbped de producción. En la actualidad ha descendido a 1.8. El escepticismo político echó para atrás la apertura de su industria extractiva, que le habría aportado el capital, el conocimiento y la diversificación de riesgos. Varios gobiernos optaron por usar a PEMEX como una vaca lechera, al punto de ser la empresa petrolera más endeudada del mundo, lo que limita su capacidad de inversión.

Sufre de esclerosis laboral, con un exceso de empleados para su nivel de producción y sobrelleva un fenomenal poder sindical. Se ha dedicado a mega-proyectos de refinación, a los que es difícil sacarles valor, y que serán una carga para los verdaderos generadores de rentabilidad y caja que son la exploración y la producción. Hay tanto petróleo en México, que estas equivocaciones demorarán el declive, pero no lo reversarán. Es esencial un nuevo liderazgo.

Colombia se suma en la actualidad a este primer grupo de escépticos frente al petróleo. Un país que hasta los años setenta del siglo pasado dependió del café, y que en ese entonces adoptó contratos atractivos de asociación, atrajo inversión de clase mundial e hizo mega-descubrimientos. En la primera década de este siglo vendió el 11.5% de su propiedad accionaria en los mercados de valores. Se metió en el mapa petrolero mundial, llegando en 2014 a producir 1.04 mbdpe. Algo verdaderamente notable.

Recientemente, la madurez de sus campos y la duda metódica de si hacer o no fracking hizo perder el dinamismo; con el actual gobierno arriesga perder también el ánimo, por una visión apocalíptica de los hidrocarburos. Ecopetrol ha sido hasta hoy una empresa bien manejada. Habrá que ver si eso se mantiene en el corto y mediano plazo.

Venezuela, México y Colombia reflejan una mezcla de ideología-confusión-escepticismo y, en algunos casos, flagrante ineptitud, que los han sacado de carrera. Como los contratos y la confianza de largo plazo son esenciales en una industria que se demora entre cinco y diez años para explorar, y entre 10 y 20 años para producir en una cuenca, es difícil ver cómo los tres podrían recuperar la posición y la promesa que una vez tuvieron.

Afortunadamente, en la región hay otro grupo de países que han apostado por el petróleo y han sido retribuidos con abultadas ganancias: Brasil, Trinidad y Tobago y Guyana que son acompañados por Argentina y Ecuador como creyentes en el presente y el futuro de esta industria.

Brasil produjo 3.2 mbped en 2022 y aspira a llegar a 4.4 mbped en 2030. Petrobras, aparte de los escándalos de hace unos años, es una corporación sólida tanto en lo científico como en lo empresarial. El país tiene contratos competitivos mundialmente y atrae a los mejores jugadores internacionales a explotar su substancial cuenca off-shore del Pre-sal, y explorar otras cuencas.

Guyana, de la mano de Exxon, y recientemente con otros grandes jugadores, ha tenido los mega-descubrimientos más notables de los últimos años a nivel mundial; busca llegar a producir 0.8 mbped en 2025, y sobrepasar a Colombia. Con la diferencia que Guyana tiene 800 mil habitantes y Colombia 50 millones.

Argentina apostó por los llamados hidrocarburos No-convencionales, extraídos con fracking en el yacimiento Vaca Muerta, algo que al gobierno de AMLO en México y Petro en Colombia les produce erisipela, y recientemente aumentó en 30% su producción para llevarla a 0.6 mbped. Ecuador quiere ampliar la suya de los 0.5 mbped actuales a un millón de barriles por día.

Este segundo grupo podría denominarse técnico-optimista-oportunista. Buscan aprovechar el período de precios altos, fortalecer sus empresas nacionales y ofrecer atractivos contratos para encontrar y extraer tanto petróleo como sea posible y aportar recursos gobiernos con urgentes agendas de gasto social.

Atención especial merecen las Compañías Petroleras Nacionales. Petrobras, Ecopetrol y YPF han seguido el ejemplo de las compañías europeas y asiáticas, en someterse a la disciplina y el escrutinio de los mercados internacionales de capitales, emitir acciones en bolsa, rendir trimestralmente cuentas detalladas, nombrar Juntas Directivas técnicas y poblar los cargos ejecutivos de personas íntegras que pueden cumplir con el desafío del desempeño y la competencia internacional. Ecuador aspira a hacer lo mismo pero no ha contado con el apoyo político para lograrlo.

Para usar un símil futbolístico, esta década plantea un penalti por patear en la escena petrolera mundial. América Latina se ha dividido en dos grupos. Los ideológicos-confundidos-escépticos de un lado, y los técnicos-optimistas-oportunistas del otro. Los primeros parecen optar por dejar al portero y al público esperando y el balón en el punto penal sin un jugador que lo patee. El estadio (el país) y la industria local quedan sometidas a un declive natural, cargado de incertidumbre y desconfianza.

Los segundos se han jugado a fondo, patearon el penalti y lo convirtieron, siguen jugando el campeonato del mercado petrolero mundial, aspiran a aumentar producción, a posicionarse geopolíticamente como proveedores claves y polos de atracción de la industria, la tecnología y el conocimiento que traen aparejados.

No sabemos si el petróleo será sustituido rápida o lentamente por las energías renovables, cosa por supuesto deseable; pero mientras sea rentable producirlo y necesario venderlo, esos dos grupos de países seguirán trayectorias muy distintas, al menos en lo que a esta industria se refiere. Unos con base en la ciencia, buenas decisiones empresariales y decidido apoyo político. Otras con incertidumbre en sus compañías nacionales, falta de claridad en la regulación, y desmedro del aprendizaje y el conocimiento en esta industria clave.

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