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sábado, 28 de abril de 2007

Detrás de una gran obra como la ampliación del Museo del Prado se esconden los artistas anónimos que respiran polvo, sufren martillazos, manipulan bronce hirviendo... y consiguen que el diseño del arquitecto se convierta en realidad. Los cinco maestros que han hecho posible la ampliación de la pinacoteca explican las técnicas antiguas empleadas en cada estancia. Salvo los 9.000 ejemplares de boj del parterre, que necesitarían un clima menos cálido, el estuco planchado en caliente, el bronce fundido para las puertas y la piedra de Colmenar garantizan su permanencia durante siglos. Algunos de los expertos tuvieron que "inventar" en sus talleres los mecanismos necesarios para trasladar las monumentales piezas, porque no existían aún en el mercado. Otros consiguieron que el vidrio quedara suspendido en el aire y se convirtiera en una linterna que traslada la luz desde el techo hasta las plantas inferiores. Todos ellos consideran que sus trabajos les sobrevivirán y esto es lo que más importa. "Y no tanto si la gente no nos conoce", aseguran.La gran pinacoteca abre sus puertas

Oriol García: Estuco rojo de Pompeya

Lo primero que sorprende al entrar en el nuevo edificio es el rojo sangre que se extiende desde la pared curva del auditorio hasta otras estancias. En realidad imita el rojo pompeyano que sobrevivió a las cenizas del Vesubio.

Oriol García es el maestro estuquista capaz de conseguir los colores, brillos y texturas que Moneo encontró en un cuadro de Goya, a pesar de sufrir ceguera desde hace poco más de un año. "Se ha dicho que perdí la vista por culpa de la cal con la que trabajamos, pero no es cierto. Sufro de una rinopatía hereditaria que también dejó ciego a mi abuelo, estuquista como yo, que soy la quinta generación en mi familia", explica. "El estuco planchado en caliente del Prado debía ser fino y suave... Lo noto con las manos y así doy instrucciones". García y su taller han empleado técnicas antiguas mezclando arena de mármol, cal anegada y pigmentos, "porque así durará eternamente".

Víctor Martín: Bronce inexistente

"No habrá otra obra en el mundo que tenga puertas como éstas". Los enormes accesos de bronce que separan estancias sin un solo tornillo a la vista son únicos en el mercado. Lo sabe su creador, Víctor Martín, que tuvo que encargar a Alemania piezas de seis metros que no se fabricaban en ningún otro sitio, con un 94% de cobre y un 6% de estaño. "Muchas de las planchas que se verán ahora en el Prado fueron repetidas hasta cinco veces porque no conseguíamos el tono elegido por Moneo. Otras veces, el sudor de la mano ennegrecía el trabajo y había que empezar de nuevo todo el proceso", cuenta con orgullo.

De su taller nació también la linterna, un cubo traslúcido por el que se filtra la luz desde el cielo. "Había que conducir los rayos de sol desde el claustro en la planta superior hasta las salas de exposiciones que quedan abajo. Además, Moneo quería que los vidrios 'flotaran' en el aire. Y fue difícil, pero se consiguió".

Juan Carralón: Piedras eternas

Sólo existe una cantera en Colmenar de Oreja (Madrid), donde la piedra caliza reúne las condiciones, formas y calidades que merecía el suelo del claustro de los Jerónimos. Por eso su extracción y montaje, que forma dibujos de espiga, llevó cerca de cuatro años.

Juan Carralón se encargó de seleccionar cada uno de los bloques que pisará el público sin imaginar que son tan especiales. "Ha sido un proceso muy lento porque es una cantera con poca producción, no a gran escala. Y además las piezas que salían no tenían las medidas o las formas curvilíneas que necesitábamos. No hemos empleado ningún bloque rectangular y no hay dos iguales", afirma Carralón.

La piedra caliza de Colmenar asegura que seguirá en pie durante siglos. "Es una pena que no se hagan obras de este tipo más a menudo, porque al final son las que perduran. Pasará el tiempo y ellas seguirán".

Isaac Escalante: Boj de la Toscana

Las plantas del parterre que enlaza el edificio de Villanueva con la entrada de Cristina Iglesias se llaman buxus sempervirens y encajan mal el calor. Hay apuestas sobre su resistencia a los veranos de Madrid. Este boj eternamente verde fue descubierto por el paisajista Isaac Escalante mientras paseaba por un campo de la Toscana. Allí crecían 9.000 ejemplares con la altura, el color y la configuración estética que había imaginado para el Prado.

"Durante tres años los mantuvimos en Italia, preparándolos para el traslado a Madrid, que fue en pleno agosto y con 40 grados. Hubo que traerlos en camiones frigoríficos y pensar un sistema de sombreo para que el sol no quemara las hojas", explica Escalante. Instaló un sistema de riego para que el parterre recibiera agua y fungicidas por goteo y difusores, con el fin de humedecer el ambiente. "Madrid es demasiado seco aunque espero que sobrevivan", afirma Escalante.

Fernando Capa: Secretos de la puerta-árbol

Son conocidas como "las puertas de Cristina Iglesias" por el nombre de su escultora. Pero sin el esfuerzo del taller de Fernando Capa nunca habrían existido más allá de los bocetos.

"Hemos trabajado con una técnica antigua, a la cera perdida, para conseguir esa textura rugosa de las ramas. Lo primero fue sacar un molde de silicona a partir de la escultura que nos trajo Cristina. Después se rellenó el molde con cera y material refractario (que soporta los 1.200 grados). De esta forma, cuando se somete al calor la cera desaparece y quedan los huecos donde se vertirá finalmente el bronce", desvela Capa.

De todo el proceso, afirma que lo más difícil fue el montaje de las seis piezas, de 6.000 kilos cada una, con un sistema hidráulico para abrir y cerrar las puertas. "No había mecanismos en el mercado para mover semejantes piezas, porque no se había hecho antes. Esta obra es única".

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