Crítica
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‘La casa de papel’: Demasiado tiempo confinados

No se puede decir que la serie no se haya mantenido fiel a sí misma. Mantiene las mismas fortalezas y las mismas debilidades

Álvaro Morte, en la cuarta entrega de 'La casa de papel'.

La población de medio mundo lleva semanas encerrada en casa. La cuarentena se vuelve larga. Pero los que parece que lleven media vida entre cuatro paredes son los ladrones de La casa de papel. Los dos confinamientos, el de la vida real y el de la ficción, tendrán un final, por supuesto. Pero los dos se hacen demasiado largos.

No se puede decir que La casa de papel no se haya mantenido fiel a sí misma. Desde el principio, ha tenido las mismas fortalezas y las mismas debilidades. Las dos primeras entregas, las que se emitieron en Antena 3 y se volvieron un repentino éxito mundial en Netflix, tenían momentos de adrenalina pura con unos personajes cuyas motivaciones era imposible no comprender. La mezcla de acción desenfrenada y drama emocional funcionaba muy bien. Visualmente, La casa de papel era (y es) un cañón, con un uso del color, de la luz y la iconografía que la hace reconocible en cualquier parte del mundo, se hable el idioma que se hable. En su paso a Netflix, con dos nuevas tandas de capítulos después de que el primer atraco tuviera un final cerrado, ha mantenido y reforzado esa apuesta estética y la buena conjunción con la música que le acompaña, muy bien ejecutados desde la dirección. Personajes carismáticos y diálogos repletos de frases ideales para ser estampadas en camisetas hicieron el resto. Además de ese factor misterioso que nadie sabe qué es y que convierte unas series en éxitos mientras que deja a otras sepultadas por la marea de contenido.

Tras ver cuatro capítulos de los ocho que llegan este viernes a Netflix, también se constata que La casa de papel vuelve a tropezar con las mismas piedras que en su primera etapa. Entonces, como ahora, ya tuvo altibajos en el desarrollo de la historia, con un tramo central demasiado alargado. El arranque de la cuarta entrega retoma la historia en el punto en el que se quedó: los ladrones dentro del Banco de España pasando por momentos complicados y una de ellos, Nairobi, al borde de la muerte, mientras El Profesor sigue creyendo que Lisboa ha muerto a manos de la Policía, cuando en realidad solo está retenida. Pero muestra síntomas claros de desgaste una historia que ya se va alargando demasiado y a la que le cuesta cada vez más sorprender al espectador, que ya sabe de qué son capaces unos y otros. Los robos, tanto el de la Fábrica de Moneda y Timbre como el del Banco de España, se han alargado durante demasiados capítulos. Tampoco parece que a estas alturas tenga mucho sentido mantener los flashbacks de Berlín, El Profesor y Palermo más allá de poder seguir contando con el personaje de Pedro Alonso.

La casa de papel, como Élite hace unas semanas, llega a Netflix en el mejor momento, con millones de personas encerradas en sus casas y locas por tener un entretenimiento al que engancharse. El bombazo, en cualquier caso, está asegurado.

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