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Reportaje:

Fuego de artillería para el poeta del lado salvaje

Lou Reed y Metallica graban juntos 'Lulu', una atronadora ópera rock

Pocos gremios resultan tan sectarios como el rock. Ajeno a la heterodoxia, el ejército de adoradores de Metallica lleva meses hirviendo en la indignación. La anunciada alianza de la banda que regeneró el heavy en acerada sublimación thrash y el viejo poeta neoyorquino Lou Reed supone la gota que colma el vaso tras años de distanciamiento entre los fans metálicos y las ansias exploratorias de sus ídolos. Finalmente, tanta controversia ha generado una expectación que la escucha de Lulu -un doble álbum basado en las canciones escritas por Reed, a partir de obras del alemán Frank Wedekind (1864-1918), para una producción teatral de Robert Wilson- va a difuminar por su carácter profundamente literario y espectacular prestancia sónica.

Exuda sexualidad y violencia, y resucita el escándalo de la obra de Wedekind

Grupo y cantante se conocieron en 2009, en el Rock'n'roll Hall of Fame

El fundador de la Velvet afirma que es lo mejor que ha hecho en su vida

Frente a la sorpresa general, infundada vista la trayectoria iconoclasta e imprevisible del fundador de Velvet Underground, Lulu se erige como atronadora ópera rock contemporánea: excesiva y carnal, densa y atrevida, apabullante y reflexiva. Reed extrae la sustancia al impúdico relato urdido por Wedekind en El espíritu de la tierra y La caja de Pandora, obras pensadas para formar una sola representación. Sigue la dramaturgia a una muchacha que llega al Berlín de principios del siglo pasado, donde utilizará sus atractivos y disponibilidad para medrar entre los ricos y poderosos, dejando que abusen de ella y, por supuesto, acabando en la prostitución callejera, huyendo luego a Londres, donde conoce a Jack el Destripador. Como toda la obra de Wedekind, inventor germano de la sátira burguesa, precursor de expresionismo y feminismo, Lulu exuda sexualidad y violencia, trayendo hasta esta época de corrección política el intacto escándalo causado en su día.

El material, ya utilizado en una película muda de G. W. Pabst y en una ópera de Alban Berg, recobra macilenta vida en manos de un escritor cuya originalidad como realista conspicuo ha desembocado en el más lírico tremendismo, abundante ya en su reciente adaptación de Edgar Allan Poe. Aquí están nuevamente los escenarios que le hicieron el mayor moralista a su pesar que ha dado el rock -nuestra humanidad anhelante de trascendencia, el autoengaño y la culpa, la maldad quizá innata y la crueldad que esta desata, la aniquilación del padre y el fantasma del suicido, el fatalismo que nos lleva a ser quienes somos-, esta vez impulsados por la empastada artillería de Metallica, bañados en evocadoras texturas ambientales. Reed lleva la voz cantante, los brutos californianos potencian un drama centenario puesto al día con inesperada turgencia.

Lou Reed y Metallica se conocieron en 2009, en el vigésimo quinto aniversario del Rock'n'roll Hall of Fame, donde interpretaron juntos dos clásicos del primero. Excitados por el resultado y tras desechar la adaptación de títulos oscuros de Reed, optaron por afrontar el desafío de transformar esta convulsa narrativa, manchada de esperma y sangre, en una apuesta que se quiere artística pero, pese a esa pretensión, golpea y emociona en monumentales muros sónicos y desaforados atropellos rítmicos, también en pasajes levemente fantasmagóricos. Algunos temas son digna adición al canon de Reed (Brandenburg gate, Iced honey), otros capitalizan la insospechada viabilidad de la reunión (The View, Dragon). Todo ello se condensa en un imponente caudal que dinamita prejuicios y obtendrá por ello división de opiniones.

Dice James Hetfield que les estimuló la idea de "estampar Metallica" en las canciones desnudas que les entregó Reed. Este, como siempre superlativo de sí mismo, afirma que es lo mejor que ha hecho en su vida. Discutible, claro, aunque al finalizar los 20 minutos del extraordinario epílogo, Junior dad, se entienda su entusiasmo. Cuenta el gigantón Hetfield que al escucharlo por vez primera, reciente la muerte de su progenitor, no pudo evitar el llanto. El detalle anima a pasar por taquilla.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de octubre de 2011