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Reportaje:Del Atlántico... al Mediterráneo | ENTRE DOS MARES

Lo visible y lo invisible

Los crepúsculos. La tempestad cuando la espuma abraza los faros. Las mareas y el abandono que deja sobre la tierra húmeda. Retratos mágicos y personales del océano y los mares que bañan España, en los últimos días de la primavera.

Un rey de las Tierras Interiores envía a todos sus súbditos, uno por uno, para que vayan a ver y a la vuelta revelen el misterio de la visión marina. Pero ninguno de ellos regresa. Entonces, enfurecido, el propio rey emprende el viaje tras el sol, hacia el límite atlántico. Tampoco vuelve. Es un relato del irlandés Lord Dunsany. Hay otro fragmento en este cuento de cuentos oceánicos que tampoco está mal. Trata del amorío de la princesa Hilnaric y el cazador de toros Athelvok. El bravo enamorado proclama algo que hasta entonces sonaba a pecado: ¡Ella es más hermosa que el mar! Pero tiene que demostrarlo. Y se va hacia Poltarness. Tampoco vuelve. Hilnaric ordena levantar un templo donde se maldice el mar. Pero yo me quedo con esta otra instantánea: cuando se menciona el mar, todos, también los reyes, inclinan la cabeza.

El pintor Paul Klee habló de una línea mágica que une lo visible y lo invisible. Cada imagen del océano atrapa por lo que vemos y lo que no vemos. Las mejores instantáneas del mar son aquellas en las que parpadea esa línea imaginaria. El Atlántico es a la vez un gran espectáculo en el mayor escenario, pero tal vez lo que más hechiza es lo que oculta. Le ocurre en grandísima escala lo que a la isla de San Brandán, también llamada Perdida o Voladera, que era un lugar y un pez. Brandán, monje en Galway, allá por el siglo VI, hizo un viaje con catorce compañeros a la búsqueda del paraíso terrenal. Y creyeron encontrarlo, hasta que montaron un churrasco y con el calor de las brasas la isla despertó. Resultó ser el gran pez Jasconius.

Es sorprendente ver cómo la isla de Brandán todavía aparece localizada en la cartografía del siglo XVI, como ocurre en el maravilloso Theatrum Orbis Terrarum, de Abraham Ortelius. Las coordenadas son: latitud 50º N y meridiano 360. ¡Esos sí que eran mapas! Pocas definiciones le sientan mejor al Atlántico que el de teatro. Pero, como ser vivo que es, no resiste el ser protagonista. Shakespeare acabó haciendo con él su última obra, La tempestad, tal vez su obra más vanguardista y enigmática. Quiero decir que todo lo que toca el océano se enigmatiza.

El Atlántico es una gran cripta onírica. A igual que tras el espejo está el azogue, el lado oculto, espectral, tras el abismo oceánico y bajo la superficie hay un infinito cosmos submarino. Esa especie de llamada de lo submarino y de la hidronimia, la maravillosa toponimia del mar, la sentí hace unos días en una librería de Toulouse, Ombre Blanche. En una pared refulgía la Carte du fond des océans. Era el único ejemplar, pero conseguí llevármelo. Les hablé de los "náufragos encantados" y de que aquella era mi verdadera patria: la invisible, el fondo submarino. Y en la habitación del hotel seguí la navegación del capitán Nemo, recordando lo que Urbano Lugrís decía de Verne: "Este niño cabezón y grave, este macrocefálico soñador irredento, es como un barco en botella". Nemo y Ulises se hacen llamar Nadie. Pero, de alguna forma, la criatura de Verne es el envés del de Ítaca. El viaje de Ulises es el de la reconstrucción de la memoria, la vuelta al origen. Nemo viaja contra el pasado, lejos de un Badland, hacia lo desconocido. Pero, hablando de viajes, ahí tenemos a Samuel, en el final de Moby Dick, salvándose a bordo de un ataúd. Lo cierto es que si hay una cartografía fascinante, aunque no sea medieval, es esta de los fondos submarinos. Casi no sabemos nada de los grandes valles, abismos y montañas, donde las canciones de las ballenas jorobadas resuenan a miles de millas; nada o poco sabemos de las grandes corrientes que transportan las migraciones de los cardumes y el viaje heroico de nuestras anguilas a desovar a los Sargazos.

A propósito de cripta onírica y subsuelo alternativo, más que la concurrida búsqueda del paraíso y la teoría algo pelma de la civilización hundida de la Atlántida, me parece muy sugerente la localización psicogeográfica que Álvaro Cunqueiro hace de una legendaria taberna submarina, a mitad de camino entre Galicia y Bretaña. La taberna Galiana. Allí se encontrarían gentes del mundo y del trasmundo. En sábado, que es el día de animación en el trasmundo. Entre otros clientes, médicos de Thule, canónigos de Ruán, violinistas italianos y nietas de sirenas.

Lo que no es invención es el oficio de vendedor de vientos. Es lo que me gustaría ser de mayor, vender fardos con los 32 vientos de la rosa. Pero ya desapareció en la impaciencia capitalista. Lo cuenta Angelo Rappoport: "Lo que más frecuentemente hacían (los hechiceros de Lapland, norte de Suecia) era vender vientos favorables a sus clientes. Ellos hacían tres nudos en un pañuelo que luego entregaban al comprador de viento. Deshaciendo el primer nudo, el dueño del pañuelo podía provocar una brisa; deshaciendo el segundo, un viento más fuerte, un vendaval; pero cuando deshacía el tercer nudo comenzaba a soplar un huracán. Ahora los consumidores virtuales han sustituido esa superstición por la meteorológica. Por ejemplo, hay grandes masas fanáticas de los temporales y los vientos huracanados. Lo observé la última vez que acudí a contemplar una tempestad cerca de la Torre de Hércules, en A Coruña. La gente se marchó muy defraudada porque habían pronosticado olas de ocho metros y no llegaban a cinco, y los anunciados vientos de más de 120 km/hora se quedaron en unos modestos 90 km/hora.

En materia de pasiones, la gente cada vez pide más escándalo. También al Atlántico.

Pero ver y escuchar el mar es otra cosa. Hay que estar en "otro tiempo", entre lo temporal y lo intemporal. Y en otro lugar, entre lo visible y lo invisible. Esa es la mirada de José Manuel Navia. El mar trabaja con todos los sentidos. Como un personaje de El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, el océano es un maravilloso "enfermo de sinestesia", y consigue confundir y mezclar los sentidos. En la iconografía del Atlántico hay tres momentos poderosos. El crepúsculo, cuando el océano propicia la más increíble metamorfosis. La tempestad, cuando la espuma abraza los faros, en una lucha de Eros y Tánatos. Y las mareas. ¡Las mareas! "Nada más desconcertadamente melancólico que ciertas playas a la hora de la bajamar", escribió María Zambrano en Filosofía y poesía. "Criaturas extrañísimas han quedado abandonadas sobre la arena húmeda y un aire de destrucción parece flotar sobre todo. El mar parece ser el agente cósmico de la destrucción, de la aniquilación lenta, cautelosa e inexorable...".

Pero volverá el mar, con la pulsión del deseo, para recomenzar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de mayo de 2011