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Elecciones en EE UU
Tribuna
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‘Midterms’ y redes sociales

Hay una batalla entre quien ha de morir, si las plataformas y su negocio de intoxicación, o los estados de derecho

Elecciones medio mandato EEUU
Mitin del candidato republicano de Pensilvania, Doug Mastriano, el domingo.LEAH MILLIS (REUTERS)
Paloma Llaneza

A estas alturas de Brexit fallido y de toma por la fuerza del Capitolio estadounidense ya nadie cuestiona el impacto de las plataformas de servicios monopolistas en el resultado de cualquier elección por encima de la del presidente de nuestra comunidad de vecinos. De nada vale que sepamos que, en su origen, estos servicios no se diseñaron para dañar la democracia, sino para hacer realidad los sueños tecnológicos de una generación nacida del frío. La verdad cruda es que la búsqueda del beneficio de sus accionistas, su escala, su plurijurisdiccionalidad, y su potencia en el conocimiento individual los convierten en una herramienta potentísima de conocimiento del alma de un país y, en consecuencia, de su manipulación.

Mientras en España estamos en campaña desde la vuelta del verano, en EE UU no salen de una para entrar en la siguiente. Ahora nos toca las Midterms o elecciones de renovación por mitad del Congreso y el Senado que se producen a los dos años de la elección presidencial. El sistema estadounidense de “check and balance”, de equilibrio entre los tres poderes del estado, hace al presidente, el ejecutivo en el modelo de separación de poderes, muy dependiente de las mayorías en las cámaras legislativas. Algo que debería ocurrir aquí si no fuera porque la separación de poderes es meramente nominal y tenemos una partitocracia y no una democracia. Pero eso será para otro día. Las elecciones de medio mandato son no solo un referéndum sobre el presidente (que las suele perder) sino que marcan lo que resta de su mandato. De hecho, cuando un presidente estadounidense pierde, a través de su partido, el control de las cámaras (con perder el senado ya es suficiente) ve mermadas sus oportunidades de sacar su programa interno de reformas y se concentra en algo en lo que tiene más poder de lo que sería deseable: la política exterior. Ya solo por este motivo a nosotros, mortales sujetos a una inflación galopante al otro lado del Atlántico, deberían preocuparnos el resultado de estas elecciones. Pero también porque los servicios tecnológicos que recibimos a cambio de nuestros datos son regulados en EEUU y lo que ocurra allí impactará aquí en tiempo real.

Una cuestión recurrente es el control del contenido por parte de las plataformas y el impacto que ello tiene en la libertad de expresión de cada uno de sus usuarios. Este es un debate sobre el que me pronuncié pero al que volvemos siempre porque es existencial: si se hace responsable a Meta, Google o Twitter sobre el contenido de lo que sus usuarios publican, como un editor, tendrían serios problemas para seguir operando. Si no se les hace, y mi opinión es que lo son porque moderan y deciden lo que se publica y lo que no, seguiremos enlodados en las verdades y hechos alternativos, las campañas de bandera de desestabilización, y el acoso y derribo a base de comportamientos abusivos que no permitiríamos, en aras de la libertad de expresión, ni en el siempre mencionado bar de la esquina, el referente del comportamiento del español medio. Y esto es existencial para todos nosotros como sociedad que quiere seguir viviendo de manera civilizada. Como la solución al problema supondría, de facto, la muerte de estas plataformas, todos, reguladores, los prestadores de servicios, los estados, andan buscando soluciones esquizoides que no contentan a nadie y que consisten, en general, en moderar un poco pero a disgusto de todos.

Con vistas a las Midterms nos hemos vuelto a enfrentar a este debate que va desde la llamada “parcialidad algorítmica” de los filtros de correos de Google a las medidas de moderación de las redes sociales. Los miembros del partido republicano (GOP), ese que ha entrado en una deriva de subjetivación de la verdad propia de un programa de Jiménez del Oso, se vienen quejando los últimos años de que Google les censura (poco me parece, diría yo). Y no solo en las búsquedas, sino en los filtros de Gmail. Esta parcialidad algorítmica fue señalada en estudio de marzo de 2020 que habría demostrado que los correos electrónicos de recaudación de fondos de los conservadores iban directamente a la carpeta de spam. En los últimos meses, los republicanos del Senado han tenido problemas con la recaudación de fondos en Internet, quedando por detrás de los demócratas, lo que limita sus posibilidades, o eso afirman, de volver a controlar el Congreso. A pesar de que Google cuestionó la metodología del estudio, inició un programa piloto, que ya está plenamente operativo, que permite que los correos de las campañas federales aprobadas se salten los filtros de spam.

En agosto, TikTok desveló su estrategia para luchar contra la desinformación, que incluía la prohibición de contenidos políticos pagados por parte de los influencers, después de que Facebook y Twitter también esbozaran una serie de medidas para prepararse para las elecciones de noviembre tras enfrentarse a un aluvión de críticas por alimentar la difusión de información falsa durante las elecciones anteriores. Entre las medidas, TikTok ha incluido un Centro de Elecciones para “conectar a la gente” con “información fidedigna” sobre las votaciones en más de 45 idiomas. Esta estrategia se publicó solo tres días después de que el New York Times informara de que, por su algoritmo, viralidad y número de usuarios, la plataforma tiene el potencial de convertirse en una “incubadora” de información falsa. Algunos además temen que el contenido de vídeo y audio de TikTok sea más difícil de moderar que el texto de otras plataformas.

El informe del Bipartisan Policy Center, un grupo de expertos con sede en Washington formado por ex trabajadores de estas plataformas, cree que estas medidas son insuficientes y que deberían extenderse más allá de los tres meses previos a las elecciones.

Pero hay otra vuelta de tuerca a todo este panorama embarrado. La amenaza de que el Senado estadounidense sea controlado por el GOP y, por tanto, sea más hostil con las empresas de Silicon Valley, al que, como hemos dicho, acusan de censura, es una realidad que hace preguntarse si las tecnológicas, más grandes que muchos países, tienen un interés en el resultado electoral. Blake Masters, uno de esos candidatos trumpianos que viven en la realidad de los hechos alternativos, se presenta por Arizona pidiendo la “derogación” total de la Sección 230, la norma que establece la irresponsabilidad sobre el contenido de las plataformas como Meta o Google. La mera posibilidad de perder esta protección supondría una avalancha de demandas en todo el mundo que, muy probablemente, les obligaría a cerrar o “sumergirse”, una propuesta que Zuckerberg puso encima de la mesa antes de optar por el metaverso como ruta de escape de los reguladores. Trump ya amenazó con derogar la Sección 230 y fue la primera vez que vimos a Zuck con traje y corbata en la Casa Blanca. Pero en esta ocasión la propuesta está ganando empuje ayudado por la financiación de Peter Thiel -para quien trabajaba el candidato según su propia biografía-, fundador de PayPal, personaje oscuro, radical, con bastante mala baba y que está detrás de Palantir, una de las empresas de análisis de datos que más recuerda al malo con gato de las películas de James Bond.

La victoria de este tipo de candidatos es una cuestión también existencia para la democracia estadounidense y, puede, que para la nuestra. En esta batalla entre quien ha de morir, si las plataformas y su negocio de intoxicación o los estados de derecho, miedo me da hacer una apuesta.

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Sobre la firma

Paloma Llaneza
Es abogada, ensayista e ikebanaka. Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense y Diplomada en Altos Estudios Europeos por el Colegio de Europa en Brujas Lleva ejerciendo como abogada, auditora y redactora de estándares en España, Europa y EEUU. Autora de ‘Datanomics’ (Planeta- Deusto) y la novela ‘Apetito de riesgo’ (Libros.com)

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