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Safranski: “Hoy solo un futbolista alcanzaría la fama de Goethe”

Filósofo y escritor, último vestigio de intelectual sin fronteras enamorado de Europa, Rüdiger Safranski ha escrito monografías sobre Schiller, Heidegger, Nietzsche o Goethe

En esta entrevista, celebrada en su casa de la Selva Negra, disecciona la Alemania actual y a Merkel, a la que define como una mujer sin ideología

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El filósofo y escritor Rüdiger Safranski.

Si algo queda del maltrecho espíritu europeo, tal vez se esconda en Badenweiler, ciudad termal de la Selva Negra donde lo último que hizo Chéjov antes de morir de tuberculosis fue tomar las aguas. El escritor alemán Rüdiger Safranski compró en 2008 una preciosa casa neoclásica de dos pisos con jardín construida en 1860 frente a las principales atracciones del refinado pueblecito: los baños (“que fueron tan célebres como los de Baden-Baden”, advierte con orgullo el ensayista) y el Grand Hotel Römerbad; su vestíbulo coronado por una cúpula de dos alturas, ideal para la interpretación de música de cámara, es el lugar escogido por Safranski para celebrar la semana próxima la cuarta edición del festival literario temático del que es fundador y director, y que este año está dedicado al “Gran desorden amoroso”.

Aquí, encrucijada de tres países, vive y trabaja entre libros, camafeos de hombres ilustres y cofres integrales de Bach, uno de los faros intelectuales de un país donde la filosofía aparentemente da para pagar las facturas. Tanto su faceta de biógrafo de grandes pensadores que ayudaron a forjar el espíritu nacional (Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, Schiller…) como sus obras de carácter analítico (sobre el mal, la verdad o la globalización) resultan en libros que compran decenas de miles de lectores y se encaraman en la lista de los más vendidos. En España, donde cuenta con una parroquia fiel, acaba de publicarse Goethe. La vida como obra de arte, mientras que las mesas de novedades alemanas exhiben su nuevo ensayo sobre el tiempo. A la entrevista asistió en calidad de traductor del alemán su editor en Tusquets, José María Ventosa.

Es en cierto modo una vuelta a sus orígenes. Usted nació cerca de aquí. Así es, vine al mundo en Rottweil, en el sur de Alemania. Mis padres eran prusianos del Este. Esto ya se aprecia en el propio apellido: Safranski tiene raíces polacas. En la II Guerra Mundial, mis padres fueron expulsados de Königsberg [actual Kaliningrado]. Hui de los rusos en el vientre de mi madre. Y nací en Rottweil, con tanta tensión, una semana antes de lo previsto… En Alemania, a los que somos del 45 se nos conoce como los expulsados del hogar. Pienso inevitablemente en ello ahora, con estos flujos de inmigración que estamos viendo. Entonces, 12 millones de alemanes tuvieron que desplazarse a consecuencia de una guerra que los propios alemanes provocaron. La integración no resultó sencilla. El oeste acogió a mucha mano de obra procedente de un país destruido, y esto contribuyó al milagro económico de los años cincuenta. Al final fue una historia de éxito. Nosotros [él y su mujer, Gisela Maria, a quien está dedicado el libro con la frase “¿a quién si no?”] hemos vivido en Múnich y Berlín, pero ahora pasamos la mayor parte del tiempo aquí. Cuando queremos volver a sentir la neurosis ciudadana, como diría Woody Allen, vamos a Berlín.

¿Cómo fueron aquellos años de posguerra a los ojos de un niño? Rápidamente me di cuenta de que existían dos sociedades. En la escuela hablaba el dialecto suabo, y en casa, el alto alemán. No los mezclaba. En la universidad, primero en Fráncfort y luego en Berlín, solo hablaba alto alemán. Al menos, me sirvió de algo. Escribí una biografía e hice un documental sobre Heidegger [nacido en la región, más al este], y puedo decir que un pensador como él puede entenderse mejor si se conoce la mentalidad suaba. Los suabos son más lentos, prudentes, ahorradores. Hay pueblos en los que uno de cada dos habitantes tiene un Mercedes.

¿Qué sentido tiene hoy una biografía de Goethe, uno de los hombres más estudiados de la cultura occidental? Escribí un libro sobre Schiller, otro sobre el Romanticismo y un tercero dedicado a la amistad entre Schiller y Goethe, y para mí estaba claro desde el principio que la conclusión de este ciclo tenía que ser un libro sobre Goethe. Tenía el proyecto de describir el renacimiento de la cultura alemana. La época de Goethe fue la más productiva de nuestra historia y tuvo además una gran irradiación europea. Mi intención era describir en su conjunto este extraordinario momento, aclararlo en alguna medida. Es cierto que Goethe es el mayor objeto de estudio de los filólogos y humanistas desde hace 200 años. Es increíble. Mientras que sobre Shakespeare apenas sabemos nada, Goethe está en el otro extremo. El problema no era, pues, la falta de información. Así que lo que pretendí en 2010, cuando empecé a trabajar en esta biografía, fue propiciar mi encuentro, el de Rüdiger Safranski, con Goethe; sobre todo, con su obra. He leído con especial intensidad sus cartas: solo su correspondencia ocupa 54 volúmenes, y cada uno tiene unas 450 páginas. Es imposible leerlo todo, pero si se dispone de la información adecuada, uno sabe a qué fuentes acudir. Un Goethe sin intermediarios, esa era mi idea. Manejé una cantidad enorme de textos. También disponemos de las extraordinarias páginas de las conversaciones. Goethe fue para sus contemporáneos una personalidad tan fascinante que todo aquel que hablaba con él corría a transcribir su charla.

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El filósofo y escritor Rüdiger Safranski.

¿Qué grado de fama diría que alcanzó en términos contemporáneos? Hoy solo un futbolista alcanzaría una fama semejante. Goethe fue ya en su tiempo alguien muy, muy célebre, una figura carismática; además de un ser de hermosa apariencia, elegante. Cuando publicó Las penas del joven Werther, sin casi medios para darse publicidad, conquistó una gran fama. La gente peregrinaba a Fráncfort, donde vivía entonces, para ver de cerca a aquel monstruo extraordinario, para que les concediera audiencia. Y el propio Goethe, como explico en el libro, se decía: “¿Soy un profeta o un poeta?”. Él no quería ser profeta, pero le tomaron por uno. El problema es que como poeta le resultaba todo demasiado sencillo. Terminó Werther en cuatro semanas, el manuscrito se ha conservado y no luce ninguna corrección. Lo escribió de un tirón. Esto acabó convirtiéndose en un problema para él. En sus años de juventud en Fráncfort siente que se ha hecho famoso, ha escrito una novela, poesía, pero parece que todo esto le ha venido como por descontado. Le atenazaba el sentimiento de no haber hecho nada aún, de no saber apenas lo que es la vida. Entonces atiende a la llamada del duque [Carlos Augusto] y se va a Weimar; necesita hacer cosas, encargarse de la construcción de caminos, de las minas, hacer algo concreto, trabajar en la Administración. Es asombrosa su disposición para aprender. Ese es el tema para Goethe, la conciliación entre vida y obra. Había construido una obra, pero ¿dónde quedaba la vida?

¿Qué debe tener un personaje para atraer su atención de biógrafo? Debo sentir cierta empatía emocional. Un ejemplo: de Schopenhauer me fascinó que desarrolló una filosofía pesimista, pero llevó una vida serena. Quizá no feliz, pero sí equilibrada, sin caer en absoluto en la desesperación. Cómo se produce el equilibrio entre pensamiento y vida es lo que une a los personajes de mis biografías. Goethe fue un maestro a la hora de equilibrar ambos aspectos. De ahí el subtítulo de la obra, “La vida como obra de arte”. Si nos vamos al otro extremo, con Nietzsche se comprueba la forma tan catastrófica en que pueden llegar a oponerse vida y obra, hasta el punto de acabar en la locura. Por eso Nietzsche estaba tan maravillado con Goethe; para él era el ideal de equilibrio entre vida y obra.

Si aquella Alemania de Goethe y Schiller fue un faro cultural…, ¿qué es hoy? ¿Es su país un referente más allá de lo político y lo económico? Goethe estaba convencido de que Alemania no necesitaba ser un Estado nacional, le bastaba ser una potencia cultural. Creía en aquella amalgama de pequeños Estados, no veía la necesidad de construir un gran Estado central. Por eso le gustaba la figura de Napoleón. Significaba el fin de los nacionalismos, como el líder de un nuevo Imperio Romano que pudo ser. Hoy, este es un país poderoso económicamente que usa su fuerza a veces correctamente y otras no tanto. En la crisis de los refugiados está dando un buen ejemplo. Pero culturalmente ya no es nada especial. Es una potencia mediana, no diría que mala, solamente mediana. No hay autores de la categoría de Goethe. No obstante, lo que sigue siendo modélico es el mercado del libro; tenemos una enorme cantidad de espléndidas librerías gracias a la política del precio único y a una defensa frente a las políticas neoliberales, algo que es muy, muy importante. Contamos con una gran red de bibliotecas públicas que funciona, así como una considerable proporción de teatros en relación con la población. Y eso tiene que ver con nuestra historia de pequeños Estados nacionales alemanes. En Francia está París y solo París; en España, Madrid y Barcelona. Pero en Alemania, en cada ciudad había un teatro o una ópera. De la tradición de aquellos pequeños Estados ha surgido este paisaje cultural.

La de Goethe es también la época del nacimiento de la fascinación alemana por la cultura helena. ¿Cómo casa esa fascinación con la actitud de Merkel en la crisis griega? Alemania ha promovido una política de austeridad rigurosa. Pero esta no fue solo un invento de Alemania, sino que también lo fue de Maastricht, un concepto europeo. Se ha comprendido tarde, y esto sí es culpa de Alemania, que esta forma de política de austeridad podía conducir a una nueva catástrofe. Algo sin duda lamentable. Ahora comienza una lenta reorientación, se comienza a entender, pero no lo suficientemente deprisa, que una política así no es sana para un país. Alemania se aplicó especialmente en ser europea, porque a los alemanes no se les permitía liberarse de una historia nacional nefasta. Esta política es nuestra huida hacia Europa, nuestro afán por dejar atrás viejos fantasmas. Se ha planteado como una venganza por parte de Alemania, cuando en realidad se trataba de poner en práctica lo que los europeos habían acordado. Otra cosa es que ahora sepamos que no era en absoluto una política racional y que debe ser modificada. El gran error fue la introducción del euro. No se entendió que el sur es diferente del norte. Además, por culpa de esta economía basada en el euro, la conciencia europea se ha visto envenenada. Se contempla todo a través de las gafas de la economía…

Que no es precisamente la ciencia más empática… Antes de la crisis, Grecia representaba desde el punto de vista alemán el Sur, una forma de vida despreocupada, la gente en los cafés, las mujeres…, todo eso parecía bastante hermoso; ahora todo se ve a través del filtro de la economía, los griegos son, ah, esa gente que no trabaja, que se pasa todo el día en la calle… La tolerancia ante diferentes formas de vida está envenenada. Todos miran a los demás como meros economistas. El propio Goethe nos enseñó que la vida es mucho más rica que lo que las categorías económicas y políticas dictan. Cuando el canciller Konrad Adenauer viajó a Grecia en los años cincuenta, su servicio de seguridad lo formaban siete personas. Cuando Merkel viajó a Grecia, la acompañaron 7.000 agentes de seguridad. Esta es la historia del euro ahora, y por esto Merkel no puede dejarse ver en Grecia.

Lo positivo de Merkel es que, a diferencia de lo que les ocurre a muchos hombres, carece de la vanidad del poder

¿En qué lugar cree que colocará la historia a la canciller? Lo positivo de Merkel es que, a diferencia de lo que les ocurre a muchos hombres, carece de la vanidad del poder. Es muy pragmática y a su manera tiene capacidad para aprender y carece de vínculos ideológicos. No me sorprendería que a la larga, muy poco a poco, muy lentamente, pueda llegar a hacer cambios. Está muy pendiente del sentir de la mayoría de la población y no cree en exigir mucho a la gente. Es una política capaz de aprender, y eso me parece muy positivo. Es una persona que carece absolutamente de ideología. Si se quiere ver negativamente, podría decirse que es una oportunista.

¿Siguen presentes los fantasmas del nazismo en la sociedad alemana? La derecha radical nos condujo a los alemanes al abismo. Por supuesto que hay todavía radicales de derecha, que atacan a los refugiados y queman los centros de acogida. Pero en Alemania, la cuestión del pasado nacionalsocialista se abordó con mucho, muchísimo detenimiento, y quizá también con un poco de ejemplaridad. En este aspecto, ahora tenemos otros peligros, pero no el de que vuelvan esos fantasmas, sino otros nuevos.

¿Cuáles? Que la solidaridad social y la cohesión vayan por separado, que el número de los que lleguen sea demasiado alto y que la sociedad pierda su ensamblaje interno. ¿Qué observamos en Inglaterra o en Francia? Los peligros derivados de esta nueva emigración, que por una parte es un asunto humanitario que atañe a Europa, pero que también supone una amenaza para la cohesión social. El otro gran peligro es el nihilismo espiritual. Estamos en una época aventurera. Vivimos el crepúsculo progresivo del cristianismo, que durante 2.000 años había señalado, por así decir, dónde estaba el cielo sobre la sociedad, la fe, la trascendencia. Todo eso se ha disuelto. En lugar de ello, nos hemos instalado en una dimensión horizontal: la verticalidad se ha perdido. Ahí tenemos Internet; no sabría decir cómo se ha desarrollado esto, pero hay una pérdida de sustancia en la realidad espiritual. A la larga, las sociedades sin cohesión espiritual no pueden sobrevivir. El economicismo solo trae nihilismo.

¿Diría que la revolución de Internet es la más importante a la que ha asistido en su vida? Desde un punto de visto amplio, la revolución digital ha cambiado las bases de la vida entera. En los años sesenta, en cambio, lo que hubo fue un cambio de mentalidad. El trasfondo más importante para la revolución cultural del 68 fue la invención de la píldora. Este es el acontecimiento revolucionario más importante de los últimos 60 o 70 años, la separación de la sexualidad y la reproducción. Sin la píldora no habríamos tenido a los Rolling Stones; sin los Rolling Stones no se habría dado el movimiento del 68; sin la píldora no habría habido comunas, ni liberación sexual, ni feminismo, etcétera. Por tanto, en el 68 hubo un profundo y revolucionario cambio cultural, cuyo siguiente acto es ahora la revolución digital, de la que aún no podemos ver todas sus consecuencias. El mundo es realmente complejo, por una parte tenemos la revolución digital, la comunicación horizontal de todos con todos, y también el movimiento de los refugiados, la descomposición de los Estados de Oriente Próximo. Tenemos tanta emigración como al final del Imperio Romano. En Alemania existe una hermosa expresión: la simultaneidad de lo que no es simultáneo. Aquí coexisten la modernidad más absoluta y también casi el retorno de la Edad Media. La realidad es esta: llegan los refugiados en botes a través del Mediterráneo. Y aquí estamos nosotros, comunicándonos con el mundo entero. Ambas cosas conforman el conjunto de la situación.Otro ejemplo es el del Estado Islámico, que representa las mayores crueldades medievales, que destruye monumentos, pero que está equipado con los más modernos medios de comunicación. Con los medios de comunicación más modernos puedes anclarte absolutamente en la Edad Media. Esta es la realidad. Y un tercer ejemplo: tenemos una increíble densidad de comunicación, que es Internet, pero se ha puesto de manifiesto que la mayoría de los contenidos que se intercambian son pornográficos.

Como alguien que ha estudiado el mal a fondo, ¿cree que lo que representa el Estado Islámico traspasa una frontera inédita en la historia de la humanidad? El mal existía antes del Estado Islámico: el nacionalsocialismo, el asesinato industrializado de los judíos, todas las atrocidades de las guerras mundiales…, pero el Estado Islámico ha inaugurado un nuevo capítulo. Bajo el paraguas de dogmas religiosos, religiosos entre comillas, se ha dado a los jóvenes la oportunidad de cometer las mayores bestialidades. Eso es nuevo. Esta capacidad para el mal y la crueldad está potencialmente en cada uno de nosotros. Depende de las situaciones en que nos veamos el que esa capacidad pueda ser liberada, y no solo liberada, sino también premiada. Basta designar a un enemigo y esa potencialidad se desencadena. Esto demuestra lo preciosa que es la civilización; con sus reglas y sus leyes, es una forma de domesticación. Cuando escribí el libro sobre el mal [El mal o el drama de la libertad, 1997] no pensaba que la situación pudiera empeorar tanto. En teoría, puedes elucubrar con lo que sucedería si se abriera la botella, esto estaba para mí muy claro, pero lo que no pensaba es que la botella fuera a abrirse realmente.

Rüdiger Safranski

Rottweil, 1945. Estudió en los sesenta, en Fráncfort, Filosofía, Germanística, Historia e Historia del Arte con, entre otros, el legendario pensador Theodor W. Adorno. “En sus clases se sentaban miles de alumnos. Dos tercios de los que le escuchaban no entendían una palabra, pero sabían que era importante”, recuerda. Tras unos años en el mundo académico, se estableció como escritor. Su especialidad son las biografías de grandes hombres de la época más gloriosa del pensamiento alemán. Vive en la Selva Negra junto a su mujer, Gisela Maria, a quien dedica su último ensayo sobre Goethe. Habitual de la televisión y los diarios alemanes, también ejerce un activo papel como intelectual interesado por los asuntos de la actualidad.

¿Cuál es su secreto para acercar a miles de lectores ideas tan complejas sobre el mal o la verdad? Escribo solo acerca de lo que yo mismo veo con claridad [risas].

La pregunta se debe también a su experiencia televisiva, aquel ‘Cuarteto filosófico’ que presentó con Peter Sloterdijk en horario nocturno en la cadena pública ZDF durante una década… Algo impensable en España. Fue una hermosa experiencia, me divertí mucho con mi amigo Sloterdijk. Trabajamos muy bien juntos. No nos resultaba complicado: solo teníamos que llamarnos por teléfono para ver a quién invitábamos al programa. En la televisión nunca nos prohibieron nada, nos dieron total libertad. Pero tras 10 años, en la televisión tienen que surgir cosas nuevas, y las emisiones llegaron a su final. Me parece una lástima que no haya ningún programa semejante. Aquel era un buen modelo. Aunque he reducido mis apariciones, intervengo todavía en un programa de la televisión suiza, un club literario que también se emite en Alemania; siempre me muevo entre la literatura y la filosofía. En definitiva, resulta divertido si uno sabe ponerle límites y si se puede compaginar con otras cosas. En la actualidad, con los temas candentes de los refugiados, de la crisis griega, pienso que es una lástima que ya no exista nuestro Cuarteto, era una oportunidad para reflexionar sobre todas estas cuestiones desde un punto de vista filosófico, con un poco de serenidad y sin necesidad de pelearse. Algo así falta ahora lamentablemente.

Su libro más reciente trata sobre el tiempo… ¿Qué diablos hemos hecho con el tiempo? El tiempo es naturalmente un tema mayor, sobre el que, entre otros, han escrito los físicos. Yo quería escribir un libro sobre las diferentes formas en que experimentamos el tiempo, es decir, filosóficamente, desde un punto de vista fenomenológico, no sobre cómo medimos el tiempo, sino sobre cómo lo experimentamos en la realidad. Arranca con el tema del aburrimiento; cuando nos aburrimos, cuando no sucede ningún acontecimiento en el interior del tiempo, es cuando mejor podemos experimentar lo que es el tiempo. A partir de ahí trato la experiencia del comienzo, los mecanismos para socializar el tiempo, para convertirlo en el tiempo rendible de los economistas; el tiempo del mundo de las finanzas, etcétera. Con la muerte nos enfrentamos al tema de la eternidad y la inmortalidad. Desde el aburrimiento hasta la eternidad, he pretendido presentar un panorama de nuestras formas de experimentar el tiempo.

¿Cree a quienes prometen que la tecnología nos acercará a la inmortalidad? Mejor que no [risas]. No, no, es muy importante que tengamos un límite. En una ocasión, tras una conferencia, le preguntaron al gran teólogo Karl Barth si creía realmente en la inmortalidad y que al morir iríamos al cielo, y si allí encontraríamos a todos nuestros seres queridos y a la gente que apreciábamos. Y Karl Barth, fumando de su pipa, respondió: “Sí, a todos los seres queridos, pero también a todos los demás” [risas]. Por otra parte, Woody Allen también dijo que por supuesto que creía en el paraíso. La pregunta es si queda muy lejos del centro y qué horario de apertura tiene.

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