La victoria de los troles: de cómo Internet se ha convertido en la vida real

El asalto al Capitolio se gestó en gran medida en las grandes plataformas y en oscuros foros donde crecen las teorías conspiratorias

Uno de los simpatizantes de Donald Trump en el asalto al Capitolio de Estados Unidos el pasado miércoles.
Uno de los simpatizantes de Donald Trump en el asalto al Capitolio de Estados Unidos el pasado miércoles.Manuel Balce Ceneta (EL PAÍS)

Hace unos días, el presidente de EE UU, Donald Trump, hablaba por teléfono con el secretario de Estado de Georgia en una conversación que destapó The Washington Post. Quería insistir en un nuevo recuento electoral. Trump recurría sin parar a una historia ya desmentida sobre una trabajadora electoral que presuntamente habría colado miles de votos para su rival, Joe Biden. Como argumento de autoridad, Trump dijo: “En Internet la conoce todo el mundo”. Y también: “Era tendencia en Internet”. Para rematar, Trump añadió una pregunta retórica perfecta: “¿Sabes, Internet?”. La base de los argumentos de Trump era “Internet”. Puede parecer una locura, pero ese Internet de Trump ya no puede despreciarse.

En los últimos cuatro años se ha afianzado una idea central para el futuro de nuestras sociedades: la vida digital está cada vez más cerca de la vida real. Para Donald Trump, lo que salía en la red era la realidad. El asalto del 6 de enero al Capitolio ha sido la última evidencia de que ya no se puede decir que las teorías, amenazas o tramas que emergen en Internet se quedarán en Internet. Nuestra realidad dependerá cada vez más de la red. Y ahí hay cada vez más cosas.

Ese Internet no es obviamente el único medio para entender esa realidad: el altavoz de la presidencia de EE UU y el coro de muchos medios tradicionales, tanto en televisión como en soporte digital, tienen un papel fundamental en el proceso que se ha vivido en los últimos cuatro años. Pero su peso ha crecido sin parar. Y tres ejemplos lo prueban. Primero, en un oscuro foro nació y creció QAnon, el paraguas para docenas de teorías conspirativas que afirma que el mundo está en manos de una red de progresistas pedófilos y que un personaje llamado Q, probablemente Trump, nos salvará. Segundo, las grandes redes han seguido siendo el altavoz de Trump y el espacio donde cientos de líderes de opinión afines al presidente han difundido sus opiniones. Tercero, en oscuras webs y redes sociales alternativas han debatido y compartido docenas de historias que justifican cualquier creencia. Algunas de esas plataformas son más conocidas, como Gab, Parler, Telegram, 8kun o Discord. Pero otras son menos célebres: TheDonald(.)win, Voat(.)co, MeWe, Zello, DLive.

La culminación de este proceso ha conducido a una victoria de los troles. “Los eventos en Washington nos muestran una vez más que el activismo y la acción colectiva online tiene consecuencias en el mundo offline”, dice Claudia Flores Saviaga, Facebook fellow y doctoranda de la Universidad de Virginia Occidental. En un artículo científico de 2018 titulado Movilizando el tren de Trump, Flores Saviaga y otros dos autores explicaban cómo algunas innovaciones tecnológicas son explotadas por campañas presidenciales cuatro años después de su aparición: la propia web, los blogs, Facebook o Twitter. “Las plataformas que filtran información como Reddit fueron explotadas políticamente en 2016 en forma de comunidades de troleo”, dice el artículo. Cuatro años después han demostrado su eficacia. Es inevitable ver en las vestimentas y la actitud de los asaltantes del Capitolio una mezcla rara de personajes estrambóticos y declaraciones psicodélicas. Es decir, perfectos troles que viven de memes. Este calificativo lógicamente disimula la diversidad de grupos y objetivos radicales que oculta la multitud.

“Como las redes sociales están moderando el contenido inapropiado en sus redes, los troles políticos han preferido otras plataformas más cerradas y encriptadas, como Discord, que les ofrecen libertad para expresarse”, dice Saiph Savage, directora del Human Computer Interaction Lab de la Universidad de Virginia Occidental y otra de las autoras del artículo. Este movimiento hacia plataformas más cerradas es uno de los hitos de los últimos cuatro años. Las grandes redes sociales siguen siendo centrales, pero ya no están solas en este nuevo panorama.

Las redes tradicionales reciben dos acusaciones claras en este proceso.

1/ El algoritmo amplifica el contenido extremo. La idea no es nueva. El contenido más emocional, simple y extremo llama la atención. Los tabloides han vivido de estas premisas desde el siglo XIX. El algoritmo de las grandes redes ha perfeccionado el concepto. En mayo el Wall Street Journal sacó una valiosa exclusiva sobre debates internos en Facebook acerca de su algoritmo. “Nuestros algoritmos explotan la atracción del cerebro humano por la división”, advertía una presentación de ingenieros de Facebook de 2018, según el periódico estadounidense. “Si los dejamos así, Facebook dará más y más contenido divisivo en un esfuerzo de ganar la atención e incrementar el tiempo en la plataforma”. ¿El resultado? Más gente y más tiempo en Facebook supone más anuncios. Los dirigentes de la plataforma desecharon los hallazgos de sus ingenieros.

En los últimos años Facebook se ha convertido en el gran tabloide del mundo. Sus contenidos van más allá de las fake news. En el intenso debate académico sobre si las cámaras de eco existen, la última aportación, aún a la espera de revisión, viene del Oxford Internet Institute. ¡Las cámaras de eco existen!, se titula provisionalmente el artículo. El argumento hasta ahora era que en las redes estamos expuestos a puntos de vista más diversos que cuando leíamos nuestro periódico favorito. Por tanto no había cámaras de eco tan evidentes. Pero las nuevas evidencias apuntan a que vemos ese contenido opuesto a nuestras creencias solo para que sea rebatido por nuestra cámara de eco y sigamos viviendo aún más confortablemente con nuestras ideas.

2/ La capacidad de reclutar. La mudanza de los fans de Trump a páginas más ocultas tiene para ellos un problema evidente: en Instagram o Youtube hay millones de personas a las que atraer. Una vez se encierran en sus chiringuitos, es más difícil encontrar nuevos fans.

“Está claro que hay un efecto de descubrimiento en la red. En los últimos cuatro años conspiraciones relacionadas con QAnon han ido filtrándose desde los extremos hacia el centro, en parte porque eran asumidas por tipos normales en Instagram y Facebook”, dice Nahema Marchal, investigadora del Oxford Internet Institute. “Las plataformas permitieron que ese contenido se amplificara”, añade. Ese conocimiento permite también, según Marchal, búsquedas dirigidas. “Una vez alguien empieza a buscar cosas en la Red buscando un tipo de vocabulario extremo, pueden encontrarse fácilmente en un ecosistema informativo alternativo”. Las palabras con que se busca cuentan.

Los troles por tanto no van a esfumarse del todo de las redes tradicionales. Allí hay que estar para darse a conocer. Es como los grupos religiosos que se ponen en las calles céntricas para dejarse ver y sonreír a los que dudan. Luego, en su templo ya los acabarán de convencer. Pero hay que estar en el lugar por donde pasan millones, aunque sea en los comentarios:

Pero si las redes prohíben o limitan sus contenidos, ¿cómo lo hacen? La moderación ha limitado los contenidos radicales, pero eso no significa que los haya extinguido. En Facebook sigue habiendo docenas de grupos sobre Stop the Steal para denunciar el hipotético robo electoral. En Twitter montones de cuentas hablan aún de QAnon, que en teoría está prohibido. En ambas redes, las cuentas de Trump y muchos de sus lugartenientes están solo suspendidas, no bloqueadas.

Su capacidad para emitir mensajes radicales sigue intacta. Una vez han sido captados por el nuevo ecosistema, pueden ser convencidos con más facilidad. Un artículo científico de finales de 2020 explica cómo las comunidades que se crean después de que un grupo sea expulsado tienden a ser más radicales y menos numerosas. “Una posible explicación para el crecimiento de las plataformas extremas es que permiten opiniones más radicales, así que ya los usuarios no deben reprimirse”, dice Manoel Horta Ribeiro, investigador de la Escuela Politécnica de Lausane y uno de los autores del estudio. “A la larga, esto puede significar que en esas plataformas, ideas que serían eliminadas de Reddit, como apoyar la guerra civil, prosperen libremente”, añade. Entre los troles del Capitolio, por ejemplo, había tipos con camisetas celebrando Auschwitz.

Esta segmentación creciente de públicos en realidades distintas tiene consecuencias reales. En este contexto, el 6 de enero en el Capitolio es más bien un inicio, no un final.

La solución no es sencilla. “Censurar a Trump en cierto modo es censurar al candidato que apoyan 74 millones de estadounidenses”, dice Flores Saviaga. “Una gran porción de la población puede sentir que su voz no está siendo escuchada. En nuestra investigación hemos visto que en los casos donde se bloqueaba o censuraba contenido pro-Trump incitaba a más participación en redes pro-Trump”, añade.

No solo eso, explica Flores Saviaga, estas redes permitieron la Primavera Árabe o Black Lives Matter. “Es difícil dibujar la línea de que es correcto o no dependiendo de la situación y del país. También es difícil saber quién es el encargado de regular que es lo que pasa dentro de las redes sociales. ¿Los gobiernos? ¿Las compañías tecnológicas?”

Horta Ribeiro cree que una opción es coordinar mejor el bloqueo de estos grupos en las grandes redes para que no puedan saltar de una a otra y coordinar su salida hacia una red afín a sus ideas. Pero tampoco tiene una respuesta clara: “A pesar de que haya varias cosas que las plataformas pueden hacer, aún tenemos muy poca idea sobre qué acciones deberían tomar. Las plataformas tienen a sus equipos trabajando en mejorar sus servicios, pero tienen muy poca idea de cómo valorar si una medida de moderación es buena para el gran esquema de las cosas”, explica. El gran esquema de las cosas es algo que irá emergiendo de Internet hacia la vida real, con más preguntas que respuestas.

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Sobre la firma

Jordi Pérez Colomé

Es reportero de Tecnología, preocupado por las consecuencias sociales que provoca internet. Escribe cada semana una newsletter sobre los jaleos que provocan estos cambios. Fue premio José Manuel Porquet 2012 e iRedes Letras Enredadas 2014. Ha dado y da clases en cinco universidades españolas. Entre otros estudios, es filólogo italiano.

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