La crisis del coronavirus
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Desenmascarados

Recuperamos la sonrisa. También el temor, la duda y la responsabilidad personal de informarse

Personas usando mascarillas en un supermercado.
Personas usando mascarillas en un supermercado.JUAN BARBOSA

Nos volvemos a ver las caras. La regulación que entra en vigor este miércoles nos libera de las mascarillas que han ocultado nuestro espejo del alma a familiares, allegados y aspirantes y que, de manera humillante, han mejorado nuestra imagen pública al taparnos las miserias de boca y gesto. En los tiempos fatigosos del confinamiento, una periodista de la Sexta se me quejó amargamente: “Me he gastado una pasta en pintalabios, ¿y ahora qué?”. Vi el punto. Dos años después, los comerciantes de cosmética han notado que las ventas de pintalabios, pinzas para el bigote, maquinillas y espumas de afeitar se están recuperando. Hemos tenido licencia para ser feos durante 700 días. Ahora nos vemos forzados de nuevo a ser guapos, y para muchos de nosotros esto es un verdadero tormento. Vamos a quedar desenmascarados.

Los análisis exhaustivos de la Gioconda han convencido a 20 generaciones de amantes del arte de que la expresión de la cara humana no está tanto en la boca como en los ojos. Y es verdad que, si le pones una mascarilla a la obra de Da Vinci, los ojos siguen sonriendo sin ayuda externa. La mascarilla nos ha revelado que esa idea no es exacta. Charlas con alguien enmascarado y no acabas de saber si está sonriendo o cabreado, impaciente o encantado, y pierdes los matices que dan sentido a su discurso textual. En este sentido, hoy vamos a recuperar un montón de comunicación no verbal que nos va a facilitar la vida. No se fíen de la Mona Lisa y vuelvan a entrenar los músculos faciales. Los ojos son un bluf.

La cuestión más candente, con todo, es la duda personal de si quitarse la máscara o seguirla llevando, porque hay opiniones para todo. Lo primero que hay que recordar es que la nueva norma incluye excepciones importantes: transporte público, hospitales, farmacias y residencias de mayores. Son excepciones lógicas, ya sea por la alta proporción de contagios o por la vulnerabilidad de los pacientes. Los mayores, los enfermos respiratorios crónicos y las embarazadas pueden decidir llevarlas. Es su decisión personal, y a estas alturas poca gente podrá aducir que no está informada sobre la pandemia.

Evaluar la capacidad de locales y edificios para filtrar virus debería ser una parte esencial de las decisiones que tomen las compañías, pero me temo que no lo va a ser

Luego están las empresas. En sus dependencias, son ellas las que tendrán que decidir si mantienen la mascarilla obligatoria, y los empleados tendrán que cumplir con ello. Lo que no puede hacer ninguna empresa, desde luego, es obligar a un trabajador a quitarse la mascarilla. Los empleados que quieran llevarla son muy libres de hacerlo, como lo son los paseantes de los parques. En los restaurantes los clientes no tendrán que llevarla, lo que en realidad no cambia nada, porque todo el mundo ya se la quitaba para comer y beber. Una cuestión importante a la que no hemos prestado la suficiente atención es la ventilación de los locales y edificios. Evaluar su capacidad para filtrar virus debería ser una parte esencial de las decisiones que tomen las compañías, pero me temo que no lo va a ser.

Por lo demás, la idea general es que la variante dominante del SARS-CoV-2, la ómicron, se propaga como fuego por la paja, aunque produce daños muy limitados, sobre todo en poblaciones muy vacunadas como la española. Salvo en los casos más vulnerables, la autoridad sanitaria cuenta con que la ómicron va a acabar por contagiarnos a todos. Tómeselo como una dosis vacunal de recuerdo.

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