La vida a través de una cámara

Imagine volver a ver el brillo en la mirada de su pareja el día que los presentaron. O recordar el nombre y apellido de todos sus conocidos, incluso de aquellos con los que habló una sola vez

Algunos expertos apuestan por que en un futuro no muy lejano sucederá. Y será gracias a unas cámaras que llevaremos encima y que funcionarán las 24 horas del día

Esta es la historia de los que ya se han embarcado en su uso

Una muestra de las imágenes que hace al día una cámara que se dispara automáticamente.

24 de diciembre de 2013, día de Nochebuena. Cathal Gurrim –irlandés, de 38 años– enciende su cámara en torno a las ocho de la mañana. El aparato empieza a funcionar al instante, sin necesidad de apretar ningún botón. Se activa con cada cambio de luz, temperatura o movimiento. “Pic”. Vemos que Gurrim está en el porche de una casa en medio de la campiña irlandesa. “Pic”. Se sube al asiento del copiloto de un Range Rover (sabemos la marca del coche porque la vemos en una etiqueta pegada al parasol). “Pic”. El coche avanza por un camino bordeado de árboles hasta llegar a un pueblo. “Pic”. Entra en una carnicería en la que le atiende un dependiente disfrazado de Papá Noel y compra algo, aunque no distinguimos qué. “Pic”. De nuevo en la casa, accede al salón. Los rayos del sol caen sobre una bonita mesa de madera llena de adornos navideños. Sobre dos sillas han tendido a secar una toalla. “Pic”. En la cocina, dos mujeres se afanan tras el fuego. Gurrim se acerca a ver qué están preparando: puré de patatas y un sofrito de carne picada.

El resto del día sigue desplegándose como un ovillo en 2.637 fotos. Vemos entrar en la vivienda al cartero (curioso: le invitan a tomar algo); una segunda salida a la búsqueda de regalos de última hora; la misa del Gallo… Las imágenes llegaron hasta Madrid en un archivo de Dropbox. Una muestra de su vida. Cada día, desde 2006, Gurrim obtiene una serie de fotos similar a la que envía. Se trata de su gran proyecto y a estas alturas atesora lo que para muchos es una joya, y para otros, un sinsentido: 12 millones de imágenes que ocupan seis terabytes. Cada quince días descarga y almacena su nuevo rastro por el mundo; las fotos tardan tres días en copiarse.

Principios de diciembre. Universidad Ciu­dad de Dublín. Saludamos a nuestro protagonista, profesor en la Facultad de Informática, desordenado (su despacho es caótico; los papeles se amontonan aquí y allá), habla a la velocidad del rayo y está entregado en cuerpo y alma a los avances tecnológicos. Luce unas Google glass que todavía no usa para grabar imágenes, pero que lleva para comprobar si molesta a la gente (en dos semanas, nadie le ha pedido que se las quite). Pero su tesoro más preciado, el que le ha hecho figurar en decenas de reportajes (hace poco fue portada de The Economist), cuelga de su cuello: una cámara Autographer. Su tercer ojo.

Gurrim es uno entre cientos, quizá miles, de aficionados al lifelogging, personas que registran cada minuto de sus vidas. Pueden hacerlo midiendo cada acto (¿cuántos pasos doy al día?, ¿cuántos correos electrónicos recibo?, ¿cuántas horas de sueño auténtico logro cada noche?) o añadiendo a ello la toma de imágenes. Los lifeloggers más populares o trabajan en compañías tecnológicas o son investigadores universitarios. Entre los nombres de sus pioneros destacan el ingeniero informático Gordon Bell, estadounidense, el hombre que quiso eliminar todo rastro de papel de su vida; el ingeniero eléctrico Steve Mann, canadiense y de apariencia estrambótica, que empezó a inventar aparatos para grabar su vida en los ochenta, o más recientemente Ernesto Ramírez, investigador universitario ubicado en San Diego. Y Gurrim.

“Hay quien dice que no puedo ir grabando por ahí”, afirma Gurrim. “Bueno, pues lo estoy haciendo”

En su caso, la aventura comenzó inadvertidamente. “Microsoft cedió una cámara a cinco universidades de Estados Unidos y a la nuestra”, explica ante una taza de té. “Aquí la ofrecieron a todos los profesores, pero nadie quería llevarla. Finalmente dije: ‘venga, pues lo haré yo’. Estaba a punto de irme una semana a Noruega, seguramente por eso acepté. Me acompañó todo el viaje y nadie me preguntó ni comentó nada. Nadie. La primera semana te haces el interesante, pero a la semana ya eres tú mismo todo el tiempo. La experiencia estuvo bien, no me molestó llevarla, y me dije: ‘la llevaré un mes’. Y luego, ‘seis me­ses’. Y después, ‘la llevaré un año’. ‘Hasta que llegue a un millón de fotos’. Y no paras. Ya no tengo objetivo. No necesito motivación. Simplemente es algo que hago”.

En un futuro no muy lejano, todos haremos como Gurrim, según los expertos en tecnología. Atesoraremos un gigantesco archivo particular de imágenes de nuestras vidas que tendrá múltiples utilidades, dicen. Podremos buscar las fotos del día en que conocimos a nuestra pareja y buscar el brillo en su mirada. Rastrear hasta dar con el rostro de ese conocido que nos suena, pero que no acabamos de ubicar (utilidad que sería muy apreciada en el mundo de los negocios). Buscar la botella de vino que nos ofrece el sumiller y, en caso de tener la versión avanzada del invento (conectado a nuestro cerebro), confirmar si nos gustó. Podríamos entregar las imágenes a la policía en caso de ser testigos o protagonistas de un accidente de tráfico. O podríamos obligar a nuestra pareja a rastrear su propio archivo de imágenes para descubrir si nos ha sido infiel. Esta última opción es la que muestra la serie de televisión Black mirror, que imagina un mundo parecido al actual, pero aterrador por culpa del avance tecnológico.

Todos estos usos no son de momento más que suposiciones. El propio Cathal no tiene del todo claro para qué servirá su archivo. “En el futuro, cuando alguien entre en una habitación y no le guste el color, podrá cambiarlo”. Al ver la cara de circunstancias de su interlocutor, reacciona: “Y en el mundo de la publicidad también ayudará un montón. Las marcas podrán superponer una capa con anuncios personalizados encima de lo que veamos”. El equipo que trabaja con Gurrim está intentando afinar un software que distinga con precisión las imágenes y encuentre a gran velocidad lo que el usuario busque. “Calculo que para junio tendremos una primera versión”, dice Gurrim. “Lo ofreceremos a las empresas y seguro que se les ocurren múltiples usos”.

En 1999, Lindsay Williams, una empleada del área de investigación de Microsoft, creó el primer prototipo de una cámara que tomaba imágenes automáticamente activada por sensores: la SenseCam, la hermana mayor de la Autographer que usa el irlandés. ¿Por qué la creó? Por varios motivos. Para empezar, de joven sufrió un accidente de tráfico en el que se golpeó fuertemente la cabeza. A causa del impacto perdió los recuerdos de los seis meses anteriores. “Fue superfrustrante, no podía recordar ni los conciertos en los que había estado”, cuenta por correo electrónico. “Una cámara automática me habría ayudado a inmortalizar momentos interesantes de mi vida”.

Gurrim va al supermercado.

Además, Williams tenía en mente a un amigo muy olvidadizo que perdía constantemente las llaves. Quería ofrecerle una forma de seguir sus pasos que le ayudara a activar su memoria y a encontrar el llavero. De la importancia que Microsoft le dio a esta caja negra de nuestra vida da buena muestra la respuesta que en 2006 le dio Bill Gates a la revista Time cuando le preguntaron sobre los futuros proyectos de la compañía: “Imagine que ir hacia atrás y seleccionar los mejores momentos de su vida fuera fácil (…). Microsoft tiene un aparato llamado SenseCam con un software que filtrará y encontrará sus fotos más interesantes”.

Madrid. Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral (CEADAC). El lugar al que van a rehabilitarse personas que han sufrido un accidente de tráfico, un ictus, un tumor o una infección cerebral. En la tercera planta tiene su despacho el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, de 38 años. Al lado del ordenador tiene un cerebro de escayola que se abre por la mitad y que a veces muestra a los pacientes para explicarles dónde han sufrido su lesión cerebral. Muchos de ellos sufren fuertes pérdidas de memoria. La mayoría tiene intactos los recuerdos lejanos. El problema son los recientes. Tienen amnesia anterógrada, que dificulta la creación de nuevos recuerdos.

A principios de 2011, Bilbao estaba haciendo una revisión bibliográfica para intentar ayudar a estos pacientes cuando leyó un artículo que hablaba de los efectos positivos de una cámara en pacientes con alzhéimer. Encargó varias SenseCam y entregó una de ellas a una paciente de 38 años, informática, que seis meses antes había sufrido una parada cardiorrespiratoria. “Todas las noches, con ayuda de su marido, veía las imágenes que había tomado su cámara. Al principio parecía que no mejoraba, le preguntaba qué había hecho el día anterior y no lo recordaba. Un día, dos meses después, me respondió: ‘Ayer fui al cine’. Yo dudé. ¿Y cómo fuiste al cine?, le pregunté. ‘En taxi’. Llamé al marido y me lo confirmó, habían ido al cine en taxi. Fue el primer día en que pudo recordar la jornada anterior”.

Diez pacientes del CEADAC han llevado una SenseCam colgada al cuello para sorpresa de sus compañeros de rehabilitación. ¿Qué es eso que llevas? ¿Para qué sirve? Bilbao describe su funcionamiento: “Al ver lo grabado tienes una sensación de déjà vu que te vuelve a activar algo en el cerebro. Uno de mis pacientes lo resumió exclamando: ‘¡Puedo ver mis recuerdos!”. La mejoría en estos pacientes es del 20%, aunque algunos pueden recuperar más memoria. Lo malo, apunta el neuropsicólogo, es que la cámara se estropea con facilidad. A los nuevos pacientes les tendrá que pedir que la compren ellos mismos, pues este año el centro no ha encargado las que Bilbao pidió.

A pesar de las palabras de Gates, en 2009 Microsoft decidió abandonar el desarrollo de la SenseCam y vendió la patente a Oxford Metrics Group (OMG), especializada en animación por ordenador. “Al año de tenerla, un montón de gente sana empezó a comprar la cámara”, dice Simon Randall, director ejecutivo de OMG. “La compañía de pronto entendió que tenía un gran uso social”.

A la gente, cuenta Randall, le gusta usar la cámara en eventos especiales –cumpleaños o conciertos–, pero también para inmortalizar su rutina diaria: la mesa en que trabaja, la para­­da de metro que pisa a diario, su rostro en el es­­pejo al lavarse los dientes antes de acostarse… “Pero yo no uso nuestra cámara todos los días, solo cuando hago algo interesante como jugar con mi hija o esquiar. Nunca uso las clásicas, odio tener que interrumpir a la gente y pedirles que sonrían. No me gustan esas fotos posadas”.

El propio Álvaro Bilbao confiesa que en la mañana de Reyes sacó cinta aislante y ató una de las cámaras que reserva para sus pacientes al pecho de su hijo de cuatro años. “Quería que tuviera un recuerdo vívido de sus primeros Reyes con consciencia”, dice. “Pero por desgracia el dispositivo no funcionó”.

Cathal Gurrim con su Autographer en el bolsillo de la solapa y las Google glass puestas.

El pasado mes de julio, OMG sacaba la última versión, rebautizada con un nombre más comercial: Autographer (la que aparece en el primer párrafo del reportaje). ¿Su precio? 363 euros. Desde Suecia llegarán a lo largo de 2014 las primeras cámaras Narrative (antes se llamaban Memoto, pero tuvieron que rebautizarla tras una denuncia de Motorola). Las van entregando con cuentagotas por orden de petición de compra. Es más pequeña y bonita, pero no tiene sensores: se activa automáticamente varias veces por minuto, y su soft­ware filtra las mejores imágenes (y descarta las borrosas). Cuesta 253 euros. “Uno de mis socios perdió a sus padres y se dio cuenta de que tenía muy pocos recuerdos reales de ellos”, cuenta por teléfono Oskar Kalmuru, responsable de marketing. “El objetivo es conservar los momentos menos míticos de su vida, que son los que realmente importan”.

Estas cámaras suscitan dos cuestiones conflictivas respecto a la privacidad del resto del mundo: ¿tienen derecho los usuarios a grabar a todo el mundo? y ¿pueden publicar estas imágenes sin pedir autorización al resto? A la primera pregunta, Gurrim responde “sí”. La usa todo el tiempo (excepto al dormir y en el cuarto de baño), y todo el que se cruce en su camino acabará en su fichero. “Hay quien me dice que no puedo ir grabando ahí a todo el mundo. Bueno, pues lo estoy haciendo”. A la segunda pregunta responde negando con la cabeza. Junto con el envío de las imágenes del día elegido de su vida, el irlandés adjuntaba un aviso: “Tened cuidado con cuáles publicáis porque salen muchas personas. He tenido problemas y soy más cuidadoso ahora”.

Para José Manuel Errasti, profesor de psicología en la Universidad de Oviedo, tanto la cámara Narrative como la SenseCam (dejando al margen su uso médico) son fruto de nuestro narcisismo más impúdico. El psicólogo cree que “el pudor privado” va en aumento, “pero cada vez más vinculado a las emociones y los sentimientos y menos a la imagen, al menos a la imagen pública. Cuando está en espacios abiertos, la persona ya tiene asumido que se encuentra expuesta ante los demás, y hoy día eso quiere decir estar expuesto ante la humanidad a través del método de captación de imagen que sea, llegue hasta el rincón del planeta que llegue”. Para Baltasar Fernández Manjón, profesor del departamento de ingeniería de software e inteligencia artificial de la Facultad de Informática de la Complutense, no tiene mucho sentido preocuparse por nuestra privacidad cuando actualmente, al descargar cualquier aplicación en nuestros teléfonos móviles, cedemos mucha información personal a las compañías. “Un tema que es revolucionario, la gente lo acepta inadvertidamente, sin ser consciente de que ha cedido parte de sus derechos de propiedad”, reflexiona. “La gente vive en un mundo un poco mágico, sin saber cómo funcionan las cosas. Vamos a ir cada vez más hacia ahí, habrá más dispositivos como el que mencionas. No hay que ser catastrofista, pero hay que tener claro las consecuencias que eso puede tener: cada vez van a estar menos claras las fronteras entre lo público y lo privado”.

En el mundo, cada vez hay más dispositivos con cámara porque cuesta muy poco incluirla. Entre los últimos inventos destaca Pay as you drive (paga según conduzcas), un sistema que algunas compañías de seguros ofrecen a sus clientes para recompensar a quienes conducen obedeciendo las normas, sin giros bruscos, abaratándole la factura. En Rusia, la mayoría de los conductores la lleva, por el seguro y para ponerse a salvo de policías que pidan mordidas abusivas. El sistema está llegando a Europa, aunque en España se ha prohibido el uso de la cámara por la Ley de Protección de Datos. En Francia sí se ofrece el sistema completo.

Desde su oficina de la Facultad de Telecomunicaciones de la Complutense, Víctor Sánchez y su equipo trabajan en el desarrollo de Mashme TV, un sistema de videollamadas que permite grabar conversaciones e interactuar con la otra parte. Sánchez empezó a idear el invento durante una temporada que estuvo viviendo en Estados Unidos, cuando se comunicaba por Skype con sus padres y su hermano. “Ahora, gracias a Mashme, cuando quiero que mi hermano vea un vídeo gracioso, puedo observar en directo qué cara pone”. Sánchez cree, sin embargo, que los usuarios tienen todavía muy desarrollado el sentido del pudor. Él mismo y todo su equipo, mientras trabajan ante el ordenador con la cámara (por obligación) en funcionamiento, le pegan un post-it. “La tapamos porque es molesto. En las experiencias que conozco se sabe que llegado un punto le das al stop y te olvidas. Todo el mundo está pendiente de ello”.

Un Gran Hermano a lo bestia. En 1998, el actor Jim Carrey protagonizaba la película El show de Truman, sobre el protagonista de una vida que cree privada y en realidad es observada por todo el país. Años más tarde, en 2007, un joven estudiante universitario estadounidense, Nick Lotz, empezaba a sonreír a una cámara imaginaria y a obedecer lo que le ordenaba una suerte de regidor interno. Meses más tarde, acabaría en manos del psiquiatra Joel Gold, que bautizaría su enfermedad: el síndrome de El show de Truman.

“Conocía a un hombre, me cayó muy bien”, dice Villarroel. “Me gustaría tener un registro de ese encuentro”

La pérdida de la frontera entre lo público y lo privado es típica entre los enfermos de esquizofrenia. Y si antes algunos pensaban que les estaba espiando la CIA, ahora piensan que protagonizan un reality show. “Por lo general, estas personas sienten que todo el mundo es un actor, lee un guion y le observan”, cuenta Gold por teléfono. En julio espera publicar su libro –Suspicious minds (Free Press)– sobre cómo la sociedad y la cultura dan forma al mundo de las psicosis. El psiquiatra Manolo Trujillo, que fue compañero de Gold en el hospital Bellevue de Nueva York, amplía el análisis: “Puesto que ahora la preocupación universal es la de ser espiado y grabado, esta es la explicación inicial de muchos delirios”, dice. “El síndrome de El show de Truman sería la versión posmoderna de este delirio. Podremos ver más enfermos en el futuro, puesto que, como suelo decir en mis clases, ‘el psicótico delira sobre lo que la población general solo teme”.

El psicólogo que valora desde 2000 la fortaleza psíquica de los aspirantes a entrar en El Gran Hermano español, Enrique García Huete, conoce el síndrome: “Una vez tuve a una paciente anciana que creía que habían puesto cámaras en su vivienda y que las noticias que daban los telediarios le habían sucedido a ella. A sus familiares les decía: ‘Hablan de mí”.

Mayo de 2013. Morris Villarroel, de 45 años, viaja a Ámsterdam para asistir a una reunión del grupo Quantified en Europa. Impulsado en 2008 por los periodistas Gary Wolf y Kevin Kelly, de la revista Wired, el objetivo de este movimiento es conocernos mejor a través de datos obtenidos gracias al avance tecnológico. Aparatitos que miden cuántos pasos damos, nuestras horas de sueño, la tensión, el nivel de azúcar… Villarroel, canadiense de padre boliviano y afincado en Madrid, divide a las personas interesadas en este movimiento en tres grupos: “Los que quieren desarrollar aplicaciones para venderlas; los que quieren cosas concretas relacionadas con la medicina y la salud y gente como yo, que quiere usar datos fiables propios para comparar con los demás e intentar ser más eficiente”. Fue una de las personas que organizaron la primera reunión de Quantified Madrid, el pasado mes de septiembre, aunque por ahora su éxito es reducido.

Alto y de porte serio, Villarroel llegó a España desde Montreal en los noventa. Iba siguiendo al animal que más veces copula al día: el halcón primilla, que en época de celo se aparea 15 veces al día. Entonces era un joven ingeniero agrónomo en formación. “Pasé muchas horas en el desierto de los Monegros observando estas aves. Miraba y miraba, y lo anotaba todo”. Actualmente, Villarroel es profesor de bienestar animal en la Facultad de Ingenieros Agrónomos de la Politécnica de Madrid.

Tres años antes de viajar a Ámsterdam había comenzado a anotar cosas de su propia vida en unas elegantes libretas negras de la marca Muji. Apunta en ellas todo tipo de datos: lo que come (desayuno, almuerzo y cena), el número de correos electrónicos que recibe y envía al día, más la ratio entre ambos, ideas que le surgen –“Debería leer más sobre formas de trabajar en grupo”, anotó un día. “¿Cómo podría sacarle sangre a una trucha sin que sufra?”, se preguntaba momentos después–, el número de libros que lee (40 el año pasado) y las reflexiones que le suscitan, cuántos pasos da al día, cuantas calorías consume, cuánto duerme realmente cada noche (a pierna suelta, apenas se interrumpe su sueño)…

Sentado en el salón de su casa, Morris abre su libreta número 124. “A veces me pregunto por qué hago todo esto. Pero el simple hecho de hacerlo me estimula. Me hace más feliz”. Durante su visita a Ámsterdam le llamó la atención que muchos de los asistentes llevaban una cámara al cuello o en la solapa de la chaqueta. “Los que la llevaban me contaron que sentían que si no la tenían perdían algo. Creo que a mí me pasaría lo mismo”, dice. “En mi libreta no escribo todo lo que me pasa, sobre todo en lo que respecta a la gente. ¿Cuántas personas entran en mi despacho al día? ¿Cinco o 15? ¿Con cuántas personas hablo? Me interesaría saberlo”, continúa. “Hace poco fui testigo de un accidente en un tren. Un hombre se atragantó y empezó a ahogarse. Tres médicos intentaron ayudarle. Al final, el tren frenó y se lo tuvo que llevar una ambulancia; iba de color morado. No sabemos qué ha sido de él. Durante el incidente conocí a un hombre que me cayó realmente bien. Para mí sería muy importante tener un registro de ese encuentro, una imagen suya”.

En agosto, Morris encargó su propia Narrative. Le tiene que llegar por correo cualquier día de estos. La espera con curiosidad y muchas ganas.

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