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Violencia de Género
Tribuna
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Carta abierta a la ciudadanía: ningún niño nace violento

Nos sobran los lloros y las condenas grandilocuentes tras un asesinato si no les siguen acciones eficaces ni le preceden la aplicación de las leyes pertinentes. Pero hay que erradicar la violencia como valor social.

Varias vecinas consuelan a una familiar de una víctima de violencia machista durante una concentración ante el Ayuntamiento de Baiona, Pontevedra.
Varias vecinas consuelan a una familiar de una víctima de violencia machista durante una concentración ante el Ayuntamiento de Baiona, Pontevedra.Álvaro Ballesteros (Europa Press)

No desaparecerá esta violencia de género que nos asola, mientras no se acabe con la desigualdad real entre varones y mujeres, causa que la genera y reproduce. Para ello hay una receta básica: educar en igualdad desde la primera infancia y aplicar las leyes ya vigentes. Es que es imprescindible que el manido argumento de la educación igualitaria pase de las palabras a los hechos, del compromiso dado a la realidad en las aulas.

La violencia de todo tipo ejercida por los varones hacia las mujeres es intolerable, insoportable e inaceptable en una sociedad pretendidamente democrática. Frente a ello la respuesta del Gobierno suena a ignorancia o desinterés, como que hay que buscar la manera de avisar a las mujeres que hayan iniciado una relación con un fichado maltratador.

En 2022, según datos del Ministerio de Igualdad, la violencia de género (asesinatos, lesiones, sentencias, denuncias…) creció un 20% con respecto al año anterior. El 98% de las agresiones entre parejas y exparejas fueron perpetradas por varones a mujeres. Por su parte, un estudio de la Fundación ANAR registra que, en la última década, los abusos sexuales contra menores han aumentado un 300%; el 80% fueron a niñas y el 84% de los abusadores, hombres cercanos o familiares de las víctimas. Además, en la memoria de la Fiscalía General del Estado se recoge que las agresiones sexuales entre adolescentes, con edades comprendidas entre los 14 y los 17 años, se ha triplicado en los últimos diez años; el 92% de los agresores son varones. Y según el Barómetro sobre Juventud y Género de la Fundación Ayuda contra la drogadicción, uno de cada cinco hombres de entre 15 y 29 años considera que la violencia machista no existe, que es un “invento ideológico”. Distintas instituciones, datos similares sobre la cuestión: la violencia tiene rostro masculino.

Pero ningún niño nace violento, se hace. El problema y la solución no están en los genes, sino en la socialización y en la educación. Ahí hay que actuar.

Hoy no se necesitan guerreros fortachones para defender el poblado, el ganado o el territorio. Sin embargo, se sigue transmitiendo como valor identitario masculino, ser todo un hombre, es decir, alguien capaz de mandar, de obtener lo que quiera, de imponer su voluntad, lo que equivale a un ser no mujer: alguien débil, empática, disponible, vulnerable. Este es el quid: el varón se construye como un ser superior a la mujer y sobre ella debe demostrar su autoridad y hasta arbitrariedad. No es de sorprender que, ante la persistencia de estos valores y el aumento de la violencia machista que ven y experimentan, actualmente haya un número creciente de niñas y chicas adolescentes que quieran “cambiar de sexo”.

Las niñas y los niños incorporan los comportamientos que aprenden en su entorno desde su nacimiento. Estereotipos construidos sobre el sexismo y la violencia cotidiana que presencian en su casa, en la calle, en los medios y en la vida en general (cine, tele, relatos, videojuegos: lo simbólico referencial). Es decir, el mandato del autoritarismo violento para el hombre, y la ley de agrado más el sometimiento para la mujer. Así normalizados, se consolidan, se transmiten… y vuelta a empezar.

Pero, además, este modelo tampoco es ventajoso para los hombres: se matan entre ellos o solos, mucho más que las mujeres, en peleas, deportes de riesgo, machadas, drogadicción, suicidios ante fracasos o frustraciones que no saben gestionar, y también por ello su esperanza de vida es menor.

Así que, si se pretende acabar con la barbarie de la violencia, hay que ir a la raíz del problema y principio de la solución: Asumir y poner en marcha la coeducación, la educación en igualdad, sin violencia y en paz. No hay soluciones mágicas, sí hay soluciones.

Para ello es imprescindible: Atajar de inmediato esta sangría de asesinatos, estableciendo programas educativos y asistenciales que además de salvar vidas impedirán que la violencia machista pase a las generaciones jóvenes. Sin olvidar que para todo ello se necesitan recursos económicos, dinero. La igualdad no se construye a coste cero, ni solo con voluntariado. Pieza fundamental y estructural para ello será el sistema educativo de escuelas y universidades que incorporará, además, los principios de la coeducación a la formación inicial del profesorado, y en cursos de reciclaje para el profesorado ya en activo siempre con una enseñanza rigurosa y extensa.

Desarrollar la coeducación; requisito democrático imprescindible que acabe con los nefastos estereotipos de género para que cada niña y cada niño trace su propio recorrido personal y emocional y, sobre todo, extirpar el dañino arquetipo del machote viril androcéntrico, que todavía señorea por doquier.

Dotar a la infancia de una educación afectivo-sexual sana en todo el periodo escolar, empezando en las escuelas infantiles. Hay que acabar con la pornografía como fuente de socialización y desinformación, que cada vez se extiende más y a edades más tempranas.

Poner totalmente en marcha la Ley de medidas contra la Violencia de Género (2004) que asumió como compromiso político incluir la educación en igualdad en las aulas, lo que exige que se incorporen los principios de la coeducación a la formación inicial y permanente del profesorado. Y lo mismo para la ley de Igualdad.

Vigilar para que la nueva Ley de Educación, la LOMLOE (2020), no se quede una vez más en letra muerta y que sirva para cambiar, de una vez por todas, la cultura de nuestros niños y niñas, de nuestras y nuestros jóvenes, para extirpar la exaltación de la violencia y la agresividad de su mente, con lo que nos convertiríamos, por fin, en un país civilizado e igualitario.

Hay soluciones: nos sobran los lloros y las condenas grandilocuentes tras un asesinato si no les siguen acciones eficaces ni le preceden la aplicación de las leyes pertinentes. Pero hay que erradicar la violencia como valor social.




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