Por qué las caídas y los atragantamientos van camino de convertirse en las primeras causas de muerte no natural en España

La gran mayoría de estos accidentes los sufren personas mayores, una población que será cada vez más abundante

Dos personas mayores paseando con bastón por El Retiro, en Madrid.
Dos personas mayores paseando con bastón por El Retiro, en Madrid.Samuel Sánchez

Las caídas y los ahogamientos (que incluyen de inmersión, pero sobre todo atragantamientos) ocupan el segundo y tercer lugar entre las causas de muerte externa (no natural) en España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Están muy cerca de la primera, los suicidios, y las tendencias indican que, pese a que estos también aumentan, en pocos años serán sobrepasados por las anteriores. Detrás de los números hay una población cada vez más envejecida, que lo será todavía más en el futuro.

La pérdida de funcionalidad, las enfermedades neurológicas y el abuso de ciertos medicamentos (especialmente tranquilizantes, de los que España es líder en consumo) hacen que caídas, atragantamientos y envejecimiento vayan de la mano. Los 3.655 fallecimientos causados por caídas en España en 2021 (último dato disponible) y las 3.540 por ahogamientos se concentran sobre todo en la población mayor de 60 años, y a partir de esa edad crecen de forma exponencial.

Pero que estén asociadas al envejecimiento no quiere decir que sean inevitables. En la mayoría de los casos se pueden prevenir con estilos de vida y acciones concretas que podrían salvar cada año muchas vidas, como ya sucedió con los accidentes de tráfico, que fueron la primera causa de muerte externa en España (de forma muy destacada) hasta 2008, cuando las adelantaron los suicidios, que en 2021 se cobraron 4.003 vidas.

Aunque caídas y atragantamientos accidentales comparten un sustrato común, la forma de abordarlas es distinta.

Las caídas accidentales

Las causas y las consecuencias de las caídas en personas mayores están muy investigadas. El estudio Fall-ER, publicado el año pasado y auspiciado por Mapfre, desgrana con detalle la realidad española a través de un análisis de 1.500 pacientes que tuvieron que recurrir a urgencias después de sufrir una caída accidental.

Aunque el riesgo de caída es multifactorial, en un 58% de los casos había componentes extrínsecos a la persona, como pueden ser el estado de los suelos y el uso inadecuado de alfombras o bañeras dentro del hogar. En la calle son frecuentes los tropezones con bordillos, aceras mojadas, agujeros y socavones fuera de lugar.

Tras la caída, un 15,1% de las personas totalmente independientes se convirtió en parcialmente dependiente y un 2,1% en totalmente dependiente para las actividades de la vida diaria. Y del grupo de pacientes sin problemas de movilidad previos, un 18,6% necesitó algún tipo de ayuda para desplazarse. Esto se agudiza conforme avanza la edad de las personas que se caen: lo hacen con más frecuencia y peor pronóstico. Y no solo aumenta la mortalidad de forma directa: a los seis meses del accidente, un 11% de las personas mayores de 80 fallecen (por cualquier causa), frente al 1,6% de las que no lo hacen, es decir, entre seis y siete veces más mortalidad para los primeros.

Los elementos extrínsecos mencionados suelen combinarse con otros intrínsecos (que también producen caídas por sí solos): pérdida de funcionalidad, deterioro cognitivo o cataratas son algunos frecuentes. “Las caídas van de la mano de un síndrome biológico, que se llama de fragilidad”, explica Alfonso González, que durante una década fue coordinador del grupo de osteoporosis, caídas y fracturas de la Sociedad Española de Geriatría.

Según su punto de vista, uno de los problemas es que las caídas a menudo se consideran como inevitables, incluso dentro de la profesión sanitaria. “Recurrimos a tratamientos para la hipertensión o el colesterol y ante estos accidentes muchos se preguntan cómo tratarlos. Cuando un anciano se cae y se rompe la cadera se le pone una prótesis, pero no se analiza por qué se ha caído para evitar que se repita”, subraya.

Y, como para muchos problemas de salud, la solución se basa en buena medida en el ejercicio físico. De fuerza, de flexibilidad, de equilibrio; a todas las edades y cuanto antes mejor, ya que a partir de los 25 o 30 años se va perdiendo masa ósea, algo que sucede con la muscular poco después, entre los 35 y 40. Un declive lento, pero inexorable si no se toman medidas para paliarlo.

También están muy relacionados con las caídas los bajos niveles de vitamina D, que en España están extendidos por la mayoría de la población. Se sintetiza sobre todo gracias a la luz solar, pero a medida que se cumplen años este proceso es cada vez menos ágil. Además, en las personas mayores es frecuente un círculo vicioso: en verano no les da el sol porque hace mucho calor, en invierno no salen porque hace mucho frío, así que los niveles son cada vez menores, lo que los hace más frágiles, lo que a su vez produce que cada vez salgan y se ejerciten menos.

No obstante, apunta González, para reducir el número de caídas no solo se puede ir a una causa: hay que trabajar todas en conjunto, las intrínsecas y las extrínsecas. Pone el ejemplo de Australia, donde los terapeutas van a casa de los ancianos a analizar todo lo que puede causar accidentes para modificarlo. Según este experto, sin embargo, la mayoría de las caídas se dan en residencias de ancianos: un 50% de los mayores de 65 años en estos centros se caerá, por un 30% en su propio hogar. La explicación es que los mayores institucionalizados suelen ser más frágiles y, a menudo, están también más medicados.

Los tranquilizantes

Un nexo de unión entre caídas y ahogamientos son los tranquilizantes. Benzodiacepinas, ansiolíticos y antidepresivos restan reflejos, funcionalidad y capacidad de reacción a las personas mayores, que son las principales consumidoras de este tipo de fármacos. Un estudio retrospectivo del Colegio de Farmacéuticos de Granada con 178 pacientes que sufrieron caídas determinó que más del 50% de los tratamientos que tomaban los accidentados estaba asociado a un riesgo alto de caída y un 74% de ellos presentaba prescripciones potencialmente inadecuadas.

Es frecuente que algunas personas mayores tomen estos tratamientos de forma crónica, pese a que suelen estar indicados para un máximo de 12 semanas. En las residencias de mayores de Sanitas pusieron en marcha un programa de deshabituación de estos fármacos que demostró que no solo no empeoraba el estado de salud de los pacientes, sino que mejoraba en muchos aspectos y se reducía el número de caídas que sufrían.

Los atragantamientos

Este tipo de tratamientos también contribuye a aumentar los atragantamientos, que engrosan el mayor número de muertes dentro del capítulo genérico de “ahogamientos” del INE. “Pese a lo que se suele creer, la mayoría no están relacionados con alimentos, sino con objetos, como las dentaduras u otras cosas que los ancianos con deterioro cognitivo se meten en la boca”, apunta Juan Carlos Casado, del grupo de laringología y deglución de la Sociedad Española de Otorrinolaringología.

Cuando no hay deterioro cognitivo (algo a lo que también contribuye un exceso de medicación psiquiátrica), la ingesta de alimentos sí es la principal causa de atragantamientos. Para prevenirlos, Casado señala que es muy importante estar atentos a la textura de las comidas. Pone el ejemplo de una carne de pechuga, como “la típica” que causa un atragantamiento.

Una vez que se produce conviene dejar a la persona toser, si es que es capaz, y “no meter los dedos en la boca a no ser que se vea claramente el objeto”, ya que de lo contrario es muy posible que se introduzca más. Si las vías están bloqueadas y no entra aire, este experto recomienda la maniobra de Heimlich, que consiste en colocar el puño debajo de la parrilla costal de la persona afectada desde atrás. Sujetando el puño con la otra mano, hay que presionar la zona con un movimiento rápido hacia arriba.

La maniobra también se puede hacer estando solo, y apretando el puño contra algún mueble, como una mesa. Pero cuanto más anciana es la persona afectada, más complicado será que pueda hacerla por sí misma. Y aunque no existen datos tan detallados para los atragantamientos, el estudio Fall-ER muestra que en tres de cada cuatro caídas la persona mayor se cae sola, sin testigos. La soledad es, por tanto, un factor de riesgo más para morir de forma accidental. Está considerada como un problema de salud pública de primer orden y, como la edad de los españoles, va a más.

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Sobre la firma

Pablo Linde

Escribe en EL PAÍS desde 2007 y está especializado en temas sanitarios y de salud. Ha cubierto la pandemia del coronavirus, escrito dos libros y ganado algunos premios en su área. Antes se dedicó varios años al periodismo local en Andalucía.

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