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sábado, 5 de octubre de 2002

Una exposición en Roma reconstruye la huella de Rembrandt en el arte veneciano

200 grabados y óleos reflejan la pasión del pintor por el retrato y su dominio del claroscuro

La influencia del Rembrandt grabador fue enorme entre los artistas venecianos de finales del siglo XVII y del XVIII, que se inspiraron en sus diseños de profundos claroscuros para representar su propia visión de los mitos bíblicos. La prueba de esta huella profunda puede comprobarse en la exposición Rembrandt, cuadros, grabados y su reflejo en el 600 y 700 italiano,que se inaugura hoy en Roma. La muestra reúne cerca de 200 grabados y una docena de óleos del maestro holandés, procedentes sobre todo del Rijksmuseum de Amsterdam y de otros museos internacionales, entre ellos el Prado, que ha prestado el cuadro Artemisa, además de una selección de obras de autores italianos.

Los organizadores de la exposición, que permanecerá abierta hasta el 6 de enero en las salas de las Caballerizas del Quirinal, suministran lupas a los visitantes para que puedan examinar con la atención de un coleccionista los detalles de los grabados de Rembrandt. Al contrario que otros artistas de su tiempo, Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669) no consideró nunca el arte del grabado un aspecto secundario de su producción. Durante bastantes años se entregó a la experimentación de las técnicas de impresión, buscando efectos de sombras, hasta convertirse en maestro absoluto de un proceso que realizaba personalmente, utilizando con frecuencia para las estampas costoso papel japonés.

Sus grabados y sus óleos corren parejos en personalidad de diseño y dominio del claroscuro. La exposición romana permite comprobar la pasión de Rembrandt por la experimentación al ofrecer colocadas una junto a la siguiente las diferentes pruebas de un grabado. El recorrido artístico del pintor y grabador se resume en ocho salas, que se completan con dos salas dedicadas a los alumnos italianos.

El núcleo esencial de la exposición son los grabados sacados de los álbumes originales del propio artista, que se conservan hoy en el Rijksmuseum de Amsterdam y en el British Museum. Son piezas que permiten adentrarse casi en el taller del pintor holandés y comprobar de cerca el proceso de creación de sus obras.

Años de aprendizaje

La exposición comienza en la sala de los autorretratos, verdadera obsesión del pintor holandés, que pasa por ser uno de los artistas que más se han representado en óleos, dibujos y grabados. Los primeros grabados que lo representan son de 1628; los últimos, de 1658. Son años de aprendizaje en los que el pintor recurrirá no sólo al punzón de grabar, sino a una pluma de caña para dar un efecto más difuminado a la estampa. La precisión de las imágenes, que en Rembrandt no llega a ser nunca molesta, se aprecia gracias a la iluminación de las salas, casi todas en semipenumbra, con el único foco de luz colocado sobre cada uno de los grabados y de los cuadros.

Rembrandt se representa joven, tocado de boina, con el pelo largo y despeinado y con una ligera perilla, o, como en el lienzo prestado por el Petit Palais de París, en traje de oriental. Los rasgos gruesos de su rostro, dominado por una rotunda nariz, varían a medida que el pintor envejece. 'Rembrandt ambicionó desde el principio dotar de detalles personales a sus cuadros', explica el especialista holandés Ger Lujiten, 'en el colorido, donde dominan los amarillos y marrones; en la pincelada suelta y vivaz; en el juego de claroscuros muy pronunciado, y, sobre todo, en la elección del momento del relato bíblico o mitológico representado, lo que los históricos han llamado estilo iconográfico'.

El artista no se limita, con todo, a los motivos bíblicos o mitológicos. La muestra recoge algunos grabados eróticos de sorprendente crudeza y perfección. Es el caso de El monje en el campo de grano, que representa a un fraile haciendo el amor con una mujer de la que sólo se muestran las piernas, en medio de un campo de trigo crecido. La mayor parte de los grabados se atienen, sin embargo, a las estrictas costumbres de la época en materia sexual, es decir, ignoran este aspecto.

Imágenes como el grabado Autorretrato mientras graba un plancha frente a la ventana o Las tres cruces, que se presenta en las diversas fases del proceso, constituyen algunas de las mejores piezas de la exposición, dominada, sin embargo, por la belleza suprema de la Artemisa prestada por el Museo del Prado.

La fama

Y es que el Rembrandt grabador no puede superar al Rembrandt pintor y el visitante se detiene con especial interés en la docena de óleos que sirven de contrapunto a los grabados. Aunque faltan los principales cuadros del pintor, destaca la belleza de El viejo adormecido, de 1629; del Autorretrato en traje de oriental con perro; del lienzo Un oriental, fechado en 1635, cuando Rembrandt gozaba ya de considerable fama en su país, y, sobre todo, del Joven con gorguera y gorra, del que deslumbra tanto la expresión del modelo como la espléndida representación de la capa de terciopelo marrón, además del autorretrato de 1659 que representa al artista maduro, con un dejo de amargura en la mirada.

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Unos visitantes contemplan un autorretrato de Rembrandt. / EPA

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