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¿Antibióticos, vacunas, UCI móviles? El Gobierno trabaja en identificar inversiones sanitarias que puedan computarse como defensa

La estrategia europea de preparación y respuesta a crisis y emergencias propone gastos en medicamentos o logística de salud

La ministra de Sanidad, Mónica García, durante su visita a Valencia para presentar el proyecto de salud mental en las zonas afectadas por la dana.
Pablo Linde

“En caso de guerra, necesitaremos medicamentos”. Esta frase de Donald Trump, pronunciada esta misma semana, pone a las claras una de las estrategias que los países occidentales están estudiando en un contexto de incertidumbre internacional: invertir en fármacos esenciales y de emergencia como parte del gasto en Defensa. El Ministerio de Sanidad está ya trabajando en identificar inversiones relacionadas con la asistencia sanitaria que podrían computarse entre estas partidas, según han confirmado fuentes del departamento a EL PAÍS.

En el ministerio estudian qué elementos podrían ser parte de la defensa y contribuir así a alcanzar los compromisos internacionales, que según dijo el jueves el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, supone llegar al 2% del PIB este mismo verano, algo a lo que fuentes de La Moncloa matizaron que habrá un intento de llegar “lo máximo posible” a ese porcentaje.

La inversión sanitaria más clara que podría computar como Defensa son los fármacos. La ministra Mónica García firmó el 9 de marzo una carta, junto a otros 10 homólogos europeos, en la que solicita a la Comisión integrar la Ley de Medicamentos Críticos ―que contempla la identificación de estos fármacos, su compra y su producción, de ser necesario― dentro de los gastos de Defensa. “Europa ya no puede permitirse tratar la seguridad de los fármacos como un asunto secundario. La Ley de Medicamentos Críticos debe ampliarse hasta convertirse en un programa estratégico completo y eficaz, respaldado por la financiación de defensa de la UE, para garantizar la autonomía estratégica del continente“, reza la misiva.

En la carta, los ministros ponen el ejemplo de los antibióticos: “Imaginen que el suministro se interrumpe en medio de un conflicto en escalada. No se trata de un escenario descabellado. El 80-90% de los antibióticos del mundo se producen en Asia, principalmente en China. Sin estos medicamentos esenciales, las cirugías rutinarias se convierten en procedimientos de alto riesgo, y las infecciones fácilmente tratables podrían volverse mortales. No es difícil para actores extranjeros convertir esta dependencia en una vulnerabilidad crítica, capaz de socavar gravemente las capacidades de seguridad y defensa de Europa”.

La estrategia europea de preparación y respuesta a crisis y emergencias, publicada este miércoles, menciona la respuesta a la pandemia y la compra conjunta de vacunas como ejemplo para encarar futuras amenazas. El documento contempla varias inversiones en salud para que el continente esté mejor preparado ante estas contingencias, como una estrategia de almacenamiento a escala europea que integre reservas centralizadas y contribuciones de los Estados miembros, respaldadas por alianzas público-privadas, para garantizar el acceso a servicios médicos, materias primas críticas y equipos esenciales durante emergencias. Además, propone desarrollar una estrategia específica contra amenazas sanitarias transfronterizas, incluyendo riesgos químicos, biológicos, radiológicos y nucleares; avanzar en la creación de un hospital de campaña europeo y evaluar la expansión de reservas estratégicas para reparar infraestructuras críticas en contextos de crisis. También menciona las inversiones de doble uso (civil y militar), como suministros médicos y sistemas energéticos, para atender necesidades tanto civiles como militares.

Martin McKee, director de Investigaciones del Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas Sanitarias, asegura que Bruselas está en pleno debate sobre las inversiones en salud dentro del marco de la defensa: “Cada vez está más claro que los países europeos tienen que reforzarse por la amenaza militar rusa. Esto quiere decir que los gobiernos tienen que movilizar todos los sectores, especialmente el de la salud. En estas circunstancias, tiene sentido actuar conjuntamente y compartir la carga económica. Cómo lo hagan es una discusión que han de tener los gobiernos. Puede incluir la compra de medicamentos, pero también ampliar la logística y las reservas [de productos sanitarios]”.

La estratégica europea en defensa ya no puede entenderse sin dimensiones como la socioeconómica, la salud, medio ambiente y tecnología, en opinión de David Cantarero, catedrático de la Universidad de Cantabria y vicepresidente de la Asociación Economistas de la Salud. “La ampliación de la definición de gasto en Defensa incluye áreas como la ciberseguridad y la salud pública, lo que podría facilitar una asignación más flexible de los recursos públicos siendo necesario encontrar un equilibrio por lo que es crucial garantizar que esta flexibilidad no comprometa la capacidad de defensa ni la calidad de los servicios sanitarios”, sostiene.

Lo más eficiente en este contexto puede ser, según Cantarero, destinar estos fondos a la investigación y desarrollo de medicamentos a largo plazo, ya que “fortalece la capacidad interna de producción y disminuye la dependencia de terceros países otorgando así una mayor independencia”. Incentivar la producción dentro de Europea y diversificar las cadenas de suministro se traduciría en que este tipo de inversiones “podría mejorar la resiliencia del sistema sanitario europeo y reducir así el grado de incertidumbre actual”, señala.

Más que medicamentos

Joan Carles March, doctor en medicina y profesor de la Escuela Andaluza de Salud Pública, cree que estas inversiones estratégicas en defensa relacionadas con la sanidad deberían ir más allá de medicamentos esenciales, e incluir también vacunas y reservorios estratégicos. March aboga, además, por contar con unidades móviles de cuidados intensivos que permitan “actuar más rápidamente”, así como con reservas suficientes de mascarillas, equipos de protección individual, mascarillas y respiradores. “Es absolutamente necesario estar preparados para lo inesperado”, afirma.

El experto alerta también contra el peligro de depender excesivamente de la producción sanitaria en otros países: “Si no tenemos una cadena de suministro propia, podemos enfrentarnos a problemas graves de adquisición de medicamentos y materiales críticos”. En un contexto de resistencia a los antibióticos y posibles conflictos bélicos, March insiste en la necesidad de formar a los profesionales para actuar ante crisis y en el refuerzo de los servicios sanitarios móviles capaces de desplazarse a zonas afectadas. Además, hace un llamamiento a destinar fondos para combatir la desinformación: “Durante la pandemia, la cantidad de bulos fue impresionante; necesitamos fortalecer a la ciudadanía y luchar contra los mensajes que distorsionan la realidad”, concluye.

Mientras otros gobiernos, como el británico, ya han anunciado a las claras que tendrán que hacer recortes en gasto social para incrementar el presupuesto de Defensa ―que en su caso va a alcanzar el 2,5% del PIB―, el presidente español, Pedro Sánchez, asegura que no habrá menoscabo en partidas como salud y educación. Una de las posibilidades para conseguir esto son precisamente estas inversiones estratégicas sanitarias. Todavía no están concretadas cuáles podrían ser, ni está claro que todas ellas puedan ser computadas en la partida de Defensa, cuyo aumento están pidiendo los socios internacionales tanto en la UE como en la OTAN.

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Sobre la firma

Pablo Linde
Escribe en EL PAÍS desde 2007 y está especializado en temas sanitarios y de salud. Ha cubierto la pandemia del coronavirus, escrito dos libros y ganado algunos premios en su área. Antes se dedicó varios años al periodismo local en Andalucía.
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