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Jacobo Sureda, el amigo ultraísta de Borges

El escritor argentino mantuvo un intenso intercambio epistolar con el poeta mallorquín

Muerto de tuberculosis en 1935, a los 33 años, Jacobo Sureda ha permanecido hasta ahora en un olvido injustificado que nunca mereció. Poeta y pintor, Sureda firmó en 1921 con Jorge Luis Borges uno de los manifiestos del ultraísmo, redactado, como otros, en la España que soñaron las vanguardias artísticas antes de la guerra civil. Autor de un único libro, impreso por él mismo en Alemania, El prestidigitador de los cinco sentidos, Jacobo Sureda mantuvo durante años una intensa correspondencia con Borges. Fragmentos de estas cartas muestran la personalidad del poeta mallorquín, del que Borges llegó a afirmar: "Baroja y Unamuno y Jacobo Sureda son de los pocos hombres totales que cuenta el siglo".

En 1922, Jorge Luis Borges escribía desde el vapor correo Reina Victoria Eugenia, de la Compañía Trasatlántica Barcelona, una carta pidiendo auxilio al mejor amigo abandonado en Europa: "Escribe, hombre Jacobo, y escribe largamente. No me abandones en el destierro de la ciudad cuadriculada de los jovencitos que hablan de la argentinidad y del civismo y de lo que significa el general Bartolomé Mitre para los siglos venideros. ¡Horror! ¡Horror!".El espanto del joven Borges por el retorno a su continente alejado, después de seis años de vivir con su familia en Suiza (en otra carta Borges reconoce profesar a los suizos "una cordial antipatía": "Son unos horteras") y España, lo sumió en la añoranza de una amistad entrañable. Con Jacobo Sureda -el destinatario único de una apasionante colección de cartas-, Borges había firmado en 1921 uno de los manifiestos ultraístas que siguieron al estimulado-por Cansinos-Asséns y la revista Grecia (entre otros). Con otros dos mallorquines, Fortunio Bonanova y Juan Alomar, los dos amigos habían publicado en la revista Baleares un texto y unos poemas que, según el mismo Borges, constituyeron un "escándalo mayúsculo" y que provocaron a "una piara de fósiles que prometían ultimarnos a bastonazos".

Los poetas impetuosos defendieron los futuros imaginados como luz y prestigio de la humanidad despertada y escribieron en el Manifiesto del ultra el resumen axiomático de su programa de convicciones: "Nuestro credo es no tener credo. No pretendemos rectificar el alma, ni siquiera la naturaleza. Lo que renovamos son los modos de expresión".

El manifiesto provocó en la pequeña ciudad de Palma una polémica tan dura como irrelevante y perecedera. A pesar de las blasfemias masticadas contra la isla por el pintor sueco Wetsman ("Está furioso con las fiestas, dice que el Papa es el anticristo y que la beata Catalina es un ídolo y que la Biblia no la conocen ni por las tapas los payeses...", cuenta Borges a Jacobo Sureda), los ultraístas conspiraban de espaldas a la capacidad telúrica de la isla por arruinar los entusiasmos contingentes. Jorge Luis Borges y Jacobo Sureda inventaban tretas para remover el paseo de los intelectuales socios del Círculo Mallorquín: "¿Qué te parece", escribe Borges, Ia idea de publicar una prosa denunciadora de las demencias ultraístas? Esta prosa la publicaríamos en Ultima Hora, o más, en L´Ignorància, con una firma cualquiera. Así asustaríamos tal vez al enemigo taciturno. Claro que mencionaríamos también nuestros excelsos nombres".

Una extensa correspondencia

Las cartas escritas en Mallorca o en Buenos Aires por Borges, y celosamente guardadas por Emilia Sureda, una de las hermanas de Jacobo Sureda, y por Pilar Sureda -la única hija del poeta-, muestran las conspiraciones literarias urdidas por los jóvenes poetas, el humor robusto de su inteligencia y los diálogos de una amistad ejemplar que aniquiló la muerte de Jacobo, a los 33 años, después de pasear los pulmones heridos por los sanatorios de la agonía.

La complicidad de estos dos jóvenes amigos -protagonistas ya de una larga historia que sólo Borges deseaba- y sus ensayos literarios los muestran como penetrantes observadores de su prójimo desvalido y dispuestos a herir aún más la herida de la ciudad desconcertada: "Espero verte pronto", escribe Borges el 24 de octubre de 1920, "y continuar con ímpetu, bravura verbal y mala fe exquisita la cruzada polérnica contra el eunuquismo y la envidia". "Creo que conviene unificar nuestras fuerzas y aniquilar al enemigo con el artículo blindado firmado por ambos". Toda esta corres pondencia, recogida en pliegos y carpetas oscuras y escondida en uno de los últimos baúles de la gran familia Sureda - 14 hermanos hijos de un mecenas intelectual, Juan Sureda, y de una pintora, Pilar de Montaner-, recoge las primeras reflexiones literarias de Jorge Luis Borges y el monólogo de éste con uno de los poetas mallorquines más atractivos y más descuidados.

Sólo las salutaciones pensadas y escritas por Borges pueden dar una idea de la admiración que causaba Jacobo Sureda: "Gran compañero y hombre enredado en silencios y lejanía"; "te abraza con el fervor de su alma que tiene las ventanas abiertas de par en par hacia tu corazón"; "hacia ti se arremolinan golpeándose con las alas los saludos más fervorosos de Jorge Luis Borges". La distancia y el tiempo vacío entre los dos poetas perfeccionaba la retórica ilustrada y sincera de su cortesía: "En el hueco de mi alma acorralada como la tuya por el silencio hirsuto y tupido de los ausentes ha caído tu carta: me ha puesto desbordante el corazón".

Tiempo después, desde la calle de Bulnes, 2216, de Buenos Aires, Borges insiste y repite la llamada: "Contéstame; no me abandones en este destierro abarrotado de arribistas, de jóvenes correctos sin armazón mental y de almas decorativas. Te abraza furiosamente tu hermano". Borges lamenta todavía el regreso: "En general, mis compatriotas me parecen gente buenísima, pero bastante desdibujados y borrosos. Los poetas argentinos son pésimos: les da por el sencillismo y hacen unos versitos mansos sobre los niños y las vacas". El interés de Borges por la obra y trabajo de Jacobo es constante y aparecen siempre peticiones de poemas o artículos para la revista Proa o para otras publicaciones literarias argentinas. "Envíame algo de lo que escribes. Ya sabes cuánto me interesa lo que haces. Qué estupendo sería forjar el año que viene un Ebro en complicidad, un libro de nihilismo alegre y definitivo donde hubiese de todo: metafísica, ultraísmo, greguerías y, al final, una refutación del libro y de su plan y de sus egoísmos".

Diálogo poético

Y así, entre consideraciones y advertencias literarias -"el ingenio o el seudoingenio son los enemigos que nos acucian como han acuciado y envenenado toda la literatura de nuestra lengua"-, Borges y Sureda intercambian noticias sobre proyectos e invenciones: "Con Macedonio Fernández y con Nabove", escribe Borges, "proyecto urdir una novela fantástica en colaboración. El argumento, ideado por mí, trata de los medios empleados por los maximalistas para provocar una neurastenia general en todos los habitantes de Buenos Aires y abrir así camino al bolchevismo. El medio empleado por los maximalistas es la multiplicación de muchas pequeñas molestias que, insignificantes cada una en sí, carcomerían combinadas los ánimos de todos. Por ejemplo: que los pianos de manubrio no tocasen nunca entera una pieza, sino la cortasen por la mitad; que se llenase la ciudad de objetos inútiles, como barómetros; que se aflojasen las varillas de los tranvías donde se agarra la gente. No hay gran peligro de que escribamos jamás esa novela...".

Una de las últimas cartas conservadas por Emilia Sureda, restos de confusos traslados de muebles y cambios de casa, contiene la declaración más explícita de Borges: "Ando buscando la manera de salir de esta media nombradía en que estoy metido, de esta media fama de literato a quien los otros literatos leen pero que no llega hasta el público. Estoy volviendo a una llaneza criolla en el decir y a un vocabulario austero, sin lujos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de febrero de 1985