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Crítica:63º Festival de Cannes

Grotesca Palma de Oro, incontestable Bardem

Algunos espíritus simples, pero también los publicistas con un lema que vender, definieron al cine desde sus comienzos como el mayor espectáculo del mundo, algo transparente que las cámaras de los creadores más incontestables se han empeñado en asegurar a través de la historia. Esa gente nunca descuidó al público, un ente absolutamente real por mucho que los criterios elitistas le intenten definir como una abstracción, una masa en la que se dan cita los espíritus ingenuos y los cultivados, los espectadores que buscan exclusivamente un entretenimiento o un escape y los que paladean un ensueño conmovedor que puede tener mucho o poco que ver con la realidad. El espectáculo, cuando es bueno está dirigido por la inteligencia y la sensibilidad, puede ser muy complejo pero su lenguaje es comprensible para todo tipo de público. Posee una norma ante todo y es que está prohibido aburrir.

Apichatpong Weerasethakul recibe el polémico galardón principal

Javier Bardem, mejor actuación por 'Biutiful', de González Iñárritu

El nombre del director tailandés Apichatpong Weerasethakul se pronuncia con veneración en el tantas veces ridículo gueto de los festivales y entre una crítica de cine cuyos presumibles lectores son los firmantes, los colegas de al lado y los que buscan iniciación intelectual en las Bellas Artes donde sólo hay impostura. La Palma de Oro a la última película (o lo que sea) de este invento exótico al que la consigna de los vanguardistas se ha propuesto colocar de clandestina y efímera moda, confirma que los exquisitos de la nada no están solos, que un jurado cuya obra particular merece como mínimo respeto, también comparte la fascinación hacia el hermetismo rebuscado, la inencontrable poética, el patético lenguaje expresivo del ya consagrado Weerasethakul. La legitimación en el mercado que le proporcionará a este cuento absurdo y soporífero de seres vivos que conviven en un bosque con su reencarnación en monos ataviados con faroles en los ojos, fantasmas de andar por casa y añoradas imágenes de su pasado, logrará que la curiosidad de los espectadores ante el nuevo genio que ha consagrado Cannes sea saciada en el cine de arte y ensayo de su barrio por el aceptable precio de la entrada. No tendrán que hablar de oídas, constatarán por ellos mismos la exquisitez o el espanto de lo que el galardón del festival más importante del mundo acredita como el cine actual más imprescindible. Si no se llena el libro de reclamaciones prometo plantearme la súplica para ser internado en un frenopático, aceptar trágicamente que mis gustos ya no pertenecen a este mundo.

Perplejo ante este disparate que también me enerva, intento consolarme con la justicia a los premios de interpretación. Es imposible desviar la mirada ni los sentidos de lo que hace y dice, sugiere y muestra, siente y malvive, desea y sufre el impresionante Javier Bardem en esa complacida pornografía de la sordidez que es Biutiful , esa crónica del dolor falsamente atormentada, con una estética tan cuidada como inútil, a la que el talento y la entrega de Bardem otorga veracidad y sentimiento. Que esa actuación grandiosa comparta premio con la neorrealista y eficiente interpretación del actor italiano Elio Germano en La nostra vita huele a estratégica componenda, a reparto sin sentido. La preciosa Juliette Binoche, esa dama tan francesa, está admirable en el complicado ejercicio de mantener el interés y el enigma en una conversación que dura 105 minutos entre un matrimonio roto que intenta recomponer su pasado.

El Gran Premio del Jurado a De hombres y de dioses, reconstrucción de una barbarie real que ocurrió en Argel y en la que integristas se cargaron a ocho monjes franceses, no ofende a nadie medianamente cuerdo. Tampoco la obligatoria cuota de reconocimiento a cinematografías poco asequibles en el acceso al espectador occidental, como la película de Chad Un hombre que grita, que describe la angustia a perder su trabajo de un viejo portero de hotel en un país continuamente devastado por la guerra civil, o el atractivo guión del director coreano Lee Chang-dong retratando el conflicto interior de una anciana entre su deseo y su realidad. El reconocimiento como mejor director al francés Mathieu Amalric por Tournée, retrato sin mínima gracia de unas crepusculares strippers estadounidenses tirando a frías que hacen una gira por Francia, me parece una broma de gusto dudoso.

Por desgracia, mantengo mi eterno gafe en los pronósticos sobre los premios de los festivales. Las dos películas que más me han gustado en la sección oficial, la inglesa Otro año y la francesa Fuera de la ley, han sido consecuentemente despreciadas en el artístico palmarés. Son las únicas que revisaré con placer cuando se estrenen comercialmente. El recuerdo más trascendente y estúpido de este Cannes inmediatamente olvidable va a ser el triunfo de esa lírica inane, de ese inexplicable embaucador tailandés. Que sus exegetas asuman la responsabilidad de seguir disfrutándolo por mucho tiempo.

Palmarés del certamen francés

- Palma de Oro: Lung Boonmee raluek chat, de Apichatpong Weerasethakul.

- Gran Premio del Jurado: De hombres y de dioses, de Xavier Beauvois.

- Mejor dirección: Mathieu Amalric,

por Tournée.

- Mejor actor: ex aequo,

Javier Bardem, por Biutiful, y Elio Germano, por La nostra vita.

- Mejor actriz: Juliette Binoche, por Copie conforme.

- Mejor guión: Lee Chang-dong, por Poetry.

- Premio del Jurado: Un hombre que grita, de Mahamat-Saleh haroun.

- Premio de la crítica internacional (Fipresci): Tournée, de Mathieu Amalric.

- Premio Cámara de Oro de la Quincena de realizadores: Año bisiesto, de Michael Rowe.

- Mejor película en la sección Una cierta mirada: Ha ha ha, de Hong Sangsoo.

- Premio del Jurado en Una cierta mirada: Octubre, de Daniel y Diego vega.

- Premio de la crítica internacional (Fipresci) en Una cierta mirada: Todes vós sodes capitans, de Oliver Laxe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de mayo de 2010

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