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domingo, 28 de junio de 2009
Reportaje:VALENCIA, CAPITAL MUSICAL

La orquesta de Doña Helga

El conjunto sinfónico valenciano consolida su primacía con Mehta

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El apoyo prestado por maestros de la talla de Lorin Maazel y Zubin Mehta y la dirección artística de Helga Schmidt han llevado al éxito a la Orquesta Sinfónica de la Comunidad Valenciana.

"Lo que diga Doña Helga". Es la frase más repetida en el Palau de las Arts Reina Sofía. Helga Schmidt (Viena, 1941), intendente y directora artística, es el epicentro del gran seísmo que busca convertir a Valencia en una ciudad lírica de primera referencia. Curiosamente, en el departamento de prensa no tienen una biografía suya. Se la han pedido muchas veces, pero Doña Helga, como la llaman los cerca de 300 empleados que trabajan en la casa, siempre tiene alguna urgencia que atender antes de decidirse a redactarla.

Estos días tienen lugar las últimas representaciones de El anillo del nibelungo, de Richard Wagner, que se ha programado en dos ciclos, dirigidos por Zubin Mehta con la producción de La Fura dels Baus, sección Carlus Padrissa. Un tour de force con el que Doña Helga ha visto culminado el "sueño" que tuvo nueve años atrás, cuando le fue ofrecido ponerse al frente del nuevo auditorio. Ya entonces puso como condición formar una orquesta de primer nivel. Para ella, ése fue siempre el pilar principal en que debía sustentarse todo el contenido artístico del futurista edificio de Santiago Calatrava, clavado en el antiguo lecho del Turia. Pero para ello necesitaba dinero. De lo contrario no iba a haber trato.

"Percibí que la ciudad tenía hambre de música", afirma el director

La tetralogía wagneriana es una apuesta de riesgo para un teatro joven

El dinero se lo dio la Presidencia de la Generalitat valenciana. Abundante, para lo que son los parámetros españoles: 32 millones de euros para montar la primera temporada (2006-2007), que se redujeron a 29 en la segunda y a 24 en esta tercera. Era la condición sine qua non para fichar a primeras batutas que simbolizaran mediáticamente la apuesta valenciana por la lírica de calidad. El resto lo pondrían la agenda y la capacidad de seducción de Doña Helga.

¿De dónde venía esa agenda maravillosa? Por supuesto de cuando fue directora artística del Covent Garden de Londres, por donde pasaron todos los grandes, Carlos Kleiber incluido, de quien conserva recuerdos entrañables, como el abrigo de Alban Berg que su viuda le regaló con motivo del estreno de Wozzeck. En realidad, esa agenda la llevaba en el bolsillo desde niña, sin ser consciente de su utilidad futura. Su padre, director de orquesta y pianista, había sido asistente de Fürtwangler en La flauta mágica que montó en Salzburgo, con decorados de Oskar Kokoschka, a mitad de la década de los cincuenta. La casa de verano de los Schmidt en la ciudad natal de Mozart era frecuentada, entre otros, por Bruno Walter, Otto Klemperer y Karl Böhm ("solía jugar a cartas con mi padre, yo le llamaba Onkel [tío] Karl. Más tarde propicié su debut en Covent Garden"). No sorprende que con semejantes antecedentes, Doña Helga, con apenas 22 años, fuera asistente de Der Gott (Dios), el mismísimo Karajan. De manera que cuando Doña Helga llamó a Lorin Maazel para proponerle que fuera titular de una orquesta que no existía en un auditorio por inaugurar, se puso al teléfono. "Le convencí con el argumento de que, desde niño, lo había hecho prácticamente todo en música

[violinista, director, compositor], salvo formar una orquesta. Me contestó que eso exigía tiempo, pero que lo haría si le aseguraba el respaldo económico".

El respaldo económico lo tuvo; tiempo, no mucho. Las audiciones para seleccionar a los músicos dieron comienzo en Valencia en octubre de 2005, siguieron en Milán, Helsinki, Nueva York y París. En total se presentaron 5.230 músicos, de entre los que fueron seleccionados los 91 de la actual plantilla. El debut oficial de la Orquestra de la Comunitat Valenciana tuvo lugar tres años después, el 8 de octubre de 2006, y el debut operístico unos días después, el 25, cuando estrenó Fidelio. Pero el podio no lo ocupó Maazel, sino otra perla de la agenda de Doña Helga, también fichada para la causa: Zubin Mehta (con contrato hasta 2014; Maazel acaba de renovar por dos años, hasta 2011). Se trata pues de una orquesta con dos padres. Madre es sabido que no puede haber más que una.

"Desde aquel Fidelio percibí que Valencia tenía hambre de música", cuenta Mehta en un descanso de ensayo. "Empezamos sin llenar el aforo, pero ahora para los dos ciclos del anillo se han agotado las localidades. Ha empezado a captarse público internacional. Además, contamos con la colaboración de Plácido Domingo, que desarrolla un trabajo enorme por la música en este país". Más que interrumpirle durante la pausa, a Mehta conviene observarle durante un ensayo con la orquesta. Hablando todas las lenguas -los 91 profesores proceden de 28 países, 23 de ellos son españoles-, se le escucha pedir contención al conjunto porque "al crescendo le queda todavía un largo camino por recorrer", o a los metales que bajen el volumen ("¡It's still too loud!") y "oscurezcan" el sonido, o a los violines que saquen un pasaje "espressivo, ma non vibrato". La excelencia exige un trabajo minucioso. Luego todo eso se reflejará en La valquiria: en la calidad de los violonchelos en pianissimo creando la sofocante atmósfera de los welsungos, en el estallido tímbrico de la primavera de Sigmund (¡gran Plácido!) o en el brillo de los metales anunciando el Walhalla.

Pero a Doña Helga le quedaba aún una pata por resolver: poner ese presupuesto y su no menos maravillosa agenda al servicio del "evento único". La tetralogía wagneriana es una apuesta de riesgo para un teatro con sólo tres temporadas a cuestas, pero, de salir bien, es garantía de hito. "Desde 2000 le daba vueltas a una producción con el Maggio

[el festival al que está vinculado Mehta] dirigida escénicamente por La Fura dels Baus. Se lo propuse a Padrissa y viajamos a Florencia, donde Mehta se mostró entusiasmado".

Padrissa ha confesado que por la época conocía muy poco la summa wagneriana. Se tiró de cabeza a estudiarla, utilizando varias versiones, entre ellas la de Chérau / Boulez que subrepticiamente Doña Helga le había hecho llegar, cabe concluir que no tanto para que tomara de ella alguna referencia estética, sino justamente por su carácter de hito del Bayreuth de los años 70. "Lo único que sugerí a Padrissa es que dejara mucho espacio libre en escena, en este espacio extraordinario diseñado por Calatrava". En cierto modo, Doña Helga le estaba pidiendo al director escénico un regreso a la dramaturgia de la luz de Wieland Wagner. Pero Padrissa calaría el simbolismo en su particular mundo tecnológico, ayudado por las cuidadas filmaciones de Franc Aleu.

Se podrán poner a esta operación las objeciones que se quieran. Hay, desde luego, en todo esto un cierto tufo de florentinismo, de manejo alegre del talonario cuando los tiempos demandan más bien contención del gasto, de búsqueda sin descanso del gran titular. El presidente valenciano, Francisco Camps, no engañó cuando dijo que el Palau de les Arts iba a incluir a Valencia en el escenario de las grandes producciones. Para eso llamó a Doña Helga: para que allí se hiciera lo que ella dijera. Nadie discute lo que dice Doña Helga. Acaso ahí esté su límite.

Helga Schmidt, directora artística de la orquesta valenciana. / J. C.

Un ensayo de la Orquesta Sinfónica de la Comunidad Valenciana. / JESÚS CISCAR

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