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sábado, 15 de diciembre de 2007

Trueque de 'mondrians' por 'picassos'

Dos museos de La Haya y Colonia intercambian colecciones

ISABEL FERRER La Haya 15 DIC 2007
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Gracias al afán coleccionista de sendos mecenas que dedicaron su vida a hacerse con la producción de Mondrian y de Picasso, tanto el Museo Municipal (Gemeentemuseum) de La Haya como el Ludwig germano cuentan hoy con el mayor número de obras de los dos artistas conservadas bajo un mismo techo. En el caso alemán abarca toda la trayectoria creativa de Picasso, desde sus primeros dibujos en la adolescencia al periodo azul, y del cubismo a la cerámica, las esculturas y los grabados. Con Mondrian la situación es clara. El museo atesora el núcleo más relevante de la obra del artista, a pesar de que durante años la mantuvo colgada en paredes poco nobles porque no apreció bien su valía. Entre las piezas de la colección figura Victory Boogie Woogie, que Mondrian pintó al final de su vida, entre 1942 y 1944, y que nunca sale de Holanda.

Mondrian buscó para su obra la pureza de las formas del arte

Entre las obras que sí han podido viajar para las dos exposiciones, en particular en la de Picasso, figuran tres gratas sorpresas. Dos, gracias al pintor. La otra, a la cámara del fotógrafo argentino Roberto Otero, que retrató su intimidad en 1960 y ejerció de peluquero ocasional de su amigo. Atendiendo a su atracción visual, la más espectacular tal vez sea la famosa serie de grabados que inmortalizó a una de sus primeras amantes, Marie-Thérèse Walter, madre de su hija Maya. Conocida como Suite Vollard, suma un centenar de estampas ejecutadas entre 1930 y 1937 sobre temas tan variados como La violación, El minotauro o Rembrandt. A su vez, son un canto a uno de sus amores más trágicos. La joven, que conoció al artista en París a los 17 años, acabó siendo abandonada por otra y se suicidó en la madurez.

La segunda sorpresa es un libro de bocetos "que rondan el concepto de otro de los iconos del modernismo, Las señoritas de Avignon. Es un cuadro comparable a La ronda de noche de Rembrandt en importancia y monumentalidad, y en él puede verse cómo Picasso, que era un niño prodigio del dibujo, buscaba siempre cosas nuevas. En este caso lo hace a través de la estilización del primitivismo", según Franz Kaiser, conservador del Gemeentemuseum.

Las fotos de Otero, en blanco y negro y en color, son el contrapunto de un recorrido que desgrana bellezas como el grabado Comida frugal, de 1904; el óleo Arlequín con las manos cruzadas de 1923; la tela Mosquetero con cupido, de 1969; o las piezas de cerámica con forma de ave y la aventura cubista. "Es curioso que para Picasso el cubismo sólo fuera un estilo más desarrollado a fondo, pero sin derivar en la abstracción posterior. Cuando acabó con ello, se fue directo, regresó más bien, al neoclasicismo. Mondrian, por el contrario, vio las obras cubistas del español y enfiló su larga y tortuosa ruta hacia las líneas más limpias", sigue Kaiser. La simple en apariencia obra de Mondrian constituye, sin embargo, una de las búsquedas más intensas de la pureza de formas del arte.

Las imágenes del fotógrafo se habían quedado sin explicación y vale la pena detenerse un momento. Expuestas en tres salas contiguas, confirman la fotogenia del artista y el segundo plano vital que parecía ocupar siempre el resto de sus amigos. Todos menos el poeta Rafael Alberti, que luce exultante en un par de instantáneas y es el único que consigue estar a la altura de la penetrante presencia del malagueño.

 
 

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