Divisiones que el movimiento no se puede permitir

Lo que más puede dañar al feminismo son las divisiones internas y ciertas formas de actuar

La vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, y la portavoz de Ciudadanos en el Senado y líder del partido en Cataluña, Lorena Roldán, en el 8M de Madrid, antes de ser increpadas.
La vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, y la portavoz de Ciudadanos en el Senado y líder del partido en Cataluña, Lorena Roldán, en el 8M de Madrid, antes de ser increpadas. / Europa Press

Si hay algo que hace fuerte al movimiento feminista es la sororidad, esa fraternidad que hace que muchas mujeres de orígenes diferentes y situaciones muy diversas se cojan de la mano para avanzar en la conquista de la igualdad. Décadas de lucha han servido para aumentar la conciencia de injusticia y para impulsar cambios legislativos importantes.

Pero las nuevas generaciones, educadas en la igualdad, han tenido ocasión de comprobar que el hecho de que el discurso político se impregne de feminismo no garantiza el cambio, y que ni siquiera tener leyes que obligan a la igualdad es suficiente para alcanzarla. Si el Me Too ha alcanzado una dimensión global tan contundente es porque la lucha contra el encubrimiento que protegía a quienes abusaban de su poder ha actuado como gran revulsivo unificador. Ha sido el gran catalizador de una nueva oleada de feminismos, que incorpora la savia nueva y la energía de las nuevas generaciones. Conforme queda claro que para que las mujeres avancen los hombres han de retroceder en los espacios de poder y asumir la parte alícuota de sus responsabilidades en el ámbito de los cuidados, la reacción se hace más virulenta. El discurso agresivo de Vox forma parte de esa reacción, pero también ciertas maniobras de distorsión que tratan de poner etiquetas al feminismo, ya sea amazónico o liberal, para desacreditar a los liderazgos y crear confusión.

No son estas las únicas amenazas. Lo que más puede dañar al feminismo son las divisiones internas y ciertas formas de actuar, como las afloradas en las últimas semanas a propósito de la tramitación de las leyes que proyecta el Ministerio de Igualdad. Los intentos de capitalización política de los cambios legislativos, los celos mal gestionados por la pérdida de espacio y protagonismo, un cierto adanismo en la gestión del poder o las filtraciones interesadas son formas de hacer política que quienes actúan en nombre del feminismo deberían desterrar.

Por debajo de esas malas formas afloran otras divisiones que el feminismo tampoco puede permitirse. Son guerras más ideológicas o conceptuales que en la medida que se expresan de forma agresiva, también erosionan su fortaleza. El movimiento es diverso y se ha fortalecido con la incorporación de nuevas generaciones de mujeres que suman nuevas formas de entender la lucha. Todo puede ser discutido y conviene distinguir cuánto de esta división obedece a diferencias sustanciales y cuánto a la dificultad de incorporar nuevas sensibilidades.

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