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Viajes

Seis destinos casi secretos

¿Quedan rincones desconocidos en España? Obviamente, no. Pero buscando se pueden encontrar aún rutas poco masificadas, lugares mágicos que han quedado fuera de los circuitos convencionales

Faro de Orchilla, El Hierro. Ampliar foto
Faro de Orchilla, El Hierro.

Faro de Orchilla y ladera de el Julan (El Hierro)
El paisaje irreal del límite del mundo conocido hasta el descubrimiento de América

El Hierro es la isla canaria más pequeña, más alejada, menos poblada. El epítome de la insularidad. Sin embargo, este trozo de tierra volcánica al que no ha llegado el turismo de masas fue durante mucho tiempo el centro del mundo.

Ocurrió 150 años antes de nuestra era cuando Ptolomeo, el padre de la cartografía, se vio obligado a buscar ese punto cero necesario en todo mapa, una línea de referencia en la que anclar las longitudes a las tierras conocidas para la edición de su atlas mundial. El matemático y astrónomo griego pensó que el mejor lugar para situar la raya que sujetara el mundo debería de estar en el extremo de las tierras conocidas, que para entonces se circunscribían prácticamente al área de influencia del Mediterráneo, de manera que todos los valores de longitud fueran positivos.

Así fue como el meridiano cero de la primera gran representación conocida del planisferio terrestre se situó en la isla de El Hierro, un islote minúsculo en el extremo del archipiélago canario que ni Ptolomeo ni el conjunto de la humanidad de esa época habían visto nunca, pero de cuya existencia se tenían noticias por navegantes de la antigüedad. Esa línea imaginaria pasaba por la punta de Orchilla, el extremo occidental de El Hierro. Sobre ella, y desde hace más de 80 años, despunta un faro cuyos perfiles blancos hacen daño en la negritud del lajial de lava volcánica que le rodea. Al faro de Orchilla se accede por una pista de tierra, después de mil curvas y revueltas. Un paisaje irreal salido del fuego y el magma envuelve esta linterna de piedra de cantería que marca el lugar donde se acaba la Unión Europea por Occidente.

Cerca queda también la ladera de El Julan, una de las mayores pendientes volcánicas del mundo, monumento natural que derrama sus escarpes de lava solidificada directamente desde la cumbre del Malpaso, a 1.501 metros de altitud, hasta unos 500 metros por debajo del nivel del mar.

Cómo llegar: Binter Canarias y Air Europa tienen vuelos a El Hierro desde Tenerife. También se puede ir por barco desde Los Cristianos (Tenerife) con la naviera Armas.

La cascada del Asón, en los Collados del Asón.
La cascada del Asón, en los Collados del Asón. Age Fotostock

Valle del Alto Asón (Cantabria)
Tallas de glaciar, cascadas, cuevas gigantescas y los rayos del arcoíris

El Alto Asón es una singularidad en la montaña del oriente cántabro. La cuenca formada por el río y sus afluentes, en especial el Gándara, fue tallada por los glaciares y más tarde por el agua hasta modelar un paisaje único. El Alto Asón es el Himalaya de la espeleología, porque sus grandes montañas calizas albergan cientos de cavernas y simas, incluidos algunos de los sistemas cavernarios más extensos y profundos del mundo. En superficie, esas mismas lenguas de hielo tallaron abruptos valles en forma de U que caracterizan la morfología de la comarca.

El núcleo urbano más grande del Alto Asón y el gran centro de servicios de la comarca es Ramales de la Victoria, donde, al igual que el resto de la comarca, los siglos de dominio señorial dejaron magníficas muestra de la mejor arquitectura palaciega. Es el caso del palacio de Revillagigedo.

Pero la mayor atracción turística del pueblo, aunque hecha en piedra, no es obra del hombre, sino de la erosión y disolución de la roca caliza por el agua. A pocos metros del pueblo se abre la gigantesca boca de la cueva de Cullalvera, un complejo kárstico cuyas primeras galerías tienen unas dimensiones colosales, tanto que durante la Guerra Civil se usaron como cocheras. Los primeros centenares de metros se han acondicionado para las visitas turísticas con pasarelas de madera y juegos de luces y sonido. Si seguimos en ascenso por la N-629, dirección Burgos y La Cubilla, poco después de dejar Ramales tomamos un desvío por la CA-265 hacia La Gándara y el valle de Soba, una de las zonas más interesantes del Alto Asón. Allí encontramos el parque natural de los Collados del Asón, creado en 1999 para proteger este macizo excavado por las lenguas glaciares, y muy en especial la cascada del río Asón, uno de los puntos más turísticos y fotogénicos de la ruta. Un mirador en la misma carretera del puerto ofrece una maravillosa perspectiva de la cascada de unos 70 metros de altura que forma el río Asón en su nacimiento. Aunque según la época, puede ser un hilillo de agua o una tromba espectacular que da lugar a un arcoíris.

El valle del Silencio, en León.
El valle del Silencio, en León.

Cómo llegar: desde la autovía del Cantábrico A-8, tomar en Colindres el desvío por la N-629 hacia Ampuero, que es la vía principal que vertebra el valle.


Valle del Silencio (León)
Un lugar de contrastes en el que parece que el mundo se detiene

¿Queda algún rincón desconocido en El Bierzo, una de las comarcas históricas más visitadas, conocidas y ensalzadas de León? Pues sí, queda al menos uno. El Valle del Silencio.

La iglesia de San Pedro de Lárrade.
La iglesia de San Pedro de Lárrade. Age Fotostock

La mayoría de visitantes recorre El Bierzo por su eje vertebral, la carretera que enlaza Ponferrada y Villafranca del Bierzo; algunos se pierden por caminos laterales, en busca de buen vino de la comarca o de algún monasterio remoto. Pero muy pocos son los que conocen este valle lateral del Sil, regado por el río Oza, al que se accede por una carretera de montaña estrecha y serpenteante. El envoltorio del ascenso ya empieza a justificar su nombre: un bosque caducifolio de increíble frondosidad en el que se alternan castaños, chopos, serbales, nogales, fresnos y alisos. Solo se escucha al río Oza despeñándose a saltitos. Un paraíso verde, húmedo y oscuro, sobre todo si se tiene la suerte de visitarlo en un día de niebla, que contrasta con la aridez y ausencia de arbolado de las cumbres de los montes Aquilanos. El Valle del Silencio fue lugar predilecto de ermitaños y monjes, quienes construyeron en este entorno varios monasterios e iglesias. La más famosa de todas es la iglesia de Santiago de Peñalba, que está en la aldea de Peñalba de Santiago (no es un trabalenguas), un pequeño templo mozárabe que perteneció en su momento a un desaparecido monasterio fundado en el siglo X por san Genadio.

La primera sorpresa es el pueblo en sí, un pequeño museo en piedra de lo mejor de la arquitectura popular berciana, en el que, por fortuna, ni una sola construcción moderna afea el conjunto. Peñalba de Santiago recuerda a El Acebo, otra población rural de la montaña berciana, situada en pleno descenso del Camino de Santiago desde el alto de la Cruz do Ferro hacia Ponferrada, también con una preciosa calle Mayor llena de casonas típicas. Pero Peñalba de Santiago es aún más auténtico, mejor conservado. Caminando por sus calles solitarias (no hay forma de tropezarse con ningún ser vivo, parece como si la vida se escenificara solo de puertas para adentro) es fácil sentirse en el medievo. Una sensación que se acrecienta cuando el viajero penetra por fin en la sencilla iglesia mozárabe de Santiago por la portada del mediodía, que con sus dos arcos de herradura sostenidos por columnas de mármol bien podía ser la entrada a un hipotético túnel del tiempo.

Cómo llegar: salir desde Ponferrada hacia el sur, por el puente de Boeza, en dirección primero a San Lorenzo del Bierzo y luego a San Esteban de Valdueza. Allí comienza la carreterita que remonta el río Oza.

Iglesias mozárabes del Serrablo (Huesca)
La sorpresa de descubrir arte en mitad de paisajes naturales

Las dunas del parque de Corrubedo.
Las dunas del parque de Corrubedo. Corbis

Al valle de Tena (Huesca) se puede subir de dos maneras. Por la vía rápida, la que va de Sabiñánigo a Biescas, o por el viejo camino medieval, más sinuoso, torticero y lento, que iba por la margen izquierda del río Gállego a través de aldeas de piedra como Lárrede, Isún de Isaba o Satué. Quienes opten por esta segunda posibilidad obtendrán a cambio el deleite de descubrir un grupo de pequeñas iglesias mozárabes diferentes a cualquiera que hayan visto antes.

Desde mediados del siglo X y hasta finales del XI, esta comarca del Alto Gállego sufrió un periodo de ebullición, preludio de la creación del reino de Aragón y del fin de la dominación musulmana. En esa etapa de mestizaje se construyeron por todo el valle pequeñas iglesias de una sola nave y ábside circular en las que se fundió esa amalgama de culturas. Una mezcla de influencias que alumbró un nuevo estilo, el mozárabe, del que las iglesias del Serrablo son uno de sus mejores exponentes.

Las minúsculas pero deliciosas iglesias del Serrablo estuvieron olvidadas durante siglos y llegaron de milagro a nuestros días. O más bien gracias a la labor de algunos historiadores y por la actuación entusiasta de la Asociación de Amigos del Serrablo. Viajando de sur a norte, la primera que aparece es la de Isún de Basa. Luego viene la iglesia de San Andrés, en Satué. Su ábside resume todas las excelencias decorativas serrablesas: pilastras, siete arcos ciegos, ventanas de medio punto y friso de baquetones. La más bella y de mejor acabado es la de Lárrede, algo que se aprecia nada más ver despuntar su elegante campanario.

Cómo llegar: por la autovía E-7 desde Huesca hasta Sabiñánigo. En el desvío de esta última localidad aparece un cartel que señaliza Isún de Isaba. Pequeños caminos locales llevan al resto de pueblos.

Dunas de Corrubedo (A Coruña)
Un paraíso de playa y arena al que también se asoma la historia

El pueblo cordobés de Zuheros.
El pueblo cordobés de Zuheros. Age Fotostock

Un paraje insólito emerge en el extremo de la península de Barbanza, el espolón rocoso que separa las rías de Arousa y de Muros-Noia. Estamos en la verde y húmeda Galicia, pero lo que se levanta ante nuestros ojos es un mar de dunas que podría haber escapado de un relato sahariano. Es el parque natural de Corrubedo, uno de los paisajes más extraños de las Rías Baixas, que comprende unas 9.600 hectáreas de frente dunar más las cercanas lagunas de Carregal y Vixán. La duna más grande, que aún está activa, tiene un kilómetro de longitud por 250 metros de ancho y 20 de alto.

Al otro lado de las dunas se abre un arenal de casi cuatro kilómetros, diáfano y enigmático, que hará las delicias de cualquier amante de las soledades atlánticas y del nudismo. Está segmentado en cinco playas; la más bella y famosa es la de Olveira; la playa do Vilar dispone de restaurante, merenderos, baños y socorrista.

La gran duna de Corrubedo fue siempre una atracción para los viajeros… y para los constructores, que hasta hace unos años se acercaban hasta la duna con camiones para cargarlos de arena sin que hubiera ninguna cortapisa legal que se lo impidiera. Hoy el parque de Corrubedo está hiperprotegido, tanto que está prohibido subir a la duna y salirse de las pasarelas de madera y los caminos señalizados que bordean el complejo. Esos senderos permiten hacer tres rutas balizadas de entre tres y cinco kilómetros, aptas para todos los públicos. De las dos lagunas grandes, la de Vixán es de agua dulce, y la de Carregal, conectada con el Atlántico por una pequeña ría, es salobre.

Quien además de playas con mayúsculas busque un buen sitio para comer, tiene cerca Santa Uxía de Ribeira, uno de los puertos pesqueros más importantes del litoral gallego. Merece la pena visitar el parque de San Roque, un jardín periurbano en la ladera del monte con zonas de bosque autóctono, un buen mirador sobre la ría y reproducciones de restos arqueológicos y megalíticos del concello, como varios petroglifos, un dolmen y un poblado celta. Y es que la sierra del Barbanza es tierra de leyendas y monumentos megalíticos. Hay dólmenes, cistas y mamoas diseminados por todo el territorio. Uno de los más famosos y mejor conservados, por cierto, es el dolmen de Axeitos, situado entre Ribeira y Corrubedo.

Cómo llegar: se accede desde Santa Uxía de Ribeira por la carretera AC-550, en dirección a Porto do Son.

Zuheros (Córdoba)
Síntesis elocuente de todas las postales de pueblos blancos

Esta comunidad está llena de pueblos blancos. Blancos y pintorescos. Pero si hay uno que simboliza todas esas esencias costumbristas de la Andalucía más tópica es Zuheros, en la Subbética cordobesa. Zuheros era ya un enclave habitado durante Al Ándalus y se llamaba Sujaira. Y aparecía ante el visitante, igual que la actual localidad, enriscada de forma casi imposible en un peñón vertical, con sus muros eternamente blancos y perfilados por la cenefilla, una línea de tintura de nogalina con las que los vecinos delimitan las paredes y el suelo.

A la entrada de la localidad se ve un edificio de tres pisos, grande y blanco –cómo no–; es la Casa Grande, que hoy alberga el Museo de Costumbres y Artes Populares Juan Fernández Cruz. La vivienda fue levantada por el cura de la localidad en 1912 y más tarde pasó a manos del Ayuntamiento. Fue cuartel de la Guardia Civil y luego escuela pública. Desde aquí es mejor seguir a pie por las angostas calles de la villa, que tan poco han cambiado desde que tras la Reconquista fuera cedida a la familia de los Fernández de Córdoba. El destino de todas las rutas urbanas es la plaza de la Paz, la exigua plataforma central donde se levanta el único gran espacio horizontal de la villa, al pie del castillo y de la iglesia parroquial de la Virgen de los Remedios, cuyo campanario se asienta sobre las piedras de minarete musulmán: en Zuheros las huellas ­hispanomusulmanas son evidencias. Del castillo de Zuheros se conservan torres, muros y estancias de un antiguo palacio renacentista añadido ­posteriormente, todo fijado con pericia de orfebre a los relieves de un farallón rocoso. La vista de la interminable campiña de olivos desde el balcón de la plaza podría ser la postal más sugerente de Andalucía.

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