La crisis del coronavirus

El sobreesfuerzo de las UCI: el doble de camas desde el inicio de la crisis

El principal reto para aumentar la capacidad de las unidades de enfermos críticos es la falta de intensivistas

Una doctora y una enfermera de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Morales Meseguer de Murcia cambian el respirador a un paciente ingresado por covid el 29 de enero.
Una doctora y una enfermera de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Morales Meseguer de Murcia cambian el respirador a un paciente ingresado por covid el 29 de enero.Marcial Guillén / EFE

Las unidades de enfermos críticos de toda España, donde es más fuerte la presión por salvar vidas, han habilitado en casi un año de pandemia hasta 6.000 camas extra, más del doble de las que había antes de marzo de 2020. El reto para crearlas a toda velocidad, conforme el número de contagios aumentaba a un ritmo exponencial, ha sido mayúsculo. La falta de intensivistas y de personal con la formación adecuada son los principales obstáculos para crecer al ritmo de la gravedad de la pandemia. También, dotarlas de la tecnología adecuada y la necesidad de encontrar espacios capaces de albergarlas. Los hospitales medianos son los que más flexibles han tenido que ser para multiplicar sus UCI, la última resistencia del sistema sanitario antes del colapso.

Los números salen de los datos de pacientes ingresados y la proporción que suponen sobre el total de plazas que facilita cada día el Ministerio de Sanidad. Con estos parámetros, el lunes había casi 11.000 de estas unidades (10.964 según el cálculo matemático), cuando antes de la pandemia del coronavirus eran 4.404, de acuerdo con los datos del ministerio que avala la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (Semicyuc).


La información de la primera ola, entre marzo y mayo, es más confusa. Se montaron UCI (o, al menos, camas con un sistema de monitorización y un respirador) en todos los espacios libres, desde gimnasios a quirófanos. En la segunda oleada, el proceso ha sido más controlado, en parte porque se contaba con algunas de las camas improvisadas antes del verano. Si no hubiera sido así, las 4.732 personas en intensivos por covid que recoge el informe de este lunes no representarían el 43,16% de las camas de críticos, sino el 107% de las que había inicialmente.

Los números son poco exactos antes del verano, pero centrándose en los datos a partir de octubre, cuando empieza a subir la segunda ola, se ve que el 9 de ese mes había disponibles unas 8.900 camas (8.878 si se toma el resultado exacto de la cuenta), unas 2.100 menos que las que hay actualmente. Por eso cuando en el informe diario se dice que la ocupación de las UCI baja, hay que tener en cuenta que es verdad que desciende el número de ingresados, pero también que hay más plazas disponibles.

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Esta habilitación de intensivos no es uniforme en el tiempo. Por ejemplo, hay un aumento importante (600 camas más) entre el 9 de octubre y el 9 de noviembre por la subida de la segunda ola; en el siguiente mes casi no se preparan más, coincidiendo con el descenso de esa oleada y el inicio de la posterior, y luego el ritmo de creación se va acelerando conforme empeoran los indicadores de la tercera (un incremento de 100 entre diciembre y enero, y de 1.300 entre enero y febrero).

Luis Carretero, de la Asociación de Economía de la Salud y gerente del Hospital Comarcal de Dénia, en Alicante, expone que en su centro sanitario las camas de UCI han pasado de 14 a 34 este año. “Se van preparando según sube la incidencia por covid, aunque cuando esta ha crecido mucho ha habido que posponer intervenciones no urgentes”, dice. “Es una flexibilidad que se ha dado en todos los centros”.

La Rioja es la comunidad que en estos momentos tiene unas UCI más saturadas, con casi el 70% de las camas dedicadas a personas con covid. El gerente de su servicio de salud, Alberto Lafuente, explica que antes de la pandemia la comunidad tenía 17 camas de UCI, y que han llegado a tener preparadas hasta 109 por si hacían falta, aunque en este momento tienen 76 “perfectamente habilitadas”. Lafuente afirma que una de las lecciones de la pandemia es que no pueden desmontarlas todas una vez pase el pico, y dice que ellos van a dejar 43 por si acaso. Como ejemplo del esfuerzo que esto les supone, dice que la atención de las UCI de la comunidad ocupa a 350 profesionales con perfiles variados, pero cree que el descenso en la mortalidad es prueba de que el esfuerzo ha funcionado.

En este continuo inventarse camas, “lo primero es tener espacios adecuados”, afirma Carretero. En este sentido, indica que se han ido montando unidades de intensivos en salas de rehabilitación, de recuperación, quirófanos... que tuvieran instalación de oxígeno, que es el tratamiento básico de los pacientes con covid. Pero luego estaba el siguiente problema: conseguir los profesionales suficientes, algo que “cuesta más que las instalaciones”, dice el médico, ya que el trabajo en UCI requiere de una especialización. “En esto hemos contado con una actitud muy buena de los trabajadores, que aprovechaban los respiros que han dado los picos de la pandemia para formarse de la mano de sus compañeros”.

María Bodí Saera, coordinadora del grupo de trabajo de Planificación, Organización y Gestión de la Semicyuc, explica que ese reciclaje del personal es complicado, primero, porque tanto en medicina como en enfermería no hay paro entre los especialistas en cuidados intensivos, y contar con la ayuda de otros profesionales supone afectar a otros servicios. “En enfermería se recurre sobre todo a los especialistas en quirófano y urgencias; en medicina a anestesistas, pediatría de críticos, urgenciólogos y cardiólogos”, dice. “Esta pandemia ha puesto de manifiesto que faltan intensivistas”, concluye.

Francisco Marí, de la Junta Directiva de la Sociedad Española de Directivos de la Salud (Sedisa), pone como ejemplo que “para 10 camas y una cobertura de 24 horas se necesitan unos 60 profesionales, entre médicos, enfermeras, técnicos sanitarios y celadores. El coste por día de una cama UCI puede oscilar entre los 900 y los 1.500 euros”.


Y quedaba el tercer reto: el esfuerzo para disponer de la tecnología necesaria. Carretero lo centra en dos equipos: el de monitorización que sigue las constantes vitales y el de respiradores. Los primeros son más numerosos en los hospitales y lo que hubo que hacer fue cambiar su uso; los segundos han planteado más problemas. Aunque con gran variedad de modelos, un respirador medio puede costar entre 8.000 y 10.000 euros, dice el gerente, y lógicamente con ese precio no había grandes reservas en los hospitales, ya que no tiene sentido pagar esa cantidad para tenerlos parados. Se han sacado de donde se ha podido “y se ha prolongado la vida de uso de los más antiguos”, afirma el médico.

Bodí señala otra complicación. En su hospital, el Joan XXIII de Tarragona, antes de la covid había dos UCI de 14 camas y una de ella se compartía con la unidad de coronarias. Ahora, los enfermos con coronavirus ya ocupan ambas salas al 100%, dice, y además utilizan las ocho camas de la unidad de coronarias, que ha tenido que desplazarse, más dos plantas de la zona de la hospitalización (una de cirugía general completa y media de una de medicina interna). Ello supone trasladar otros servicios, algo que precisamente Patricia Alonso Fernández, de Sedisa, señala como uno de los problemas, ya que en las últimas olas se está intentando no dejar de atender a los pacientes que no tienen covid. “Resultará complicado estimar el impacto que atender a los pacientes con coronavirus está produciendo sobre las patologías que ocupaban nuestra asistencia hasta hace apenas un año”, dice Alonso.

Además, aunque no está claro cómo se ha contabilizado en el informe de Sanidad, muchos hospitales han montado espacios intermedios entre una habitación normal con equipos de alto flujo de oxígeno, porque se ha visto que hay pacientes que antes de que fueran intubados para recibir la ventilación podían ser tratados con estas máquinas, que insuflan más aire por un método mucho menos invasivo, explica Carretero.

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Todo ello supone un gran trastorno, que es mayor en hospitales medios como el suyo, dice Bodí, porque hay que establecer circuitos nuevos, los profesionales tienen que ir a más sitios, hay que montar cámaras de monitorización en las habitaciones donde no puede haber un control visual de los enfermos como sucede habitualmente en las UCI. Además, hay que estar “actualizándose continuamente” y enseñando a los menos experimentados. Súmese a ello el estrés y la presión de casi un año de pandemia. “¡Como para no estar quemados!”, dice la médica.

Bodí cree que, teniendo en cuenta que además de bajar los ingresos en las UCI aumentan las camas, más que de un descenso de la ocupación todavía solo se “puede hablar de una meseta”. “Veremos en una semana o 15 días”, afirma. Y hace una última petición. “No quiero oír de salvar nada que no sean pacientes y profesionales. Este año la Pascua cae muy pronto y hará fresco, así que tenderemos a reunirnos en sitios cerrados. Si no queremos otra ola, que nadie hable de salvar la Semana Santa”.


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