REPORTAJE

Me voy al pueblo

¿Qué lleva a algunos a abandonar la ciudad? Supervivencia, estrés, una empresa...

Buscamos los motivos en Segovia, Soria, Cáceres y Madrid.

Mateo, Virginia, Jon y Goran, que viven en el campo. / Alfredo Cáliz

"Estábamos hartos de Madrid. En la gran ciudad, aunque muchas veces no te des cuenta, tu calidad de vida se va desgastando. Estuvimos a punto de comprarnos un piso. Pero en el último momento echamos el freno y pensamos que por menos dinero podríamos abandonar la ciudad e irnos al campo. Al principio miramos en la costa cantábrica, pero los precios eran prohibitivos. Así que giramos la vista hacia Castilla y León, aunque a mi mujer, que es finlandesa, aquello le parecía un desierto. Me hice con un plano en el que aparecía cada charco de la comunidad autónoma. Como viajo mucho por trabajo, cada vez que lo hacía me desviaba un poco para conocer nuevos lugares. Un día descubrí Maderuelo (Segovia). Vi que había un pantano y un parque natural preciosos. A los pocos días llevé a mi mujer. Observamos una parcela que estaba enfrente de la zona protegida del parque, donde jamás podrían construirnos nada delante, vimos que el paisaje era estupendo, que tenía orientación sur… Nos dijimos: ‘Este es el lugar’. Compramos el terreno y nos construimos una casa. Más barato que el piso en la ciudad”.

Manuel García, arquitecto, nacido hace 40 años en Múnich (Ale­­mania) de padres españoles emigrantes, y que vivió en la ciudad bávara hasta los seis, dio un paso más en una vida que parece la de una eterna mudanza, aunque esta vez quizá para asentarse. De Múnich a Almería, Aquisgrán, Berlín, Viena, Gratz, Barcelona, Madrid… y Maderuelo, un pueblecito medieval que tiene, según el último censo, 159 habitantes. A su mujer, Julia Ahvenainen, la conoció en Aquisgrán cuando ambos eran estudiantes Erasmus, “el mejor invento que ha creado Europa y que ahora los políticos se lo están cargando”, aseguran. Ella, ingeniera del procesado industrial de la madera, también ha vivido desde que se conocen, hace 17 años, en la mayoría de esas ciudades. Ambos siguen viajando mucho. Eso les permite, dicen, tener “la mente oxigenada”. Sí, viven en un pueblo, pero aman la ciudad, ahora mucho más que antes porque no viven en ella. Mientras que Julia trabaja para una multinacional finlandesa, lo cual le hace moverse mucho, especialmente en dirección a Helsinki, Manuel se dedica a la eficiencia energética, el bioclimatismo y la madera.

Generar falsas expectativas a la gente que se plantea dejar la ciudad no es bueno”

La pareja lleva desde 2007 en la comarca, viviendo en Maderuelo y trabajando en Campo de San Pedro, a ocho kilómetros, donde tienen la oficina: dos locales alquilados en los bajos del ayuntamiento gracias a la mediación de Codinse. Esta es “la coordinadora para el desarrollo integral del noreste de Segovia”, una asociación sin ánimo de lucro que, junto a otras como ella, pertenece a Abraza la Tierra, que actúa en seis comunidades autónomas (Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cantabria, Aragón, Madrid y Extremadura) para favorecer la emigración hacia las zonas rurales, asesorando a las personas que quieren dar el salto: “No damos casa ni trabajo”, subraya Eva González, coordinadora de Codinse. “Informamos y ayudamos gratuitamente a los que llegan al campo y a la población local que necesita asentarse. Luchamos contra la despoblación”. Sí gestionan, nos cuentan después, los trámites para que los emprendedores consigan subvenciones a fondo perdido, hasta una tercera parte de la inversión de quien lo solicite. Son los fondos LEADER (en francés, Liaisons entre activités de développement de l’economie rural o relaciones entre actividades de desarrollo de la economía rural), un programa de la Unión Europea que bajo ese nombre y similares lleva fomentando los negocios en el medio rural desde 1991.

A González le preocupa el efecto llamada y es dura con los medios de comunicación: “Aparte de nevadas, gastronomía y crímenes, no hacéis mucho caso a los pueblos”, dice a los cinco minutos de saludarnos, muy amable, pero directa. “Ahora se oye alguna noticia que dice: ‘Un pueblo da casa y trabajo a una familia’. Y adiós muy buenas: aquí empezamos a recibir miles de llamadas”. Aunque no cuantifican las que entran por teléfono, Eva asegura que desde 2010, a medida que la crisis económica se ha ido endureciendo, se han doblado las solicitudes de ayuda: 1.674 a través de la página web el año pasado solo en su comarca. “Cuando llaman desesperados, nos dicen: ‘Dame, dame, dame… que me echan de casa, que me quitan los niños…’. Pero cuando les explicas que no puedes darles nada, no vuelven a llamar”. Al pueblo, dice, hay que llegar con una “idea clara de ocupación”, siendo conscientes de que también hay facturas por pagar: “La gente que vivimos en los pueblos no tenemos por qué dar nada. La pregunta es al revés, ¿qué vienes tú a aportar? Cuando mi madre me envió a Madrid a estudiar con 13 años, nadie le pagó mi manutención ni la residencia ni los libros. Nada de nada”.

Cedillo de la Torre (Segovia). / Alfredo Cáliz

“Hay una teoría bastante extendida de que con la crisis el campo es un refugio. Pero los datos la contradicen”, señala Ángel Paniagua, geógrafo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y experto en el medio rural, sobre el que ha investigado durante más de una década y publicado más de cien artículos en revistas españolas y extranjeras especializadas. “Generar falsas expectativas a la gente que se plantea abandonar la ciudad no es bueno. Porque la decisión de irse al campo suele ir ligada a decisiones económicas de envergadura. Por eso es baja la cifra de gente que lo hace, ya que iniciar una actividad en el campo suele exigir una inversión grande”, explica.

“Uno de los rasgos demográficos más significativos de la modernidad industrial, en relación con el movimiento espacial de la población, es el enorme trasvase demográfico entre las áreas rurales y las ciudades. En España, este proceso comenzó de manera sostenida y desigual durante la primera mitad del siglo XX y continuó de forma masiva durante las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta. Sin embargo, desde los años ochenta comienza a vislumbrarse la neutralización del éxodo rural y el inicio de movimientos poblacionales más variados, que incluían la llegada de nuevos residentes a las zonas rurales”, explicaba en 1993 Luis A. Camarero, doctor en Ciencias Políticas y Sociología, experto en el medio rural y coordinador de La población rural de España. De los desequilibrios a la sostenibilidad social, un estudio publicado en 2009 por la Fundación La Caixa en el que repetía similar idea: hay gente que hoy mira hacia el campo como una oportunidad de vida.

Si acudimos al Instituto Nacional de Estadística (INE), vemos que efectivamente hay más personas que dejan las ciudades más grandes para ir al pueblo que viceversa. “La vuelta al campo es un fenómeno extendido en las sociedades avanzadas”, señala Paniagua. De hecho, desde que el INE recoge esa información, de 1998 a 2011, todos y cada uno de los años ha habido más personas que dejaron las ciudades de más de 100.000 habitantes para establecerse en poblaciones de menos de 10.000 que lo contrario. Es cierto que hay que tomar las cifras con prudencia, pues algunas de estas migraciones son personas que dejan la ciudad para establecerse en un pequeño pueblo del extrarradio y no en el medio rural más alejado de las urbes, pero aun así son números que invitan a la reflexión.

Entre 1998 y 2011, 391.603 personas abandonaron la ciudad por el pueblo, frente a 225.953 que tomaron justo el camino inverso. Es decir, en ese periodo de 14 años, el balance a favor de los pueblos es de 165.650 individuos. Pero si buceamos más profundo, analizando los datos año a año, vemos que los mayores flujos de personas en dirección al campo coincidieron con las épocas de bonanza económica. En 2007, el año anterior a la quiebra de Lehman Brothers que desencadenó la crisis financiera y económica mundial, en España dejaron la ciudad por el campo 34.078 personas, mientras que del campo a la ciudad se fueron 17.337 (es decir, hubo un balance positivo hacia los pueblos de 16.741), cifras similares a las que se dieron desde el año 2002. Sin embargo, a partir de 2008, y de manera paulatina, han ido bajando esos números. Hasta el punto de que en 2011 se ha llegado casi al equilibrio, al dato más ajustado desde que existen las estadísticas: solo 2.195 personas más se fueron al campo que a la ciudad (23.398 frente a 21.203).

No todo el mundo se adapta. para venir al pueblo hay que tener la mente muy asentada”

“Lo primero: las cifras de movimiento son escasas, por lo que tampoco podemos hablar de un éxodo a los pueblos. Dicho eso, la explicación al descenso del flujo desde 2008 está en la crisis. Desde entonces y hasta ahora, las expectativas económicas han bajado mucho”, señala Paniagua. Para marchar al pueblo, como indican en Abraza la Tierra, hay que vivir de algo. Y para hacerlo, generalmente se requiere poner dinero encima de la mesa: “En este momento, las inversiones son difíciles de afrontar”, recuerda Paniagua.

Julián Benito atraviesa dificultades económicas tras su regreso, hace cuatro años, al pueblo en el que nació, Perorrubio (Segovia). Volvió al lugar del que había marchado toda su familia en 1979, cuando él, el pequeño de nueve hermanos, tenía siete años. “Nos fuimos a Madrid porque mi padre, que era ganadero, contrajo las fiebres de Malta, una enfermedad que venía de la leche y que le obligó a dejar el trabajo con los animales”. Así acabaron en el barrio de La Elipa, donde Julián pasó la mayor parte de su vida (hoy tiene 40 años) y donde se convirtió en soldador. “Me encantaba mi oficio, pero estaba cansado y la vista la tenía cada vez peor. En 2008 me lié la manta a la cabeza y presenté un proyecto de granja de gallinas camperas”, explica. La idea costaba unos 350.000 euros, de los cuales un 33% los pagó gracias al fondo LEADER. Sin embargo, el precio final de la inversión se acabó disparando. Tanto que tuvo que empezar a pedir créditos para tapar los anteriores que ya no podía pagar. Así entró en una espiral que le ha llevado a deber hoy unos 700.000 euros. A pesar de que ahora la producción de huevos le va bien –“me quedan unos 900 euros de sueldo al mes”, dice–, el peso de la deuda le ahoga: está abocado a vender, a una renegociación de las condiciones con los bancos o a la entrada de un socio en su explotación.

“Cuando tienes un negocio que funciona, una vida asentada, familia e hijos, y has alcanzado el bienestar, es muy complicado romper”, reflexiona Luis Montalvo, de 50 años, otro que abandonó la comodidad de Madrid y regresó a sus orígenes. Con casi 40 años “y todo solucionado”, decidió volver a empezar. “Rehipotequé todo lo que tenía al máximo que me permitían los bancos, implicando también a mi hermano, a mi sobrino y a la que hoy es mi pareja”, recuerda. Y accediendo a los LEADER. Dos fueron las motivaciones que le hicieron dar un giro de 180 grados a su vida. Por un lado, un estrés brutal que no le dejaba respirar –su empresa de transporte le había ido minando poco a poco la salud, y un médico le dijo que tenía que levantar el pie del acelerador–, y por otro, la muerte de uno de sus hijos, por culpa del cáncer, a los nueve años. Se llamaba Luis Miguel, nombre que usó después para su negocio en el campo, un centro de ocio con pista de karting y restaurante (además tiene paintball, quads…) en Fresno de la Fuente (Segovia), que le va bien. Allí, Luis recuperó el control de su vida y la tranquilidad y conoció a una nueva persona, Leticia, su actual pareja, con la que tuvo una hija hace dos años.

Dibujar un perfil de la gente que cambia su vida en la ciudad por una nueva en el campo es “difícil”, por diverso, señala Paniagua: “Hay personas que se van por lo que yo llamo el ‘idilio rural’, es decir, movidas por el romanticismo, ensalzando las bondades de la naturaleza, con ganas de autoorganizarse, y buscando ambientes más tranquilos y grupos más pequeños. También hay gente con estudios superiores y profesiones liberales que ven en el campo una oportunidad para establecerse y generar una biografía y expectativa laborales. Además, otros se marchan al pueblo porque se jubilan, o empiezan a vivir entre la ciudad y el campo”.

Campo de San Pedro (Segovia). / Alfredo Cáliz

Casos como esos, y otros más, se encuentran en este reportaje, realizado en cuatro provincias de España: Segovia, Soria, Cáceres y Madrid. Allí hemos encontrado a urbanitas que siempre habían vivido en la ciudad y a personas que han regresado al pueblo del que salieron hace décadas, a emprendedores que les va bien y mal, a trabajadores con inestabilidad laboral que buscaban seguridad, a gente que necesita la ciudad de vez en cuando y a otra que no. Gente que, sin embargo, coincide en los puntos a favor y en contra de su vida.

“Esa no es la pregunta. Plantear cuáles son las ventajas e inconvenientes de los pueblos es errónea. Yo no hablaría de pros y contras, no compararía a la ciudad con el pueblo. Nosotros reivindicamos el derecho a vivir donde queramos porque pagamos impuestos como todos los ciudadanos. Solo queremos y necesitamos los mismos servicios que los demás”, pide María del Mar Martín, presidenta de Abraza la Tierra. Pero lo cierto es que sí hay cosas positivas y otras no tanto de la vida en los medios rurales, algo que más adelante en la conversación acabará reconociendo.

Uno de ellos es el problema médico, que ha sufrido recortes recientemente. Un asunto a flor de piel en Segovia. “Los políticos lo llaman reestructuración”, ironiza Raúl Gradillas, un educador social madrileño que abandonó Parla (Madrid) en 2006 junto a su pareja, Mar Martínez, también educadora social, por Corral de Ayllón (82 habitantes). “El médico ya solo viene dos días por semana, y han suprimido las urgencias de Ayllón, a 10 kilómetros. Ahora tenemos que ir a Riaza, a 20. El único médico de urgencia que hay tiene que atender a 51 pueblos, 800 kilómetros cuadrados. Así que puedes ir y que no esté. En caso de emergencia, de aquí al hospital de Segovia se tarda más de una hora”, señala ella.

Ese es precisamente otro punto a tener en cuenta de vivir en un pueblo, la dependencia absoluta del automóvil. Dennis López llegó con sus padres a Alcubilla de Avellaneda (163 vecinos, en Soria) cuando tenía 13 años (ahora tiene 20). “No tengo carnet de conducir y tampoco hay muchas facilidades [de transporte público] para moverse. A la hora de buscar un trabajo o del ocio, sin coche no haces nada, no te puedes mover”, cuenta. Sus padres tienen una casa rural en el pueblo, al que llegaron en 2005 desde Sax, una localidad alicantina de 10.000 habitantes entre Villena y Elda. Aunque también venían de un lugar pequeño, su salto geográfico fue radical, a otro muchísimo más chiquitito, con temperaturas bajo cero en invierno y donde no conocían absolutamente a nadie.

Llegaron con la oposición de uno de sus hijos, que tenía entonces 26 años (y una novia) y no les acompañó. Creyó que volverían con las orejas gachas. Pero no lo hicieron. En Sax habían dejado atrás una fábrica de calzado de la que Tomás, el padre, era uno de los cuatro socios, cuando “la competencia desleal de los chinos” les hizo cerrar. El dinero obtenido lo multiplicaron con la compraventa de pisos en la costa alicantina, en la época de bonanza inmobiliaria. Hasta que decidieron empezar de cero con el beneficio acumulado. Alcubilla de Avellaneda, que tenía un palacio del siglo XVI por restaurar, les pareció el mejor lugar. Junto a otro socio, presentaron un proyecto de recuperación del edificio por valor de 1,1 millones de euros, con la idea de sacar apartamentos a la venta. Ganaron el concurso y comenzaron los trabajos. Sin embargo, las previsiones erraron y Tomás tuvo problemas con su compañero: “La obra ahora está parada, y la inversión, perdida”, resume. Cuando se dio cuenta de que era “un saco roto”, decidió montar la casa rural, una vivienda castellana muy acogedora en mitad del pueblo. “El negocio se mantiene. Mejor en verano, cuando hay más clientes”, apunta su hijo.

La época estival es la de mayor alegría económica. Y la estación en la que Dennis deja de ser la única persona joven: la soledad existe en algunos pueblos y para algunas personas. “De Alicante echo de menos a los amigos, a la gente de mi edad. Aquí solo vive gente mayor. Me llevo bien con ellos, pero no es el tipo de compañía que quieres tener con 20 años”, explica por la mañana en la barra del bar del pueblo, también gestionado por la familia.

Una carretera comarcal de Segovia. / Alfredo Cáliz

La otra cara de la soledad es la tranquilidad. El vaso medio vacío o medio lleno. Esther González, de 51 años, volvió a Bohonal de Ibor (Cáceres) hace dos. Divorciada, vive sola fuera del casco urbano –“soy muy independiente”–, aunque tiene parte de su familia en el pueblo. Durante más de tres décadas residió en Alcorcón. “Nunca me adapté”, asegura. Allí tuvo a su hija, que hace poco la hizo abuela, y de vez en cuando se acercan a Extremadura de visita. Sin embargo, Esther solo ha pisado Madrid una vez en dos años, y por un asunto burocrático. “He cambiado la M-30 por este paisaje, es un lujo”, dice en la carretera que lleva a Mesas de Ibor, un tapiz verde y azul, limpio y sano. Los dos municipios los separa el río Ibor, a orillas del cual Esther ha abierto un bar restaurante que tuvo a rebosar en verano. Ella siempre quiso volver a su tierra, aunque nunca creyó que lo haría tan pronto. Pero un ERE en la constructora en la que trabajaba como secretaria de dirección la dejó en la calle en 2008. Con la indemnización en el bolsillo y dejando su piso alquilado, se marchó al pueblo. “No volvería a Madrid. Allí tengo amigas que me dicen: ‘¡Qué envidia!’, pero sé que no todas se adaptarían. Para venir al pueblo hay que tener la mente muy asentada. Porque puede ser duro. La gente habla y hay que saber aceptarlo unas veces y parar los pies otras, cuando alguien se pasa de la raya”.

Otra vez aparecen los límites. “Quien te ayuda, también te vigila”, escucharemos durante el viaje. En el pueblo puede haber más solidaridad entre vecinos porque todos se conocen, pero también más tendencia al cotilleo y al qué dirán. “El medio rural facilita compartir más con la gente. A mí, el hecho de que me conozca todo el mundo no me agobia. De hecho me gusta tomar un café y saber quiénes están sentados en la mesa de al lado”, asegura Marta Flández, que lleva nueve años viviendo en Santa María de la Alameda (1.152 habitantes, en Madrid) junto a su pareja, Marcus Stratton, un inglés que conoció en Dublín. Para ellos, “el contacto con la naturaleza” y un modo de vida sostenible son la clave de su felicidad: “Formamos parte de un grupo de consumo. Varios vecinos nos organizamos para comprar verduras ecológicas directamente al productor. Sale más barato y está más rico”.

Quizá sea eso, la felicidad, lo más importante. En el fondo, todos queremos encontrarla, también quienes deciden marcharse a un pueblo. Manuel, el arquitecto de Maderuelo, aporta su propia explicación vital: “El otro día fui a Bruselas. Salí de casa a las 5.30 de la mañana y volví a las once de la noche. Lo que más me gusta de los viajes, de salir por ahí, de trabajar… es regresar a casa. Me siento a gusto cuando voy por la A-1 y cojo la salida en Boceguillas. Para mí, ahí empieza la puerta de mi casa. Desde allí conduzco los últimos 19 kilómetros. Es de noche y voy por esas carreterillas, que ya son mías, totalmente ancho, por mitad de la calzada”. Satisfecho.

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