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lunes, 20 de abril de 2009
Reportaje:

Reencuentro en el laberinto de Juan Muñoz

Cristina Iglesias recorre la gran retrospectiva que el Reina Sofía dedica al que fuera su compañero

Juan Muñoz (Madrid, 1953-Ibiza, 2001) y Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) se conocieron cuando ambos eran estudiantes veinteañeros en el Central School of Art and Design de Londres y ya no se volvieron a separar. Con el tiempo, ambos se convirtieron en dos de los escultores más importantes del panorama internacional. Inglaterra les sirvió de pista de despegue y tanto él como ella, con voces bien diferentes, acabaron con el concepto de vanguardia y no vanguardia en el arte. La exposición Juan Muñoz: una retrospectiva, inaugurada hace un año en la Tate Modern, llega ahora al Museo Reina Sofía convertida en un homenaje del mundo del arte a este artista único. Cristina Iglesias habla de la obra de Muñoz, un mundo que ella compartió desde el primer hasta el último momento.

"Cada uno tenía su propia voz, pero nuestro mundo era común"

La exposición, que se abre al público el miércoles, ocupa toda la tercera planta del edificio de Sabatini, unas salas ahora recuperadas y que antes servían de oficinas. Un centenar de obras, 20 más que en la exposición londinense recorren las principales etapas de Juan Muñoz. Cristina Iglesias se acerca a las piezas de los primeros años. Son verjas, balcones, barandillas, minaretes, piezas arquitectónicas de apoyo firmadas en los ochenta con las que el escultor empezó a romper el concepto de arquitectura. Mientras señala el puñal que el artista colocó en el reverso de una barandilla, la escultora explica que ahí se puede ver un ejemplo de cómo Muñoz aunaba en sus laberintos juego y peligro. "Buscaba efectos que golpearan el estómago".

A Cristina Iglesias le resulta difícil hablar de aquellos años. La emoción es todavía muy fuerte. "Cada uno teníamos nuestra propia voz y la defendíamos a fondo, pero nuestro mundo era común. Los dos éramos dos artistas muy comprometidos que compartíamos amigos, exposiciones, lecturas...". ¿Trabajaron alguna vez conjuntamente? "Jamás", contesta casi horrorizada la escultora.

"La relación que cada uno tenía con su trabajo era muy personal. Cada uno teníamos nuestro estudio en la casa de Torrelodones (la casa que compartieron como pareja y en la que ella sigue viviendo con sus dos hijos). A Juan le gustaba que opinásemos y que habláramos de lo que cada uno estábamos haciendo, porque él tenía un carácter muy extrovertido. Era muy inquieto. Yo prefería que cada uno estuviera centrado en lo suyo, sin interferencias de ninguna clase".

La exposición está comisariada por Sheena Wagstaff y Lynne Cooke, dos grandes especialistas en la obra del escultor que además tuvieron una excelente relación con él. Cristina Iglesias no ha intervenido directamente pese a ser la máxima conocedora de Juan Muñoz. Aunque formalmente no figure, su supervisión ha sido constante. ¿Le hubiera gustado a Juan Muñoz este resultado? "Le hubiera fascinado", responde entusiasmada. Cuenta Iglesias que su marido sí hubiera intervenido en la exposición, por su carácter inquieto. "Hubiera cambiado cosas veinte veces. Puede que para volver a la propuesta original, pero no se conformaba a la primera. "Ella tampoco es de las que se conforman. "Pero mi estilo es otro", advierte sonriente.

En las siguientes salas van apareciendo las esculturas y las instalaciones que consagraron a Muñoz en todo el mundo. Son piezas realizadas en bronce, terracota o resina que dan forma a un mundo de personajes inquietantes: enanos, ventrílocuos y grupos, a veces muy numerosos, de hombres con rasgos orientales que parecen conversar entre ellos. Sara y Georges son dos muñecos que juntos o por separado aparecen muchas veces fisgoneando, cotilleando en medio de un espacio. Cristina no recuerda si sus hijos jugaban con estos muñecos o si Juan los hacía pensando en ellos de alguna manera. "Sí hizo una vez un suelo de efectos ópticos en el cuarto de nuestra hija. Y también jugaban mucho en ese tren de la pieza Descarrilado [2000-2001]. Lo teníamos en el jardín y se metían ahí". Como recuerdo, el tren se expone conservando en su interior agujas de pino y pequeñas telarañas tejidas a la intemperie de la sierra madrileña.

Poco antes de morir, Muñoz había decidido volcarse más en el dibujo y la escritura; desacelerar el ritmo de los últimos tiempos. Desde mediados de los noventa realizó numerosas exposiciones entre Europa y Estados Unidos. Tanto en galerías como en museos. En España, fue la galería Fernando Vijande la primera en exponer su obra y el IVAM el primer museo en consagrarle como artista imprescindible. Cristina Iglesias recuerda que hubo algunos años en los que Juan Muñoz se resistió a volcarse en el mercado estadounidense. "Él era un europeo convencido. En Estados Unidos compraron muchísima obra suya y le preocupó en algún momento". Madrileño profundamente cosmopolita, siempre mantuvo una relación muy especial con Londres. De hecho, la Tate Modern de Londres que ya dirigía Vicente Todolí pudo exponer su última obra monumental: Double Bind.

Cristina Iglesias en el Museo Reina Sofía junto a dos piezas de Juan Muñoz. / CLAUDIO ÁLVAREZ

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