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El sueño de Arrhenius sigue vivo

La vida no se originó en la Tierra desde cero, sino que partió de una química orgánica que nos regalaron los cometas, en una forma blanda de panspermia que no carece de interés filosófico

El meteorito de Cheliábinsk (Rusia), en 2013
El meteorito de Cheliábinsk (Rusia), en 2013

“Los ingredientes para la vida llegaron de fuera de la Tierra”, como puedes leer en Materia en una interesante entrevista con Luisa Lara, astrofísica y cazadora de cometas. El sueño de Arrhenius, la panspermia u origen extraterrestre de la vida, sigue por tanto vivo, aunque solo en una versión blanda: no es que la primera bacteria llegara aquí desde el espacio (panspermia dura), sino que se formó aquí con unos materiales químicos llegados del espacio (panspermia blanda). Científicamente no es lo mismo, pero filosóficamente tiene un alcance similar. La Tierra joven no era autónoma para generar vida. Los componentes esenciales de la biología, la lógica profunda de la química orgánica, nos llovieron del cielo. Puede considerarse una humillación a nuestra ruin parcela del cosmos, aunque también un vínculo que nos une al gran plan del universo, uno en el que somos un producto de las leyes de la naturaleza. Decida el lector si eso le consuela.

Puede considerarse una humillación a nuestra ruin parcela del cosmos, aunque también un vínculo que nos une al gran plan del universo

La panspermia, ya sea dura o blanda, es cualquier cosa menos una novedad filosófica. Hace ya 2.500 años que el concepto apareció por escrito en una obra de Anaxágoras, y seguramente ya era una pieza de tradición oral antes de la Grecia clásica. Tampoco es una novedad científica, pues hay una larga y noble lista de físicos que la han defendido con argumentos: Berzelius, Richter, Kelvin, Helmholtz y Arrhenius, por no mencionar a los más recientes Hoyle, Wickramasinghe, Crick y Venter. Algunos de estos científicos apuestan por la propagación de la vida —en forma de algo parecido a nuestras bacterias— a bordo de meteoritos, asteroides o cometas, y otros prefieren una mano conductora en forma de civilización tecnológica que expande sus esporas con los cohetes más avanzados.

La gran bióloga Lynn Margulis, que murió hace unos años, se partía de risa con todas esas hipótesis panspérmicas de los físicos. Decía que no habían entendido la naturaleza profunda de la vida, sus principios generales de autoorganización, su lógica autoalusiva. Como la mayoría de los biólogos, Margulis creía que la vida se había originado en la Tierra a partir de sus meros componentes químicos, las mismas moléculas que forman hoy el corazón metabólico de cada una de nuestras células. Margulis también se reía de que la panspermia no resolviera ningún problema científico ni filosófico. Solo lo desplazaba a otro lugar anterior, como un mal político.

Pero la panspermia blanda –la de los compuestos químicos que nos llegaron de los cometas— ya es ortodoxia científica. Hay al menos unos cuantos problemas de la química orgánica que podemos diferir a una situación anterior. Como los malos políticos.

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