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NAVEGAR AL DESVÍO
Columna
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El negocio de la inmortalidad

Rajoy se comporta, desde un punto de vista de la biología política, como un presidente eterno

Manuel Rivas

Hay personajes que, mientras están vivos, son inmortales.

Actúan de esa forma, como inmortales, en especial cuando se mueren en la esfera del poder. En un periodo inteligente del protocolo imperial romano, había un esclavo que tenía por misión el susurrar de vez en cuando al oído del nuevo emperador una impertinencia pertinente: “Recuerda que eres mortal”. Hoy día, los asesores de los grandes jefes les calientan las orejas con ficciones inmortales y de ahí ese aire de perplejidad cuando se ven desposeídos. Es verdad que los hay tan perseverantes que parecen llevar puesta la inmortalidad, como si nunca les fuera a picar un pimiento de Padrón. Es el síndrome de Qin Shihuang. El primer emperador chino, el que ordenó construir la Gran Muralla, no tenía a nadie interesado en recordarle su condición de mortal, sobre todo después de haber mandado enterrar vivos a cientos de intelectuales “disidentes” de la época. Obsesionado con el elixir de la vida eterna, se embarcó hacia el Paraíso de los Inmortales, pero se mareó, enfermó y murió en el delirante viaje. Lo enterraron bien protegido en ultratumba por el ejército de los siete mil guerreros de terracota. Con lo sencillo que sería colocar un modesto epitafio al estilo del que figura en el cementerio leonés de Cistierna: “Enseguida vuelvo”.

La voluntad de inmortalidad aparece, históricamente, muy asociada al poder totalitario. Por aquí tuvimos algún intento esperpéntico, en aquel noviembre de 1975, cuando el marqués de Villaverde y otros chalados del clan se empeñaron en que el dictador fuera inmortal y casi lo consiguieron. Y su paso a la ultratumba, en cierto modo, fue al estilo Qin Shihuang.

La inmortalidad es la gran ficción humana. Alimenta el relato trascendente de las grandes religiones

El contrapunto a este síndrome del endiosamiento sería el rey Salomón, cuando escucha el consejo de la paloma salvaje Butimar: “No bebas esa agua porque serás inmortal, y cuando seas inmortal verás morir a tus mujeres, verás morir a tus hijos, a tus nietos, y sobre todo, lo que es más importante, un día estarás en un enorme desierto y no tendrás a nadie con quien puedas compartir un recuerdo de infancia y de juventud”.

El único ser biológicamente inmortal es el Turritopsis nutricula, un hidrozoo hidroideo de la familia Oceanidae. El secreto de este pólipo es que está dotado de la capacidad de retornar a un estado de virginidad sexual después de haber disfrutado la plenitud erótica. En términos políticos, el único hidrozoo hidroideo que se percibe en estos momentos, y con esa prodigiosa capacidad cíclica, es Mariano Rajoy. En el momento en que escribo, descarto que alguien de su entorno, esclavo o liberto, le haya soplado al oído: “Mariano, ¡recuerda que eres mortal!”. No imagino a nadie de su círculo tomándose semejante confianza. Ni siquiera a Celia Villalobos, que, como locuaz especialista en fauna capilar, podría tener una opinión sobre los hidrozoos hidroideos.

El señor Rajoy, desde el punto de vista de la biología política, se comporta como un presidente en funciones de inmortal. No es una inmortalidad totalitaria, sino de prêt-à-porter democrático, que se renueva a plazos, incluso de rebajas. Representa a la perfección el guion biológico del hidrozoo político. Ha pasado de una madurez absoluta, y hasta de­senfrenada y licenciosa, a una púdica inmadurez, una nueva pubertad disponible, que no descarta la coalición con el principal adversario, es decir, la aventura de un poder transexual. Pero fue justamente Pedro Sánchez el que tuvo el valor de recordarle a Mariano que era “mortal”. El joven socialista fue muy criticado por romper de una vez el tabú de la Transición, ese silencio que atenaza la trama como en Edipo Rey: decir la verdad, aunque duela oírla.

Hay personajes que, mientras están vivos, son inmortales

La inmortalidad es la gran ficción humana. Alimenta el relato trascendente de las grandes religiones. El gran cambio es que esa ficción va camino de poder alcanzarse en la práctica. Las empresas tecnológicas más punteras, en Silicon Valley y otros viveros, trabajan en el proyecto de superar la muerte. El negocio infinito de la inmortalidad. Es posible que en este siglo se duplique la longevidad, alargando la vida hasta los 150 años. Tratamientos cíclicos solo accesibles para gente poderosa. Yuval Noah Harari, historiador israelí, autor de De animales a dioses, sostiene que asistimos a un cambio radical de valores. En el siglo XX, el valor central era la igualdad. Ahora, “a la élite del mundo ya no le importa tanto la igualdad porque empieza a pensar en la inmortalidad”. Eso sí que será desigualdad: mortales e inmortales. Habrá que ir pensando en crear una Internacional de los Mortales.

elpaissemanal@elpais.es

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