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CAFÉ PEREC

Aparición de Pynchon en Barcelona

Cuando ya nos despedíamos, el puertorriqueño Giménez, "policía de cementerio", reparó en la edición de bolsillo de Bartleby el escribiente que llevaba Eduardo Lago y este terminó dándosela. Entonces Giménez nos contó que por las mañanas leía entre las tumbas. Le gustaban Henry James, Auster, Bolaño, DeLillo, Foster Wallace, Pynchon... Este último era su escritor preferido, dijo, aunque no le entendía nada, ni palabra, pero le alegraba enormemente las mañanas entre las lápidas.

Todo eso nos dijo Giménez hace dos años, la tarde en que visitamos el cementerio de Woodlawn, Bronx, donde está enterrado Herman Melville, el autor de Moby Dick. A pesar de llevar un mapa para buscar la tumba, nos perdimos Cristina Grande, Eduardo Lago y yo. Y cuando comenzó a oscurecer infundimos sospechas a un coche patrulla que llevaba sobre el techo la extraña divisa "Cemetery police" y del que descendieron dos mulatos con caras de malas pulgas, revólveres al cinto y estrellas de sheriff. Iban a detenernos, pero las buenas maneras de Eduardo les ablandaron y al final acabaron ayudándonos en la busca de lo que Velásquez, el compañero de Giménez, también puertorriqueño, llamó -imaginamos un ataúd inmenso- "la tumba de Moby Dick". De aquel día no olvidaré, por supuesto, el momento en que Lago dirigió mi atención hacia el interior del vehículo policial, donde había un tercer hombre, medio oculto por su sombrero y gabardina, tomando notas. Por la noche bromeamos, y alguien comentó que era Pynchon. Después de lo que pasó el viernes en Barcelona, tal vez no se equivocó.

En Kosmópolis tratamos el tema de la compleja relación de todo narrador con la figura del lector

"Un guarda de cementerio del Bronx que vela por la tumba de Moby Dick, lee entre sepulcros, requisa libros y quizás oculte a Thomas Pynchon en su coche patrulla" se lee estos días en diversos blogs y twits, no en la prensa escrita porque en ella, como es sabido, se informa de actos culturales antes de que tengan lugar, pero no suele comentarse nada de lo que después se habla o sucede en ellos. El pasado viernes, participando en Kosmópolis, el festival literario barcelonés, nos adentramos con Lago en el tema de la compleja relación de todo narrador con la figura del lector y en un momento dado establecimos una conexión de video-conferencia con el policía Giménez. Queríamos que nos hablara desde Nueva York, con su estilo primario y brutal, de su vida de lector entre las tumbas. Y en realidad también queríamos ver si Pynchon trabaja o trabajó en una novela en la que Woodlawn, Bronx, podría tener un papel relevante.

Comenzamos preguntándole si ser policía de cementerio significa vigilar a los muertos y soltó una carcajada para negarlo. ¿Acaso vigila a los ladrones de tumbas? Excusó a Velásquez porque no lee y el pobre confundió aquel día a Melville con Moby Dick. Dijo después recordar con entusiasmo Las bostonianas de Miller y disfrutar con Auster porque se le nota que ama Nueva York. Leyó hace tiempo a García Márquez y hace poco a Foster Wallace y admira a Bolaño, pero que no le quiten a Pynchon, no sabría qué hacer sin él, leyéndole por las mañanas entre los sepulcros, sin comprender ni palabra de lo que dice, pero sintiéndose enormemente feliz.

Seguía pues todavía gloriosamente feliz con Pynchon. Y consideramos llegado el momento de preguntarle quién era el hombre que se ocultaba en el coche aquella tarde. ¿DeLillo tal vez? Lo negó de un modo que se delató, se vio que era un escritor el hombre oculto aquel día en el coche patrulla. Al preguntarle si era Pynchon se puso visiblemente nervioso y todo el público de la sala de Kosmópolis pudo apreciarlo. ¿Acaso prepara Pynchon algo sobre Woodlawn? Ya no quiso contestar, se le vio muy incómodo y cerramos la conexión. Pero el acontecimiento había tenido lugar, la noticia no tardaría en viajar por la Red. Después, seguimos conversando con Lago, casi como si nada hubiera pasado, pero hablamos mucho de escritores ocultos y de lectores que tienen comunicación directa con ellos.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de marzo de 2011