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COLUMNA
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La Mafia de Memphis lo confirma: Priscilla fue víctima de lo peor de Elvis

El documental ‘Elvis & Priscilla: Conditional Love’ recurre al entorno del rey del rock para contar la relación tóxica entre él y la chica a la que se llevó a una jaula de oro

Priscilla y Elvis Presley, entrando en un avión tras su boda en Las Vegas en 1967.Foto: BETTMANN/ GETTY | Vídeo: EPV
Ricardo de Querol

Con las biografías está más aceptado el destripe. En espera de Priscilla, la película de Sofia Coppola sobre la novia-esposa-viuda de Elvis Presley, que acaba de estrenarse en los cines con buenas críticas, recurro a un spoiler voluntario: un documental sobre aquella relación un tanto tóxica, que entonces se presentó en los medios como una historia romántica y que con ojos de hoy da mucha grima. Se llama Elvis & Priscilla: Conditional Love, está en Prime Video y no podemos descartar que fuera ideado para adelantarse algunos meses al filme, sin aspirar a competir con este en su ambición.

El interés de Condicional Love está en que recopila los recuerdos de una serie de testigos de la convivencia entre una chica encerrada siendo una adolescente en la jaula de oro de Graceland, la mansión de Elvis en Memphis, y la primera gran estrella del rock. Un género que no había creado él (sino gente como Chuck Berry, Little Richard o Sister Rosetta Tharpe), pero que llevó al público masivo con su voz perfecta, su belleza, su piel blanca y su forma de mover las caderas. Esos testigos son miembros de la Mafia de Memphis, como se llamaba al círculo de amigos que lo acompañaban a todas partes, lo adulaban, trabajaban para él como asistentes o guardaespaldas y (esto no lo lograron del todo) trataban de cuidar de él. Hablan aquí los más cercanos, de los pocos que asistieron a su boda: Lamar Fike, Sonny West, Marty Lacker y el que se considera su mejor amigo: Jerry Schilling. Algunas de estas conversaciones son grabaciones anteriores porque los tres primeros están muertos.

Priscilla Ann Beaulieu Wagner tenía 14 años, era huérfana de padre desde pequeña (de un piloto muerto en accidente aéreo) y había hecho demasiadas mudanzas con su madre y su padrastro, un oficial de la fuerza aérea instalado en la base militar de EE UU de Friedberg, en Alemania. Allí se aburría y le faltaban amigos cuando Elvis Presley, a los 24 años, llegó a cumplir el servicio militar y coincidieron en una fiesta. Por lo que se cuenta aquí, el rockero estaba más encaprichado que enamorado de ella. Cuando regresó a Los Ángeles convenció a los padres de la chica de llevársela con él. Tardó poco en encerrarla en Graceland mientras filmaba películas en Hollywood: por entonces Elvis “tenía más novias que amigos”, dicen estos últimos.

Se definió a sí misma como “la muñeca viviente de Elvis”. El cantante quería tener a su lado a una adolescente virginal a la que moldearía a su antojo; para desfogarse en la cama tenía a otras. Y la Mafia da veracidad a que no consumaron su relación hasta su noche de bodas en 1967, después de una ceremonia de ocho minutos en Las Vegas. A ese matrimonio fue Elvis empujado por su siniestro representante, el Coronel Parker. Se pone en boca del músico: “Me obligan a casarme”; se dice que ese día lloró.

Lisa Marie nació a los nueve meses de la boda: Priscilla no quería haberse embarazado tan pronto, pero Elvis no le dejó tomar la píldora. Paradójico, porque antes la había introducido en esas otras píldoras (para mantenerse despierto, luego para dormir) de las que tanto abusaba. Tampoco intimaron mucho después de ser padres: el documental sostiene que a Elvis no le atraía ninguna mujer que ya hubiera sido madre. Cuando se instaló en Las Vegas, tampoco se la llevó. Según sus amigos, era ella la que estaba casada, mientras Elvis vivía como si no lo estuviera. Priscilla combatió esa soledad con al menos dos relaciones efímeras, con dos profesores, uno de baile y otro de kárate.

La relación de esta pareja fue insana de principio a fin. En algún momento, dicen los miembros de la Mafia, ella quería apartar a Elvis de ellos, para lo que tenía motivos. Sin embargo, cuando Schilling se acercaba a Priscilla, para interesarse por si estaba bien, Elvis enfurecía de celos, aun sabiendo que no estaba bien. Cuando ella le reprochó su lío con la actriz Ann-Margret, él le dijo: “Quiero una mujer que entienda que cosas como esta pueden ocurrir. ¿Eres esa mujer?”. También se cuentan aquí escenas de violencia, con lámparas volando por el dormitorio, lo que los amigos omnipresentes escuchaban desde el otro lado de la puerta. Y, lo peor de todo, que tras un largo tiempo en que no quiso tocarla, él un día la violó.

Se divorciaron en 1972 pero, como la imagen importaba, salieron del juzgado cogidos de la mano. Los compañeros de Elvis son francos al relatar la caída en picado del cantante, deteriorado en su salud física y mental por su adicción a los fármacos, hasta su muerte en 1977. Y, sin embargo, creen que después del divorcio tuvieron una mejor relación, que ya sin ataduras surgió cierta complicidad. Al morir Elvis, Priscilla dio un paso para dedicarse a gestionar su legado. Pero no se guardó todo lo vivido: en 1985 escribió la autobiografía Elvis y yo, que sacó a la luz sus desdichas y que ahora se convierte en película. Dice Sofía Coppola que su filme no mantiene a Elvis en un pedestal, pero tampoco lo muestra como un villano. Que prefiere no juzgarlo.

El artista fue tan grande, todavía lo es, que su lado más siniestro se nos escapaba. Y no era ningún secreto, bastaba con fijarse bien.

Vídeo: EPV

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Sobre la firma

Ricardo de Querol
Es subdirector de EL PAÍS. Ha sido director de 'Cinco Días' y de 'Tribuna de Salamanca'. Licenciado en Ciencias de la Información, ejerce el periodismo desde 1988. Trabajó en 'Ya' y 'Diario 16'. En EL PAÍS ha sido redactor jefe de Sociedad, 'Babelia' y la mesa digital, además de columnista. Autor de ‘La gran fragmentación’ (Arpa).
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