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REPORTAJE

Un fogonazo en la jungla

Una cuenta atrás rodeados de selva; esa línea de luz vibrando en la noche, y el destello que

se extingue en el firmamento

Viajamos a la Guyana francesa para asistir al lanzamiento de un Ariane desde un lugar paradisíaco y conjurar todo el poder evocador del mito del cohete

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Despegue de un cohete Ariane, el pasado 8 de febrero, en la base de la Agencia Europea del Espacio en Kourou.

Siempre quise ver lanzar un cohete. Un pálido leviatán hermoso y fuerte disparado al vientre del cielo para traspasarlo y viajar hacia los abismos oscuros del espacio y el cofre de las estrellas. Y salió la oportunidad: el lanzamiento de un Ariane en el puerto espacial europeo de la Guyana francesa, nada menos. ¡Un cohete en la selva! Maravilla sobre la maravilla. “Pues te va a decepcionar”, me advirtió con desconcertante realismo una experta compañera del diario que ha asistido a muchos despegues. “Visto uno, vistos todos; ya hace tiempo que se ha convertido en una rutina, no es diferente a verlo por televisión”. Vaya. Bueno, me era igual. Iría. Yo quería ver lanzar un cohete. Desde niño. Desde que experimentaba con el azufre del Cheminova en la terraza de casa (con mi hermano, tratamos de poner un hámster en órbita: llegaron antes los rusos) y deambulaba por las habitaciones embutido en mi traje de cosmonauta en miniatura emulando a Gagarin. Mi vida es un largo sueño de cohetes. Las diabólicas V2 nazis de Peenemünde, los poderosos Saturno V de Cabo Cañaveral, los R7 Vostok de Korolev.

Cohetes de verdad y cohetes imaginarios, de papel, de viñetas, de celuloide: el disparado por el Club del Cañón en De la Tierra a la Luna, de Verne, y en el que viajaba por la cara ese Michel Ardan (“bohemio del mundo de las maravillas”) con el que –cambien maravillas por astrofísica– no puedo sino identificarme; el rojiblanco, tan bello, cohete lunar de Tornasol (y su prototipo, el X-FLR6), arquetipo de toda la cohetería que jamás ha sido (y no ha sido) para los tintinófilos, o el blanquinegro de Frau im mond, la película de Fritz Lang que, en 1929, adelantó el cohete de fases y la cuenta atrás, lo que no es raro pues tenía como asesor a Hermann ­Oberth, el padre de la cohetería alemana –y con Tsiolkovski y Goddard, de los cohetes en general– y maestro de Von Braun. El H-32 Friede, el cohete del filme (que se llamaba como la protagonista), fue, lo que hay que ver, víctima de la Gestapo, que en 1930 confiscó todos los dibujos y esquemas de ­Oberth para la nave espacial cinematográfica por miedo a que revelaran secretos militares.

Cohetes. Mi favorito es el de Ray Brad­bury de El verano del cohete, el cuento que abre las Crónicas marcianas. El cohete que parte a la conquista de Marte y sus melancólicos habitantes despega de Ohio en enero de 1999. En una hermosa metáfora de los fuegos que enciende la imaginación, el despegue del cohete provoca una enorme ola de calor: el verano del cohete. “El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra”. Yo tenía que ver eso. Cohetes. Con todos ellos en el corazón, hice la maleta y corrí hacia el aeropuerto antes de que alguien se arrepintiera.

El otro día se nos fueron al mar 40 millones de euros”, dice un asegurador de cohetes

La expedición estaba organizada por Arianespace, la compañía comercial de transporte espacial que produce y opera los cohetes Ariane. Íbamos a viajar a la base de la Agencia Europea del Espacio en Kourou, en la Guyana francesa, para asistir al lanzamiento de un cohete Ariane 5 encargado de colocar dos satélites de telecomunicaciones en órbita: el Amazonas 3 de la sociedad española Hispasat (destinado a dar cobertura en América, Europa y norte de África desde la posición orbital 61º Oeste –dondequiera que esté eso: parece que sobre Brasil) y el Azerspace/Africasat-1a de Azercosmos, empresa estatal de la República de Azerbaiyán. El hecho de que se tratara del primer satélite azerbaiyano había creado la natural expectación (y orgullo nacional) en el país del Cáucaso y eran numerosos en la expedición sus representantes, entre técnicos, empresarios, políticos y periodistas. La circunstancia rodeó el viaje de un singular exotismo: bien podría creer uno que los simpáticos azerbaiyanos provenían de Sildavia.

El vuelo, un chárter en el que –siguiendo al parecer una tradición que no podemos sino aplaudir– se sirvió champán y caviar, careció de especiales incidencias, pero pude confraternizar –brindando– con los colegas de la prensa de Azerbaiyán, señores Mammadov, Mastanov y Muradov, y conocer al asegurador francés del cohete, que parecía tenso. “No es como asegurar un coche o una moto”, me señaló; “el otro día se nos fueron al mar 40 millones de euros”. No quise comentarle que acababa de leer en mi libro de cabecera del viaje, el elocuente Space systems failures, de Harland y Lorenz (Springer, 2006), que el desplome de un Ariane 44 L en 1994 a los 80 segundos del despegue supuso una factura para el seguro de 350 millones de dólares. Mi interlocutor me explicó que se asegura todo, el lanzador, los satélites y la vida de estos en órbita. También se aseguran vuelos tripulados. El asegurador me confesó que a menudo, cuando asiste a un despegue, es el único que cierra los ojos. Nos interrumpió un ruido como de disparo: los azerbaiyanos habían descorchado otra botella.

Llegamos de noche al aeropuerto Félix Eboué de Cayenne, digno de una novela de Graham Greene. Mientras nos agrupaban, observé con satisfacción en un cartel que la Guyana está libre de la fiebre de chikungunya que transmiten los mosquitos. Aunque me preocupó descubrir la inmensa variedad de la fauna local, de la que se informaba pormenorizadamente: numerosas variedades de felinos; entre ellos, el jaguar, el puma, el ocelote, el margay o tigrillo y el curioso yaguarundí. No contribuyó a tranquilizarme la adquisición del opúsculo Découvrir les serpents de Guyane (Plume Verte, 2012). “La Guyane compte prés de cent espèces de serpentes”, leí. “C’est un beau chiffre”. Entre las que te puedes encontrar la anaconda y la denominada en créole grage grands carreaux o maître de la brousse, una venenosísima Bothrops.

Entre una llovizna persistente que podía fastidiarnos el lanzamiento, tomamos rumbo a Kourou en autocares pasando por una rotonda con la animosa indicación “centro penitenciario”. Imposible no sentirse pelín Papillon y reprimir un escalofrío recordando la cercanía del centro espacial a la isla del Diablo. Tras una copa de bienvenida en uno de los hoteles, sostener conversaciones sobre la fuerza y dirección del viento (que puede impedir lanzar: si hay una explosión, los gases tóxicos alcanzarían zonas habitadas), la expedición se fragmentó en distintos alojamientos. El mío no estaba lejos del cuartel de la Legión Extranjera (el 3 Régiment Étranger d’Infanterie, 3e REI, una de las unidades míticas de la Legión, el regimiento más condecorado, estacionado en Kourou desde 1973 y especializado en la lucha en la jungla: se ve que la seguridad del centro espacial está muy valorada). Llovía tanto que mi hotel, el Atlantis, amenazaba hundirse. Compartí habitación con una rana: no parecía venenosa, pero por si acaso no la dejé subir a la cama. El amanecer fue una maravilla. Observé tantos pájaros exóticos desde mi humilde terraza que creí que me iba a dar un síncope: el síndrome de Stendhal en versión birdwatcher. No en balde el 80% de la biodiversidad de Francia (Guyana es un departamento de ultramar) está aquí. En uno de los momentos señeros del viaje –¡y aún ni me había aproximado a un cohete!– se me acercó un colibrí verde como una esmeralda alada. Una de las conexiones más famosas de las aves con los cohetes es un acontecimiento dramático: la primera muerte, en 1964, de un astronauta estadounidense, Ted Freeman, del Proyecto Gemini, cuyo avión de prácticas de la NASA se estrelló contra un ganso.

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Colocación de un satélite en el interior de la cofia protectora antes de ser puesto en órbita.

El autocar nos condujo a la base entre un paisaje de verdor sobrenatural. A la entrada nos encontramos con una insólita manifestación de pescadores vigilada de cerca por la policía. Nuestros guías se apresuraron a explicarnos que la protesta, que había cortado el tráfico, no iba dirigida contra los cohetes, sino contra los brasileños que faenan en las costas de Guyana. En realidad, averigüé después –¡pillines!–, sí que iba contra la base espacial: los pescadores piden una compensación por los días de lanzamiento en que no pueden faenar. Las instalaciones del centro espacial, situado en una zona ideal por climatología, seguridad, su proximidad al Ecuador, la ventana que ofrece el Atlántico para los disparos y lo deshabitado del territorio, superan lo imaginable en extensión y escala. Ocupan 850 kilómetros cuadrados y están atravesadas por una carretera, la Ruta del Espacio, de 25 kilómetros. En la base trabajan 1.600 empleados. Además de los Ariane, en el puerto espacial europeo se lanzan cohetes Vega y Soyuz, con sus propias zonas y sistemas.

Nos detuvimos en el centro de control principal de lanzamientos (Júpiter), junto al que está el Museo del Espacio y ante el que se alza un cohete Ariane inerte para dar ambiente. El centro de control es igual que en las películas. Casi esperas oír por megafonía: “Kourou, tenemos un problema”. Una amplia sala con mesas en semicírculo abocadas a una gran pantalla que muestra imágenes en directo de la plataforma de lanzamiento. La cuenta atrás del Vuelo 212 –el nuestro– se deslizaba silenciosamente junto a la imagen del cohete como la arena de un reloj. 9:40:15, 9:40:14, 9:40:13… Las fases aparecían indicadas en un panel. Ignición, despegue, separación de los dos propulsores de combustible sólido adheridos al cuerpo principal, separación de la cofia protectora de la carga útil (los satélites, en la punta, el nuestro por arriba, ¡olé!), separación de la primera etapa con el motor Vulcain, encendido de la última etapa para colocar los satélites en órbita, separación de los satélites y despliegue de los paneles solares. El Vuelo 212 iba a ser el 68º lanzamiento de un Ariane 5 y el primero de 2013, año para el que están planeados seis.

Bernard Chemoul, director del centro espacial guyanés, y que es quien autoriza en última instancia los lanzamientos si se dan las condiciones de seguridad, nos aseguró que la actividad de la base no representa ningún riesgo para la (escasa) población vecina. Dijo que el impacto ambiental de los cohetes es muy pequeño y no tiene apenas efecto en la extraordinaria biodiversidad de los alrededores, incluidos los monos. Me sorprendió saber que los bomberos del centro, una unidad de los Sa­peurs-Pompiers de París, vela también por la seguridad de los animales y evacúan de las zonas de lanzamiento a cualquier espécimen que allí se encuentre. Recientemente retiraron una gran boa junto a un Ariane y un caimán que se había enseñoreado del jardín junto al museo.

Esta tecnología está a 36.000 kilómetros allá arriba. no puedes enviar un mecánico”

Choca un poco si vas con mentalidad Star Trek encontrarte que en la base de Kourou no se duda en mostrar la aventura espacial devenida negocio. En plan Mister Spock meets Donald Trump. En la sala de control nos pasaron vídeos publicitarios en los que se ofrecían “servicios espaciales a su medida” (!) y se lanzaban eslóganes como “Extremly accurate orbit insertion”. Antonio Abad, director técnico y de operaciones de Hispasat, recordó que el Amazonas 3 es el séptimo de sus satélites lanzado con los Ariane. El operador de telecomunicaciones español tiene en la actualidad cinco satélites en órbita (seis si sumamos el Amazonas 3), más otros dos operados a través de Hisdesat y dedicados a comunicaciones militares. Hasta 2016 proyecta colocar otros cuatro (el próximo, en diciembre).

Tras las explicaciones técnicas a la amplia y entusiasta delegación de Azerbaiyán, con la que hacíamos ya abierta confraternización, ofreció un break con café y dulces azerbaiyanos. Aproveché el momento relajado para hablar con Carlos Espinós, consejero delegado de Hispasat, tratando de no pringar mi libreta y el bolígrafo con los dedos llenos de dulces. “Tenemos una flota relevante”, señaló poniendo cara del comandante Ackbar de Star Wars. “Aunque estamos a distancia de operadores comerciales globales como Intelsat, que dispone de 50 satélites, tenemos presencia en la zona más atractiva ahora del mundo que es Latinoamérica”. Le pregunté por el romanticismo de su trabajo. Pareció sorprendido. “Bueno, es una tecnología que está a 36.000 kilómetros allá arriba en el espacio, sobre el Ecuador; no la ves, y no puedes enviar un mecánico”. Se añadió Abad: “Desde luego, no es lo mismo que trabajar en barcos o ferrocarriles. La parte romántica la vives en momentos como este, los del lanzamiento”. Recalcaron ambos la complejidad del asunto. “Llegar al espacio es muy bonito, pero una vez allí tienes que colocar el satélite en su sitio, orientarlo y ponerlo en operaciones. Eso también tiene su lado emocionante. El despegue no es lo único relevante. Están las maniobras. Ahora, como ha aumentado el peso de los satélites, cada vez hay más. Y luego están las obligaciones, compromisos que cumplir y mucho dinero en juego”. Construir el satélite cuesta unos 200 millones de euros; lanzarlo, otros 70; ­20 del seguro y 4 o 5 colocarlo en su sitio. Tienen una vida de unos 15 años.

Mientras esperábamos al tir de le soir (el lanzamiento estaba previsto para las 18.36 locales), visitamos las instalaciones de la base, que tiene un tamaño casi como la isla de la Martinica. Repartidas por el inmenso terreno de prados, marjales y palmerales rodeado de selva se encuentran, en forma de edificaciones con aspecto de búnkeres, las estaciones meteorológicas y de seguimiento de satélites, los distintos centros de lanzamiento de los diferentes cohetes, los edificios de montaje de cohetes y satélites y de ensamblaje de ambos. “Nuestro satélite, construido por Space Systems Loral en EE UU, llegó aquí en un Antonov”, explicó Abad. “Nuestra encargada de supervisión de construcción, Silvia Delgado, no ha querido dejarlo ni un momento solo y hasta durmió con él en la escala de Miami”. Una bonita imagen de ternura y tecnología.

Las edificaciones presentan a menudo un perímetro de cercas y alambradas, y las rematan radares. A veces pasa un helicóptero militar, como un gigantesco colibrí. Letreros: “Zona de lanzamiento 3, obligatorio llevar casco” (!), “Edificio de integración del lanzador”, “Edificio de integración de propulsores”, “Edificio de ensamblaje final”, “Plantas de producción de oxígeno líquido e hidrógeno”, “Zone de risques”. Hay puestos de control –en uno nos revisan las acreditaciones– y puede observarse una vigilancia militar discreta, pero potente. Algunas zonas obsoletas han sido invadidas por la vegetación, y los restos, incluidos fragmentos oxidados de fuselaje de cohete sobre los que se tienden los lagartos, sugieren poderosamente un relato posapo­calíptico de Ballard. Entre unas matas altas divisé un Jeep artillado bajo una red de camuflaje. Y luego una tanqueta, y un semioruga con tropas de boina verde. Los edificios de ensamblaje, como grandes cajas de zapatos de cemento puestas de pie o casas de gigantes, están unidos a las zonas de lanzamiento por raíles por los que circulan los cohetes.

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Vista del centro principal de control (Júpiter) de la base de Guyana.

El área de lanzamiento de los Soyuz en el extremo de la base posee una atmósfera especial, como más improvisada y pedestre, por no hablar de los evocadores rótulos en cirílico. Parece que en cualquier momento aparecerá Titov, o Irina Spalko. Los cohetes rusos se ensamblan en horizontal en lugar de en vertical, recuerdo de la guerra fría, cuando había que esconderlos de los ojos de los aviones espía de EE UU. El punto de despegue es un gran foso circular de cemento; ahí podías cocerte como Valentin Bondarenko. Mientras lo observaba, me pareció ver un movimiento entre la maleza. Christine, una joven atractiva que hacía de guía de la visita, se acercó para explicarme que una vez vio por aquí una grands carreaux. Lo dijo en un francés tan musical que hizo que hasta ese bicho letal sonara bonito. Se aproximó Mario De Lepine, portavoz y jefe de relaciones con los medios de Arianespace. “¿Te interesan los animales? Por aquí hay muchos. Armadillos, monos. Los lanzamientos no son un problema para ellos, para los animales. Las emisiones equivalen a las del despegue de dos o tres Airbus. Enseguida se disuelven”. Le pregunté si a él también le gustaban los animales. “Sobre todo el agutí, está buenísimo frito”.

Los cohetes rusos se ensamblan en horizontal, como en la guerra fría, para evitar el espionaje

Nos llevaron hasta un punto de observación desde el que poder ver nuestro cohete. Al descender del autocar nos repartieron máscaras de gas, lo que provocó la natural alarma. Subí unas escaleras hasta la cima del observatorio. Me pareció absurdamente entrañable que alguien hubiera colocado allí una casita para pájaros. Frente al telón de fondo de un palmeral y el ancho cielo se alzaba la máquina, blanca, enorme, bella y tensa. Un cohete de 50 metros de altura y 780 toneladas, de líneas bruñidas y elegantes. La quintaesencia de la cohetería. Lo admiré, una flecha inmóvil apuntando al cielo, mientras lo sobrevolaban los omnipresentes urubúesnegros o zopilotes.

Regresamos a los hoteles para esperar el momento de volver a la base para el lanzamiento. En la playa, frente a las islas de la Salvación (Royale, St. Joseph y Diablo), volaban bandadas de chorlitejos, pero yo no podía dejar de pensar en el cohete aguardando y los números de la cuenta atrás cayendo uno tras otro en el saco del tiempo. Aproveché para comprarme en la tienda del hotel el nuevo álbum de Tánguy y Laverdure, Le Vol 501 (Dargaud, 2012), en el que los dos pilotos de Mirage defienden precisamente la base de Kourou de la amenaza de un grupo terrorista.

Llegó la hora de la partida. Tras un estricto control de seguridad, subimos a los autocares que nos condujeron al lugar de observación asignado para asistir al despegue. El puesto, denominado Tucán, era un espacio abierto con un gran techado de paja y unas discretas persianas que se podían bajar “just in case”. Dado que tenía una barra, parecía uno de esos bares para turistas en destinos exóticos. Realmente lo que íbamos a ver era muy exótico. Se nos repitieron las medidas de seguridad. Desde el puesto se veía de manera privilegiada el cohete, recortado contra la selva y el cielo. Imaginé a Von Braun y sus ingenieros, a orillas del Báltico, rodeados de mandos nazis en uniforme, a la espera de la ignición de sus negras V-2, 14 metros de muerte con aletas. En The Peenemünde Wind Tunnel, A memoir (Yale University Press, 1996), Peter P. Wegener, colaborador de Von Braun, afirma que los lanzamientos entonces no eran muy distintos, salvo el ambiente y las intenciones, de los actuales. Estaban experimentando ya incluso con un cohete de fases.

Aquí, en el mirador Tucán, nos habíamos juntado un grupo más variopinto y saludable que el de Peenemünde: los azerbaiyanos, los españoles, ingenieros y técnicos franceses, militares en traje de paseo, gente de Kourou invitada para la ocasión. Algunas chicas se sentaron en unas pequeñas gradas frente al paisaje del cohete, que aguardaba en la distancia. Un fornido gastador legionario aprovechó para coquetear exhibiendo músculo y tatuajes. Había un aire de pic-nic en el ambiente, pero también una enorme expectación. Como si fuéramos a presenciar el fin del mundo. La ocasión era favorable a las confidencias. “Es mi primera vez”, me confesó Wendy Lewis, la atractiva directora de comunicación de la constructora de satélites Loral, acodados ambos de cara al cohete. Vaya, nunca lo hubiera dicho. “Siempre quise ver un lanzamiento”. Un alma gemela. Le expliqué que para mí también era algo muy especial y le revelé que había nacido el 4 de octubre de 1957, una marca del destino. “¡El día del lanzamiento del Sputnik!”. Me miró con renovado interés.

Una vibración sobrenatural, intensa, llenó el aire y se extendió a nuestros cuerpos

En la barra servían bebidas. La tarde empezaba a declinar con la romántica intensidad del trópico. “La gente no sabe mucho de los satélites y es una pena”, musitaba Wendy mientras me hablaba de apogeos y perigeos. Se encendieron luces en la plataforma y el cohete quedó recubierto de una palidez espectral. Por megafonía, una voz comunicó que se autorizaba el lanzamiento. “All systems go”. Estalló una salva espontánea de aplausos. El altavoz emitía ruido de estática punteado por los últimos cantos de los pájaros y la obertura de la gran orquesta de las ranas. “Falta un minuto”. La gente apuntó sus cámaras, sus teléfonos y sus tabletas. Yo abrí mucho los ojos, para no perderme nada, pero también de susto.

Acabó la cuenta atrás. 18.36. Unos fuegos aparecieron bajo el cohete, acompañados de nubes de humo. Empezó a elevarse. Una vibración intensa, sobrenatural, llenó el aire y se extendió a nuestros cuerpos. El cohete ascendía con un estruendo inimaginable en la cima del cegador torrente de energía que brotaba de la tobera. Era una imagen sobrecogedora de poder y desafío. Un momento inenarrable de estremecimiento y belleza. Algo que se siente y no se piensa. En medio de la conmoción y el sobresalto, me descubrí lleno de un absurdo orgullo por formar parte de la raza humana, capaz de inventar semejante cosa, de lanzar así un guante de desafío a la cara de Dios y el universo. El espectáculo tenía algo de bíblico. Uno casi esperaba oír gemir a los amorreos. El cohete dejó de subir verticalmente y adoptó una trayectoria curva. Atravesó unas nubes iluminándolas espectacu­larmente. Una orgía de humos y colores llenaba el cielo de figuras inverosímiles. A los dos minutos, en un alarde de pirotecnia, brotaron dos estelas más del cohete al separarse los propulsores laterales a 65 kilómetros de altura. El cohete era ya un punto luminoso. Un destello, viajando a siete kilómetros por segundo. Se marchó. Dejando un firmamento conmocionado y una tierra que se recuperaba lentamente de la impresión. Croó una rana. Tragué saliva.

Lo que siguió fue un anticlímax. Al apagarse los fuegos del cielo se hizo de noche. El asegurador del cohete parecía más tranquilo (“pero aún hay que llegar a la órbita”). En la plataforma, envuelta en el sudario rosa de un pequeño incendio a causa de los gases de combustión, arrojaban agua. Grandes murciélagos se perseguían sobre nuestras cabezas. Una chica rusa revivía el disparo una y otra vez en el iPad. “Ha sido un muy buen lanzamiento”, estableció luego Espinós, mientras la gente brindaba a su alrededor y un azerbaiyano le regalaba una alfombra. Asentí con la impostada veteranía del neófito y sonreí hacia el mar agitado que lamía la isla del Diablo: había visto volar el cohete, al fin, resplandeciente y con fuego en las entrañas, y parte de mí se dirigía hacia las estrellas.