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Realice un pequeño acto de cortesía al día y su cerebro será una fiesta

La buena educación viene con premio. Y no tiene nada que ver con llevar o no corbata. Repita con nosotros: "Gracias, mamá"

Háganos caso: deje su asiento a las embarazadas, ceda el paso a los mayores, no hable con la boca llena, sea educado, sea amable. Antes de entrar, deje salir. No solo por seguir ciegamente las tradiciones sociales fuertemente arraigadas (ahora que estamos en tiempos de cambio), sino porque muchas veces (no siempre) las normas de convivencia establecidas son beneficiosas para la sociedad y para uno mismo.

"Todo son beneficios", dice Carlos J. Redondo, editor de la web protocolo.org, "la buena educación es un valor que suma y que nunca resta. Una buena preparación profesional se ve potenciada si además quien la tiene es una persona bien educada y con buenos modales. Estos facilitan las relaciones sociales, personales, laborales y familiares. Mejoran la imagen de una persona, abren muchas puertas y generan actitudes positivas en los demás". Aunque, claro, también se espera que seamos educados sin esperar nada a cambio.

La ciencia tiene algo que decir. Y va en la misma línea. Por ejemplo, varios estudios de universidades como British Columbia o Yale han demostrado que ser agradecido, además de ser de buen nacido, tiene efectos positivos, aumentando nuestro bienestar y reduciendo la ansiedad y la depresión. No tenga miedo a decir 'gracias'. Mediante un estudio a través de imágenes cerebrales, investigadores de la Universidad de Indiana liderados por el investigador Prathik Kini encontraron que cuanto más agradecidos seamos hoy, más fácil nos será serlo mañana, como si ejercitásemos una especie de "músculo de la gratitud" y cayésemos en un círculo virtuoso que hace que también los demás sean más sociables con nosotros. Por si fuera poco, investigaciones de la Universidad de Huazhong, en China, arrojaron que ser amables nos hace también más atractivos a los demás.

Los pequeños actos de cortesía que recibimos, como un favor en el trabajo, liberan dopamina en nuestro cerebro, provocando bienestar

Los pequeños actos de cortesía que recibimos, como una taza de café o un favor en el trabajo, liberan dopamina en nuestro cerebro, uno de los neurotransmisores implicados en el bienestar. "Desgraciadamente, cuando alguien está cuidando de nosotros a diario nuestro cerebro no lo reconoce tanto como debería", escribe, en el diario británico The Guardian, Daniel Glaser, director de la Science Gallery del King's College de Londres. Así que conviene estar atento a aquellos que día a día hacen cosas por nosotros sin demasiados aspavientos, que suelen ser los más cercanos. Porque, como observaba Francis Scott Fitzgerald, muchas veces las personas elegantes son tan amables con los extraños como bruscos con los más queridos.

¿Se están perdiendo los buenos modales?

Las buenas maneras son cosa longeva. Desde el Renacimiento se han ido recogiendo en textos de Erasmo de Rotterdam, Baltasar Castiglione o Giovanni della Casa. Pero, imbuidos de pensamiento apocalíptico, siempre parecen estar a punto de desaparecer (los punks llegaron en el año 77 escupiendo a las señoras y levantando el dedo corazón: aquello era el fin del mundo). En 2010, la escritora Esther Tusquets denunciaba en Pequeños delitos abominables (Ediciones B) la erosión de la cortesía (por ejemplo, la pérdida del uso del usted). Y si es tan beneficiosa y se abandona, algo estamos haciendo mal.

Pero, ¿se está perdiendo realmente, como muchas veces dicen los más viejos del lugar? Para Redondo es más una percepción personal que una realidad: "Nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros mismos en alguna ocasión hemos tenido esa percepción, hemos pensado que se estaban olvidando las buenas maneras. Es una cuestión generacional, casi un tópico. Y como buen tópico, puede que tenga una pequeña parte de verdad, pero tiene mucho más de leyenda, mito o falsedad".

Los tiempos están cambiando. Explica el experto que hasta hace poco se confundía el miedo con el respeto. Muchos de los gestos "educados" se hacían por temor al castigo y no por un acto de consideración admitido como tal. Así, muchas personas "perciben" que se están perdiendo costumbres o usos que para ellos eran fundamentales en su educación pero que, actualmente, no lo son para los jóvenes y para el nuevo entorno en el que se mueven. "Claro que hay gente maleducada", dice Redondo, "como la ha habido siempre pero, seguramente, no hay más gente maleducada que en otras épocas".

No tan optimista se muestra Carmen Cuadrado, autora del libro Las buenas maneras contadas con sencillez (Maeva): "Los buenos modales no se están enseñando ni transmitiendo, los niños se están educando en las redes sociales, sin referentes. No se enseña a respetar en el colegio ni en la familia, y no hay consideración con los más vulnerables". Para la autora, las reglas de educación son las que hacen que la convivencia en sociedad sea posible, pero, además, mayormente están ahí para proteger a los más vulnerables: los mayores, los niños y los discapacitados.

Rastas en los escaños

Con la formación del nuevo parlamento, las rastas, la ausencia de corbatas y, en general, el aspecto un poco más casual de algunos nuevos diputados fueron la comidilla de esas jornadas. Los tiempos cambian, y en la Era Google también estamos acostumbrados a ver a ejecutivos o trabajadores de modernas empresas tecnológicas huyendo del traje y enfundando camisetas raídas. ¿Significa esto cierta degeneración en las costumbres? ¿Se están perdiendo las formas?

"Depende del código de cada empresa", responde Cuadrado, "hay compañías en las que ir en camiseta y bermudas es una falta al protocolo, claro, pero también hay otras empresas jóvenes y del ámbito creativo en las que lo que es una falta es llevar corbata. Todo depende de los valores de la firma. Respecto al Congreso: el traje y la corbata son una costumbre arraigada, no deja de ser un uniforme, pero no es código escrito, así que cada uno puede ir como quiera sin quebrantar las normas que, por otro lado, tienen que irse adecuando a los cambios sociales". (Tanto avanzan los tiempos que ya existen hasta códigos de cortesía digitales, destinados al buen funcionamiento de las relaciones sociales a través de redes, correo electrónico y otras entelequias internéticas).

Según Redondo, no hay que confundir las reglas de educación con las costumbres: "Los jóvenes que visten con un estilo informal, con una imagen peculiar (rastas, tatuajes, piercings) pueden causar una primera impresión chocante por no ser una imagen muy común o cotidiana, pero es parte de la evolución y de la transformación de la sociedad, que se refleja en nuevos hábitos y costumbres que no tienen por qué ser mejores o peores que otros. La mayoría de los cambios tienen una parte de 'transgresión' y eso suele costar asimilarlo, pero sin ellos seguiríamos igual que hace cien años. ¡Menos mal que vamos evolucionando!".

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